Revista Intemperie

Lo que mi hambre y mi opaco corazón no son capaces de cantar: una lectura de Crónica de Tollan, de Manuel Illanes

Por: Juan Pablo Pereira
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Un poemario que pese a su autenticidad es difícil de leer sin resistencia, obsesionado con la muerte, en transito por los insondables caminos de un México posible. Escribe, Juan Pablo Pereira.

 

La recolección de los rastros de una cultura otra puede ser una especie de mendicidad, un punto de arranque del cual no se puede arrancar, un punto de llegada al que no se llega. Pero si desde ese invento: nuestra supuesta, trizada occidentalidad miramos a un ente que queremos creer ajeno, debiera surgir entonces un brote en dos direcciones, una especie de diálogo o su simulacro, un juego de espejos.

No sé si lo anterior es cierto -¿qué puede ser cierto en un juego de espejos?-, pero quizá de una inmersión más o menos así trata Crónica de Tollan, de Manuel Illanes (Piedra de Sol, 2012) y en cuanto tal se enfrenta a todos los problemas de ese intento.

En principio, lo de Illanes respecto a lo mexica(no) es una decisión, que no pretende un conocimiento sino que parte desde uno, así sea correcto, errado o distorsionado. Pero ¿de veras se trata de que Tollan hable de los aztecas o de México?, Más allá de lo obvio del tema, creo que no, al menos desde lo que considero es lo interesante que se escriba como poema, así haya siempre quien se conforme con eso (con poco, a mi juicio). La pregunta es otra, al menos para mí, y es el porqué de esa decisión. No se trata de escarbar en los motivos; más bien de sopesar la propuesta con su pertinencia para un lector posible. Pero sólo podré dar ese paso si el poema me lo permite, si me da herramientas que me permitan ir más acá o allá del tema, o bien meramente serle fiel.

Tollan es difícil de leer sin resistencia. Se trata de un poemario más bien corto pero en extremo denso, llevado a cabo desde un lenguaje pesado («Los dioses jaguares alimentan su fiebre de abismo/ con la greda frágil de los tegumentos,/ el jade manchado, los párpados cosidos/ de eternidad,/ el copal semiquemado que se huele/ en la respiración sonámbula precedente del fin», Los decapitados de Guerrero, pág. 43), en que la versificación fuerza a una lenta lectura que se vuelve (deliberadamente) asfixiante, como si estuviera en correspondencia a la obsesión con la muerte que narra. Illanes pasa y repasa varias veces, quizá demasiadas las variantes de una ecuación entre la sequedad de una tierra hostil y que sólo da de sí cobrando vidas, con una cultura que parece haber aceptado dicho trato y perversamente disfrutarlo, desde un pesimismo obsesivo y fálico («Es un toro incestuoso que embiste con sorna/ la materia de los monumentos,/ nuestra propia carne apenas entretejida,/ el tótem que llevamos/ dibujado sobre la piel, que es el fondo de la calavera», La calzada de los muertos, pág. 47).

Y para hacerlo, Crónica de Tollan abusa un tanto de una paleta más bien pequeña de recursos. La versificación es regular y mecánica y no hay concesiones a respiradero alguno, lo que puede entenderse como cierta invitación no muy amable a zambullirse en un tono religioso y opresivo («Gran Derramador de las Aguas, sé piadoso/ afila en mi cuello la rudeza del pedernal», El fin de Tlalocan, pág. 27). Que dicha opción sea deliberada no atenúa el problema; este tratamiento por reiteración, así sea fiel al fondo de lo tratado, genera una paradoja que erosiona al libro mismo. Empezamos a dejar de prestar atención y olvidamos con facilidad lo leído hace uno o dos poemas atrás, todo en el supuesto de que es lo mismo que leeremos ahora, que a su vez ya sabemos de antemano en qué consiste. El fuego, la piedra, los huesos, la ceniza, las moscas, la obsidiana, el maíz, el maguey, todos se repiten varias veces, casi siempre anudados en valores contradictorios, en la medida que son fieles a la premisa que según parece funda lo mexica (o lo mexicano, si nos atenemos a la sinécdoque subyacente en este libro) cual es una variante especialmente amarga, si cabe un tanto aún más enfermiza de lo aceptable, de la ecuación vida = muerte. Por supuesto, uno puede lidiar con la contradicción, pero batirse con una sola a lo largo de todo el libro y fundada siempre en las mismas imágenes, puede ser agotador.

La opción de Illanes -que sin duda intenta un ejercicio de autenticidad cuidadoso y trabajado y sí, tal cosa es posible- es una imitación de lo que parece un cántico monocorde, entre reminiscente e invocatorio: es decir, según nuestros patrones vulgares, un tono indígena. No pretendo con esto faltarle el respeto a nadie, pero la medida en que las decisiones formales de Crónica de Tollan parecen responder a las expectativas de sus lectores (en general chilenos, de clase media, mestizos y algo educados) es bastante alta, así como esperamos quipus de lo quechua o paredes de papel desde Japón. Podrá elogiarse entonces la mímesis bien lograda, y ejemplos aquí hay muchos, en especial en la primera parte, Tamoanchan el árbol tronchado: pienso en poemas como Alabanza del guerrero jaguar («Niños que mi macana/ hizo bajar por la estrechura/ de las cuevas al inframundo/ me invocan entre los nopales y la sal,/ tal como la decena de bastardos/ que mis viajes arrojaron/ por la tierra sedienta, granos de maíz perdidos», pág. 13) o  Diálogo de muertos («Aborrecible estará el rostro de la tierra y seca su semilla./ Las flechas del sol quemarán su señorío hasta donde el monte/ levanta sus hombros», pág. 21). Por ese lado, este libro es un buen libro, aunque creo que con algo de ayuda de un lector con una agenda política determinada.

Pero fuera de esa agenda, viene al caso preguntarse si Illanes no cae en la tentación del exotismo. Como avisa en el epígrafe, Illanes incursiona en el «abismo mexicano», algo que en el mejor de los casos debiera generar una sonrisa torcida en los habitantes de ese «abismo» («La misma luz de hace 20 siglos/ florece sobre la cima de las antiguas pirámides», La calzada…, pág. 46). Supongo: igual que Illanes, no sé más de México que lo que sé.

No quiero desprender de todo lo anterior que no sea posible llevar a cabo con un razonable margen de éxito un intento como Tollan, es decir, que no se pueda escribir un libro en torno México, Persia o Sudán sin ser partícipe. Pero creo que dicho intento ya no puede sostenerse más en la supuesta supresión de una distancia, en la posibilidad voluntariosa de empatía que no obstante sostenga que aquello a que nos aproximamos tiene entidad real y que es cuestión de sencillamente abrir una puerta. Tal postura, quizá más propia de Tintín o National Geographic, responde al final a los mismos criterios ideológicos que éstos; es decir, tiene algo de hombre blanco descendiendo, enseñando, aprendiendo la trascendencia perdida y, en definitiva, dejando todo más o menos igual. Por eso, Crónica de Tollan no es un mal libro, siempre y cuando no se le pida lo que pudo haber ofrecido: una complejización de la mirada, no una inmersión más o menos ilusoria.

 

Crónica de Tollan

Manuel Illanes
Piedra de Sol Ediciones, 2012

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