Revista Intemperie

Chile es más que un grupo de amigos

Por: Pablo Torche
banksy

Pablo Torche opina a partir de una columna recientemente publicada por El mostrador, y reflexiona acerca de la siempre oportunista censura de opiniones críticas, disidentes, en pos del tráfico indebido de influencias, y la nefasta homogeneización cultural en el medio chileno

 

El 2 de abril la periodista, escritora y comentarista radial Elisabeth Subercaseaux publicó una columna en El mostrador, en la cual acusaba a Chile a ser un país de maltratadores.

El primer motivo aducido para justificar esta refinada tesis era el inconcebible hecho de que el último libro de Patricio Fernández, director de The Clinic y amigo personal de Subercaseaux (intuimos, ya que habla bastante de él), había recibido una crítica negativa (en realidad ha recibido varias, pero Subercaseaux, al parecer, hacía también referencia a una, publicada por Intemperie).

Este hecho le parecía a la periodista tan inaudito, que sólo lograba explicárselo por una razón: “basta que sea bueno para que lo destruyan” (es decir, si el libro hubiera sido de verdad malo ¿habría recibido una crítica positiva? Esa parte del silogismo me es difícil de comprender).

La crítica al libro de Fernández no es el único hecho que demuestra que somos un país de maltratadores, hay varios otros: uno de los familiares de Subercaseaux fue asaltado, a otro amigo le lanzaron un objeto en la calle (aunque este también parece que fue Patricio Fernández, quizás el problema es que somos un país que maltrata a Pato Fernández).

Pero también hay situaciones de maltrato que no afectan a sus amigos o familiares directos (o no sólo a ellos): las comisiones que cobran las grandes tiendas, el abuso de los bancos y hasta el salario mínimo. A este último tema Subercaseaux le dedica un laborioso párrafo, al final del cual concluye que una familia de Lo Prado (sin auto) requiere de 419 mil al mes para subsistir (claro que, curiosamente, sin considerar dividendo ni arriendo).

¿Qué relación tiene el indigno salario mínimo de nuestro país, o los abusos de las grandes empresas, con una crítica negativa al libro de un amigo de Elisabeth Subercaseux? Es esta relación lo que resulta difícil de tragar, y la que termina por desvirtuar por completo la visión de la columnista: el vínculo arbitrario, oportunista, entre un gusto completamente personal y antojadizo (el libro de un conocido o amigo suyo), y un problema país que afecta a millones de chilenos.

Más difícil de comprender resulta aún que una persona que escribe habitualmente en medios, no sepa que las críticas literarias (o de cine, o de teatro o de televisión, o de lo que sea), son precisamente para emitir una opinión, positiva o negativa, sobre una obra determinada, que ayude u oriente al lector. Es raro que Subercaseux no se haya dado cuenta de esto ya que aparecen muchas críticas todos los días en los diarios, y se trata de un género que ha existido en la cultura judeo-cristiana por siglos, sino milenios. No tiene tanta importancia si la crítica en cuestión ha sido publicada en un medio u otro, ni siquiera si el crítico tiene o no la razón (esto siempre es debatible), la cuestión de fondo es que una crítica es por esencia un argumento fundamentado para expresar un juicio o una opinión cultural, y no tiene nada que ver con maltratar personalmente a nadie.

Esta tendencia a observar como “maltrato” o “abuso”, opiniones que simplemente son diferentes a la mía o a la de mis amigos, emerge constantemente y a todo nivel en el medio cultural chileno y es una de las principales formas de nuestro desolador provincianismo cultural. Nos llenamos todo el tiempo la boca con conceptos como “libertad de opinión” o “discusión de ideas” o incluso “debate cultural”, y en realidad, lo primero que hacemos cuando alguien está en desacuerdo conmigo es rasgar vestiduras, intentar acallar su opinión o empezar derechamente a insultar.

Constantemente la gente confunde simplemente opiniones críticas, disidentes o a veces solo distintas de la mayoría, con descalificación, “mala onda” o incluso maltrato. En muchas ocasiones, de hecho, se utiliza este mecanismo deliberadamente, sobre todo cuando cae en manos de pequeños grupos de poder cultural que se disputan mezquinamente el subdesarrollado espacio cultural del país, para tratar de imponer una aún mayor homogeneización cultural en el medio. A la larga, funciona como un mecanismo de censura, algo muy propio de Chile donde estamos acostumbrados a converger en torno a una opinión, un magisterio, un padre.

En el peor de los casos, este declarado amiguismo, convenientemente sazonado de causas sociales o políticas como el salario mínimo o la pobreza (que no tienen nada que ver), toma la forma de matonaje, insultos o derechamente tráfico de influencias.

Hace poco, a propósito de la controvertida delegación chilena a la Feria de Guadalajara, Pablo Dittborn (gerente general de The Clinic y ex director de Random House Mondadori), publicó una muy ilustrativa columna en su diario que reflejaba exactamente el mismo punto. Según él, el único problema de la delegación a la FIL era que algunos de sus amigos habían decidido no ir, Matías Rivas y Germán Marín. Todas las críticas (mas o menos fundadas) a una organización poco transparente, que dejaba afuera poetas, editores independientes, críticos, y hasta regiones del país, entre otros, los despachaba simplemente como fruto del resentimiento y la mala leche, y los calificaba de “tontones” y “oligofrénicos”. No sólo no tenían importancia para él sino que simplemente no cabían en su espacio mental, le resultaban incomprensibles. No había ninguna capacidad de ver que podía haber una posición cultural detrás del reclamo de ciertos escritores, o algún reparo con una delegación seleccionada por una sola persona. El único problema de todo el asunto era que algunos de sus amigos no podrían ir.

Este escenario, donde lo único que importa son las redes de amigos, por sobre cualquier conato de debate de ideas, termina por reducir, y no ampliar o enriquecer el ámbito literario y cultural del país. En vez de corrientes de opinión, lo que se fomenta son redes de amigos, o contactos, que se reparten palmaditas en la espalda y poco decorosas “defensas” a través de la prensa, tratando de silenciar cualquier opinión crítica o diversa, como si el mayor signo de amistad fuera amordazar y acallar cualquier perspectiva divergente.

Al final, lo único que termina por producir este procedimiento es una uniformidad cada vez mayor de las opiniones culturales, en un país en que hay verdadero horror de pensar distinto al otro. En este estado de cosas, casi lo único que se dice actualmente en Chile en el terreno literario es el lugar común, al que todos adscriben con una celeridad digna de mejor causa: Bolaño – Parra – uno que otro cronista argentino o norteamericano – literatura como periodismo.

Este entusiasta canon se sazona a veces con una conveniente dosis de conciencia social, diatribas contra la derecha, cartelitos en contra  Hidroaysén, y listo, tenemos el discurso cultural de avanzada. Sólo hay que empezar a repetir esta opinión como loro, hacer contactos, amigos, y tratar de defenestrar por todos los medios cualquier punto de vista distinto.

Cuando un entorno cultural funciona como un grupo de amigos, que buscan protegerse las espaldas o peor aún, auto-promocionarse (lo que sin duda ocurre, y bastante), lo único que se consigue es un achatamiento del mundo cultural. Es una tendencia que hemos visto muchas veces en Chile, en todo ámbito de cosas: pequeñas elites u oligarquías de poder se apoderan del control mediático y económico del país, y desechan cualquier opinión diversa con los motes de “resentimiento” o “traición a la patria”.

Esto es particularmente grave en el ámbito literario, o cultural, porque la cultura es disidencia, incomodidad, escozor, molestia.

El sentido de la discusión cultural no es reemplazar una oligarquía cultural por otra (supuestamente más “progre” o más “al día”), el objetivo es ampliar efectivamente el campo de batalla, hacer emerger nuevas voces, opiniones distintas, no asimilarse a lo que ya hay. Y esto no se hace con grupos de amigos, ni con palmaditas en la espalda ni con opiniones maniáticamente convergentes que al final lo único que producen son trajes invisibles del emperador.

Si a Elisabeth Subercaseux le molesta que critiquen el libro de su amigo, o a Pablo Dittborn le da lata que algunos de sus amigos se bajen de Guadalajara, mal por ellos. Pero es obsceno y hasta desvergonzado tratar de acallar las opiniones contrarias simplemente porque a ellos les molesta, o porque quieren defender a algunos de sus amigos. Chile es más que un grupo de amigos, y por lo mismo se requiere más crítica, más miradas, más divergencias, y no menos. Aún a riesgo de pisar algunos callos, más disputas de ideas, de lecturas, de gustos literarios y de propuestas. Es de esperar que las nuevas generaciones cuestionen más y sean más insobornables y aguerridas que las que hemos venido hasta ahora.

 

Foto: Crude Oils, Banksy, 2005

2 Comentarios

  1. Juan dice:

    si, ¿no?, la crítica de silva era mucho mejor que el libro de fernandez.

  2. P.D dice:

    no sé si demoraste más en encontrar la foto o escribir la columna. larga y fome como el libro.

    P.D

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