Revista Intemperie

Intemperie de Jesús Carrasco

Por: Nicolás Poblete

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Nicolás Poblete se adentra en una historia espeluznante, sobre la relación de un niño y un cabrero, en un país desolado por la sequía, y amenazado por un estado degradado.

 

El redactor publicitario Jesús Carrasco (España 1972) ha tenido una extraordinaria acogida, sorprendiendo a la escena editorial con su novela Intemperie, que ya va en la tercera edición y será editada en trece países este año. ¿Qué es lo novedoso de esta novela? ¿Qué puede decirnos la historia de un niño que huye de la ley y que se encuentra en su camino con un cabrero dispuesto a ayudarlo?

Intemperie, más que  una historia, es un ejemplo exacto de “cómo” se puede contar una historia. Acá vemos un país asolado por la sequía (que recuerda la espeluznante fantasía post apocalíptica de Michael Haneke en El Tiempo del Lobo) y la amenaza. En este país que no se nombra, los representantes de la ley forman parte de la degradación y ya no simbolizan la justicia, sino que se erigen como residuos un poco más privilegiados que abusan de su poder de modo impune. El protagonista es un niño que tampoco tiene nombre,  y durante toda la novela escapa de las autoridades que lo persiguen por algo que ha hecho. Pero lo que el niño ha hecho, el crimen por el que se lo persigue, es solamente sugerido, se hace referencia a él solo de manera elusiva.

Intemperie puede ser vista como un “Bildungsroman”, a partir de este niño que se enfrenta a una serie de pruebas y cuyo aprendizaje hace eco en el entorno. Los obstáculos que el chico enfrenta son múltiple: la sed, el hambre, el tiempo; el alguacil y sus perros; la traición, la religión como presencia volátil. Quizá son éstos los elementos que han provocado comparaciones con, por ejemplo, Cormac McCarthy. Éstas se refieren, principalmente, a La Carretera, donde vemos a padre e hijo en un escenario post apocalíptico huyendo en busca de cobijo. Además de esta semejanza, vemos en Intemperie una preocupación particular por el uso preciso del lenguaje, que resulta en una depuración única. Los escasos diálogos que se reparten a lo largo de la novela se caracterizan por ser breves, cortantes. Solo se expresa lo estrictamente necesario, lo cual produce un efecto poético, a la vez que categórico. Incluso para el lector hispanohablante, la lectura de Intemperie puede resultar un desafío, pues quién conoce, hoy, palabras como: acículas, siluros, fallebas, almadraba, orza, brocal, lama, cañizo, garrucha, arqueta, esclusa, atalaya, espita, albardón, poyete. No cualquiera cursa la lectura de estos párrafos sin preguntarse por la definición de estos términos. Y es precisamente esta riqueza léxica, la que permite armar el escenario irrepetible de esta novela en la que no hay señales evidentemente nombradas. Acá no hay nombres ni fechas; las locaciones son espacios naturales; los personajes son llamados por lo que proyectan: el cabrero, el tullido, el niño, el alguacil, etc. De este modo, la narración nos propone una operación en la que todos los elementos naturales cobran el mismo valor: las cabras, los cuervos, las liebres, las ratas… todos tienen el mismo talante: son lo que se ve, al igual que lo que podemos ver en las personas.

Pero si en La Carretera, de McCarthy, teníamos a ese padre e hijo huyendo y sobreviviendo las penurias de una debacle, acá el vínculo entre el niño y el cabrero se potencia en tanto conforma una paternidad liberada del pacto genético. De hecho, el recuerdo de su hogar (leemos, “aún le mordía el estómago la flor negra de la familia”) es más bien ingrato: “En su casa, las piedras de las paredes imponían una ley ancestral que dictaba que los niños debían mirar al suelo cuando eran sorprendidos haciendo algo inconveniente. Debían mostrar la nuca, dóciles como ofrendas o víctimas propiciatorias”. Así, hay una propuesta extrema, excéntrica, en la relación entre el chico y el cabrero, y el aprendizaje mutuo es único, cursado a través de una comunicación mínima.

En un momento, el niño piensa que le habría gustado saber el nombre del cabrero. El cariño entre estos personajes nunca se torna meloso y con certeras pinceladas, podemos ver ese amor que se vive casi como angustia: el cabrero lee la Biblia y su única petición es que le pongan una cruz cuando lo entierren. Esto es lo que queda en la mente del niño, quien, según lo que recuerda por boca de su padre “ha hecho algo malo” y tiene un sueño recurrente. Sueña que lo persiguen: “Corre delante de alguien a quien nunca ve, pero cuyo aliento caldea su nuca”.

Si bien la narración nos mantiene expectantes, y nos hace preguntarnos qué fue lo que hizo el niño, el misterio no es la preocupación que Carrasco quiere dilucidar. No hay engaño alguno acá y tampoco ninguna trampa o pista falsa. El misterio pasa a segundo plano para privilegiar un virtuosismo narrativo. Por ejemplo, el niño recuerda los higos de verano, en la estación de ferrocarril: “Embriagado por la abundancia laberíntica y cavernosa de las pulpas calientes. Los colores de la maduración, la fina piel como una frontera delicadísima o como un débil pretexto de la canícula para aguantar sólo hasta la llegada del tacto”. O ve cómo “la brisa caliente del mediodía hacía rozar los juncos entre sí, esparciendo por los alrededores ecos de frágiles cascabeles de madera”. U, observa cómo “los sarmientos bravíos cruzándose unos sobre otros tejían sobre la viña una red de curvas fósiles”.

 

Intemperie

Jesús Carrasco
Seix Barral, 2013

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