Revista Intemperie

Contra iniquidades e inequidades: Grínor Rojo, De las más altas cumbres.

Por: Felipe González Alfonso

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Felipe González ve en el último libro del crítico y ensayista chileno, Grínor Rojo, un minucioso ejercicio de mapeo, una labor de amplia mirada sobre la tradición literaria latinoamericana.

 

Las cimas descollantes a las que Grínor Rojo se refiere en su último estudio, De las más altas cumbres. Teoría crítica latinoamericana moderna (1876-2006), son aquellas más relevantes figuras que componen la tradición del pensamiento literario latinoamericano, desde que comenzara a consolidarse en el continente lo que Pierre Bordieu llama un “campo intelectual” y, al interior de él, conviviendo con otros “microcosmos diferenciados, complejos y relativamente autónomos”, el campo específicamente literario. Esto comienza a ocurrir, como lo anuncian las fechas del título, durante las últimas tres décadas del siglo XIX, y los primeros escritores que se desenvuelven en un espacio “que va avanzando en pos de la prometida autonomización” y generan textos de relevancia para dar inicio a una tradición crítica, son los poetas Manuel Gutiérrez Nájera y Rubén Darío (estos de un modo más bien secundario, no sistemático) y los ensayistas José Martí y José Enrique Rodó.

A los anteriores, tratados en el primer artículo —los siguientes tendrán cada uno el suyo propio—, les siguen “los autores clásicos” de la primera mitad del siglo XX, que sientan las bases para la profesionalización del oficio: el dominicano Pedro Henríquez Ureña, el mexicano Alfonso Reyes y el peruano José Carlos Mariátegui. Luego vienen “los renovadores”, en la segunda mitad del siglo pasado: el brasileño Antonio Cándido, el uruguayo Ángel Rama y el peruano Antonio Cornejo Polar. Y por último, están los críticos del “período transicional”, que desarrollan su actividad durante las últimas dos décadas del siglo anterior y hasta la fecha: el brasileño Roberto Schwarz y la única mujer del grupo, la argentina Beatriz Sarlo.

El criterio principal de selección para establecer este canon teórico, señala Grínor Rojo, es la originalidad de las obras para leer nuestra literatura, y él mismo señalará cuáles son los textos a considerar. Varios clásicos de la ensayística continental salen a relucir: el Ariel de Rodó, los Seis ensayos en busca de nuestra expresión de Ureña, los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui, etc. Y otros trabajos en vías de serlo, como Borges, un escritor en las orillas de Sarlo y Um Mestre na Periferia do Capitalismo: Machado de Assis de Roberto Schwarz.

La originalidad de la que habla Grínor Rojo, en todo caso, no consiste de ningún modo en leer lo nuestro dándole la espalda a los modelos y problemas de la investigación literaria metropolitana, sino, muy por el contrario, en leernos reelaborando y adaptando esa teoría —de manera revitalizadora— a las características propias de la literatura latinoamericana.

Por este motivo, no podría figurar en la selección, por ejemplo, Félix Martínez Bonati, cuyo esfuerzo teórico —al menos en su célebre La estructura de la obra literaria (1960)—, influenciado por la más dura fenomenología, hace total abstracción del contexto político y social de las obras y propone un modelo de aplicación universal. Este tipo de operaciones no haría sino universalizar, sin considerar las diferencias de cada caso, un método elaborado a la medida de una cultura bien situada (la europea), para aplicarlo sin más a cualquier literatura. De uno u otro modo y a diferencia de Bonati, lo que ninguno de los autores tratados por Grínor Rojo ha dejado de tener en mente en su quehacer escritural, es la famosa sentencia del cubano Roberto Fernández Retamar (cuya ausencia en el libro, por lo demás, llama la atención, si se considera que es el primer crítico cuyo programa intenta dotarnos de una teoría propiamente latinoamericana): “Una teoría de la literatura es la teoría de una literatura”.

A partir de Mariátegui, lo que liga también a estos autores es su resignificación específica —sin desdeñar por eso otras influencias— de la teoría marxista, en vistas a pensar nuestros productos simbólicos y desde ahí los avatares de nuestra historia social y política. En términos generales, su preocupación apunta a las relaciones entre cultura y sociedad, y en cómo los condicionamientos de la segunda, producidos por la economía, operan al interior de los productos de la primera. Con variadas herramientas teóricas y en distintos momentos de la evolución del pensamiento marxista, estos críticos aspiran a establecer, por ejemplo, si una novela acepta servilmente las ideologías imperantes o las discute y propone otras marginadas, o, más complejamente, si en ella ocurre un tenso enfrentamiento o quizá una convivencia entre ideologías con diferente fuerza y prestigio, o en distinto estado de desarrollo; ya sea en el momento de su retirada, de su máximo apogeo o en los inicios de su formación. Pero esto no se realiza de manera neutra, sino en abierta y enérgica protesta en contra de las “iniquidades e inequidades” de ciertos sectores que utilizan el poder para fines egoístas y en desmedro de la mayoría.

Además de tener un origen teórico común y por eso constituir una tradición con sus propios temas y problemas, Grínor Rojo enfatiza la relación discípulo-maestro que se ha generado entre estos autores; en algunos casos se han conocido directamente, y en la mayoría los más jóvenes han sido asiduos lectores de los precedentes y los contemporáneos. Refiriéndose a las entrevistas que Beatriz Sarlo les hiciera en Brasil, en ciertas jornadas literarias, a los teóricos más eminentes de la generación anterior a ella, Grínor Rojo comenta: “Por mi parte, interpreto aquellas conversaciones de la joven Sarlo con Candido, Rama y Cornejo como puntos nodales de un diálogo inter y extrageneracional, una pasada de bastón que se repite una y otra vez en la historia de la teoría crítica que examina este libro”.

De las más altas cumbres, añade un capítulo de la mayor relevancia a la prolífica y penetrante producción crítica de Grínor Rojo de la Rosa, y continúa su trabajo anterior, Clásicos latinoamericanos, que revisitaba con comentarios renovadores la tradición literaria y reflexiva del continente a partir del siglo XIX (Bolívar, Bello) y hasta las últimas cumbres de la creación (Borges, García Márquez, Neruda, entre otros). Así, se completa un minucioso ejercicio de mapeo, una labor de amplia mirada espaciotemporal sobre nuestras letras, considerando esta vez el canon teórico y crítico más eminente, al que el mismo Grínor Rojo, sin lugar a dudas —lo cual debiera enorgullecernos—, pertenece.

 

De las más altas cumbres. Teoría crítica latinoamericana moderna (1876-2006)

Grínor Rojo
Lom, Santiago, 2012.

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