Revista Intemperie

Tiempo y adicción

Por: Bernardita Bravo
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A partir de una obra del artista inglés David Hockney, Bernardita Bravo reflexiona sobre la forma en que esclavizamos el tiempo, la vida y el arte.

 

El collage fotográfico “Pearblossom Highway”, de David Hockney, muestra una carreterea en medio de un paisaje desértico donde hay: varios cactus a los costados, latas y botellas tiradas sin cuidado desde algún automóvil y señales de tránsito demarcadas en la pista o en carteles. “Stop ahead”, se lee dos veces, y más allá, en perspectiva, “Stop”. Inquieta ante esa insistencia quise que el mismo Hockney me explicara:

El conductor y el pasajero ven el camino de distina manera. Cuando conduces, lees las señales del tránsito, pero cuando eres pasajero, no sueles hacerlo, puedes decidir mirar hacia donde quieras. A la derecha, del lado del conductor, están las señales que te indican qué debes hacer; a la izquierda, del lado del pasajero, transitas de manera más lenta, mirando alrededor”.

O sea que ser conductor te convierte y determina a la ruta; ser pasajero, en cambio, te sume en la sorpresa, en el desvío. Esto tiene que ver, pensé, con ciertas consideraciones sobre la temporalidad que me han estado molestando. Porque hemos hecho del tiempo una especie de rito determinado por las reglas de causa y efecto que van delineando el día a día. El tiempo ya no es eso que está fuera de nosotros, que sigue existiendo después de nuestra muerte, que sigue pasando aún cuando nosotros no pasemos con él. El tiempo, aunque digamos que no nos alcance, que no lo tenemos o que pasa muy rápido, ha pasado a ser un esclavo del hombre (no, no es como dicen por ahí que somos nosotros esclavos de él) y lo hemos diseñado de la misma manera en que fuimos diseñados nosotros cuando entendimos que para entrar a un lugar, para obtener una cosa o para ver a alguien, debemos ponernos en fila, detrás de alguien mientras alguien se pone detrás de ti y de ahí a esperar (la espera en este caso como un vínculo agresivo).

Si querré hacer o ser esto un mañana, este hoy será pasado obligatorio de ese mañana. Hemos reducido a una línea su potencialidad. No lo expandemos hacia la posibilidad, reprochamos lo relativo: decir “quizás”, “tal vez” o “puede que” sería salir de la dinámica causa efecto por cuanto admiten el retroceso, la duda: nos definen irremisiblemente como pobres seres indecisos (cosa inconcebible hoy por hoy). Quizás, y sin dejar de lado a Hockney, ocurre lo mismo con nuestro acercamiento hacia la historia del arte y sus obras. ¿Qué pasa cuando las estudiamos como relación, como superposición, como predicción? Seguramente veremos más cosas en ellas, otras cosas, la obra dentro de la obra, adulaciones y confrontaciones. Pero: no es llegar y relacionar o superponer, no es llegar y decir que una obra del siglo XV coincide en formas y símbolos con una del XX. No es novedad la idea de que la Historia se repite, así como las historias se repiten, de que los temas son pocos y es la forma de tratarlos lo que cambia; es cierto que lo de evolucionar para dejar atrás a veces no es más que ilusión o cinismo. Lo relevante, entonces, (y no corre solo para el arte, evidentemente), ¿sería acaso preocuparse de que esas constancias y reiteraciones no se convirtieran en mecanización -de afectos, de saber, de conductas-, por miedo a reconocer la fragilidad de las convicciones y deseos contingentes?, ¿por miedo a enfrentar dicha contingencia consciente de la impredictibilidad del propio comportamiento?

El problema aparece cuando uno se vuelve adicto a uno mismo, porque la adicción es nostálgica; desde el presente, promueve el impulso por regresar (o volver a representar) al pasado, deteniendo así el paso hacia un futuro (que no sería prefiguración de ese pasado/presente). Entonces, para dejar de hacer el tiempo un rito conocido, repetido, habría que relacionarlo con un querer, no con un deber; el problema está en identificar qué es lo que realmente quiere cada uno, eterna pugna entre querer y deber impuesto disfrazado de querer (un ejemplo no tan artístico de esto: el movimiento temporal del capital, que se apodera de nuestro futuro, con el crédito como justo representante).

Diremos que hay una relación inversamente proporcional entre tiempo y vida a la cual no hay que temer: mientras más vida acumulada, menos tiempo, más cercanía a la muerte, la vida como resta. Lo mismo con el arte: el alineamiento de todas las obras bajo la categorías de diversos “ismos” a fin de comprenderlo (ordenarlo linealmente) no es más que la resta, aquí tratada como negación, del intento por aprehenderlo bajo la propia temporalidad, donde daría igual venir a conocer recién y al mismo tiempo, una obra de una u otra corriente. “Una gran cantidad de tiempo puede alojarse en una sola imagen”; una buena obra siempre admitirá su expansión y la nuestra, y mejor aún si así y todo se nos escapa, así como también puede ser mejor cuando el camino es más lento, o se desvía, pasajero.

 

Foto: Pearblossom Highway, 11-18 Abril 1986 #1, David Hockney, 1986.

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