Revista Intemperie

La Florida, tierra prometida

Por: Andrés Olave
carter

A propósito de la reciente clausura de la Feria del Libro de La Florida por parte del alcalde Carter, Andrés Olave revisa la historia de la populosa comuna, e intenta explicar por qué la polémica cultural no prende en sus calles

 

Hace unos días y sin dar  ninguna explicación, el alcalde de La Florida, Rodolfo Carter (UDI) prohibió la primera Feria del Libro que se iba a realizar en la comuna. Trascendió que la razón sería que Camila Vallejo era parte de los invitados por la organización, y claro en un año electoral no están los tiempos para darle tribuna a los enemigos –menos si son comunistas–, así que el alcalde habría optado por cortar por lo sano y decirle adiós a la Feria.

Esta decisión que ha escandalizado a algunos medios (no a todos), puede que se les pase por alto sin problema a la mayoría de los floridanos que no tienen a los libros o las actividades culturales en el centro de sus prioridades precisamente. Supongo que esto puede aplicarse a todas las comunas de clase media en Chile, lugares masivos y esencialmente aspiracionales, donde la cultura suele estar postergada en pos del bien mayor que se llama consumo y que se materializa en los gigantescos mall que laten en el corazón de cada comuna.

En mi caso, me fui a vivir a La Florida a principios de los años noventa. Hasta entonces, habíamos vivido con mi familia en esas casas antiguas, grandes y pareadas del centro de Santiago, las mismas que ahora han botado a mansalva para hacer nuevos departamentos, pero que en aquel entonces eran barrios con historia, personajes y una que otra fábula. Tuve que borrar todo ese historial para llegar a una comuna novísima, donde antes sólo había potreros y vacas, un lugar sin historia ni anécdotas, desnuda, donde la clase media en todos sus niveles optaba por reunirse, en parte porque no había dinero para irse a Las Condes, pero tampoco se quería seguir viviendo en la pobla.

El hecho que comunas como La Florida hayan sido obviadas tan olímpicamente por el cine chileno siempre ha llamado mi atención.  Ya sabemos que en cualquier película de nuestro cine (digamos Machuca) aparece la gente rica viviendo en el barrio alto, y los pobres luchando por su vida en La Victoria o La Legua. Nunca aparece La Florida en estas películas, la clase de lugares donde de hecho viven la mayor parte de los chilenos. ¿Será que estos lugares son poco filmables? ¿Qué los antejardines minúsculos, los pasajes enrevesados, los perros que ladran detrás de las rejas, las casas todas iguales de monótonas y lánguidas no suscitan mayor atención, carecen de conflicto?

Recuerdo que a dos cuadras de mi casa en La Florida vivía el Pelado Venegas, el mismo que la mayoría de los floridanos en su momento estimaron que sería un buen alcalde. La Florida tiene esa clase de detalles: escogen como alcalde a una figura menor de la tele, pero que sin embargo ha vivido siempre en la comuna. Dos cuadras más arriba de mi casa, vive también Camila Vallejos, el centro del problema para el alcalde Carter (que no creo que haya vivido siempre por estos lados). Pero a lo que me refiero es que mucha gente vive aquí –y claro es la comuna más grande de Chile–, pero al mismo tiempo, es como si aquí no viviera nadie.

El término técnico creo es “comunas dormitorio”. Se duerme aquí pero se vive en otra parte, y no por nada los tacos infernales de las horas puntas. Los floridanos no pasan mucho tiempo en su comuna, estudian y trabajan en otros lados (¿lugares mejores?), y a los que les va bien, se marchan por fin a la soñada Las Condes, La Reina o Vitacura. El resto se queda y va al mall los fines de semana. También al cine, al gimnasio o la piscina. ¿Van alguna vez a la biblioteca? No creo que mucho. Viven al margen de la cultura y hasta pueden prescindir completamente de ella. Diversión, entretención, eso si requieren por montones, pero los floridanos, me parece, son un buen ejemplo que se puede vivir perfectamente lejos de la alta cultura.

Cuando iba al colegio, recuerdo la casi hora y media que me demoraba en regresar a casa. La Florida parecía estar siempre lejos de todo y a media tarde sus calles estaban vacías y silenciosas. Hacía entonces la escasa tarea que me daban en mi colegio subvencionado y me juntaba luego con  amigos en la esquina y mirábamos el día pasar. No había cogoteros pero tampoco vacaciones en Disney. Era la versión chilena de la vida gringa de los suburbios: una vida lánguida y un poco aburrida de la que no sabíamos muy bien como escapar. Supongo que por eso apenas fui a la universidad arranqué de La Florida, porque tenía demasiadas ganas de saber que era exactamente la vida en vez de seguir habitando esa versión tranquila y somnolienta, donde nada importa demasiado, menos la clausura de una feria del libro; un lugar donde los políticos hacen y deshacen y la gente sueña con una vida distinta, aunque no sin mucho ímpetu claro considerando la comodidad del lecho.

 

Foto: La Tercera

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