Revista Intemperie

Retroceder nunca, rendirse jamás: el adiós al rechazo editorial

Por: Andrés Olave

javier-calvo

Andrés Olave reflexiona a propósito de los dichos recientes del escritor catalán Javier Calvo, en las redes sociales, sobre la negativa por parte de los autores a aceptar el rechazo editorial y como hoy en día cada quien se las arregla para que su manuscrito de una forma u otra vea siempre la luz.

 

Era costumbre que los escritores, allá en el remoto siglo XX, llevaran sus manuscritos a las editoriales para ponerlas bajo el juicio del editor, quien podía aprobar el manuscrito, sugerir cambios o derechamente rechazarlo. Dicho modus operandi ha sufrido drásticas modificaciones en el presente siglo, donde los autores disponen de múltiples, y muchas veces insospechadas alternativas para publicar. Al respecto, y no sin cierta incomodidad, el escritor Javier Calvo ha dicho:

“cuando a uno le rechazaban un manuscrito las editoriales, o bien lo guardaba en un cajón o lo destruía o lo reescribía o escribía otro libro. Ahora si un manuscrito es rechazado, da igual. El libro tiene que salir publicado como sea. O en una independiente, o en una editorial minúscula o ignota, o autoeditado, o en eBook autoeditado, o directamente en Amazon, o como sea. La opción del rechazo ha desaparecido. El impulso de la escritura DEBE ser gratificado en forma de publicación, sí o sí.”

Al respecto, cabe constatar que efectivamente resulta anacrónica la imagen del escritor rechazado que debe guardarse su manuscrito y hasta cierto punto verse obligado a olvidarse de él. Hoy en día pareciera ser que cualquier libro puede ser publicado, aún el más horrendo, el más insensible.

Calvo al respecto insiste: “quizás yo soy de otra época. Cuando yo empecé, se nos suponía que debíamos convencer a media docena de personas, supuestamente bastante difíciles de convencer, ANTES de tener la oportunidad de convencer a los lectores. Eso me parece un desafío positivo, y también útil, y jamás se me ocurriría intentar saltármelo. También me parece constructivo someterse a la discusión editorial previa a la publicación del libro. Por ejemplo, mi primer editor me recortó considerablemente mis dos primeras novelas, y como resultado de ese recorte, son mucho mejores.”

El centro del problema pareciera ser paradójicamente la falta de obstáculos que hoy en día existen para publicar. Solo es cuestión de hacer gestión, moverse por distintas editoriales para llegar a buen puerto. El famoso “dulce es la adversidad” de Shakespeare ya no tiene sentido, ni tampoco pareciera que hubiese incentivos para que cada uno escriba mejor. Un autor, cualquier autor, puede pagar o copagar su edición, o incluso autoeditarse en imprentas con tirajes que muchas veces llegan hasta los 500 ejemplares, conformando un medio donde todos los manuscritos tienen aparentemente el derecho a salir a las calles.

Pareciera que hasta cierto punto nuestro presente desestima, o al menos recela, de la figura del editor, se piensa de él como un individuo distinto (¿sofisticado?), que no necesariamente va a compartir gustos literarios o intereses con el lector promedio, y a quien por lo mismo, se le mira con desconfianza, se deslegitimiza. Por el contrario, la figura del lector se ve engrandecida, aquel que como consumidor va a ser quien finalmente tenga la última palabra y elija libremente lo que va a leer. Es en base a eso, a la libertad del lector, que cualquier libro, a priori, tiene derecho a existir. Queda por saber qué lector, en una época donde el tiempo libre no abunda precisamente, tendrá el tiempo y la paciencia para hacer correctamente dicho juicio.

Otra arista del problema es el silencio de los editores. Hay un libro de Italo Calvino: Los libros de los otros, con las cartas que Calvino –cuando trabajaba de editor en la prestigiosa Einaudi–, le escribía a los autores, cartas extensas que muchas veces alcanzaban las tres o cuatro páginas. Salvo contadas excepciones, Calvino rechazaba todos los manuscritos que le llegaban aunque se daba el tiempo y la energía de explicarles detalladamente a los autores el por qué. No son pocos quienes que se quejan que hoy en día las editoriales rechazan por medio del silencio, no dicen nada, no hay un rechazo propiamente dicho, un poco como el silencio de Dios, viven simplemente alejados en paraísos distantes.

Creo que en un mundo digital donde todos tienen sus blogs, muros de facebook, tumblr, twitter, es decir, en un mundo donde cada cual dice lo que se le ocurre cuando se le de la gana, el silencio de las editoriales como oculta negativa parece casi un gesto de mala educación, un faux pas, y por lo mismo, sospecho que en respuesta seguirán apareciendo nuevas alternativas para publicar libros, transformando progresivamente el mercado editorial en ese sueño de Borges, en la biblioteca infinita colmada de libros, el sitio imposible donde todos los libros son posibles.

 

Foto: Mara Faye Lethem

6 Comentarios

  1. Felipe González dice:

    Me parece que el escritor catalán incurre en varios errores, primero en pensar que el cedazo de los editores garantiza la calidad literaria de una obra (las grandes y pequeñas editoriales publican también malos textos), cuando hay ejemplos famosos de obras maestras que precisamente fueron rechazadas una y otra vez por los editores, como El tiempo perdido de Proust o las primeras novelas de Beckett, o de autoediciones notables, como el primer poemario de Borges que, hasta donde sé, no pasó por la aduana editora. Otro error es considerar que la facilidad para publicar anula la competencia y por lo tanto rebaja la calidad del producto, cuando ocurre precisamente lo contrario, a más libros mayor competencia. Porque la verdadera pelea por la supervivencia comienza cuando el libro está disponible para los críticos y lectores, su publicación solo constituye la subida al ring, y creo que da lo mismo como logre arrimarse, la capacidad se demuestra cuando empieza el enfrentamiento. Y cuál es el problema con que suban los que quieran, total los que no saben defenderse caerán de inmediato, si aceptamos con Bloom que la cosa es un agón. Si la literatura debe pasar indefectiblemente por los editores corre el riesgo de homogeneizarse bajo criterios comerciales, lo que tiene resultados catastróficos, como la nula publicación de poesía por parte de las grandes casas. E incluso las pequeñas acá en Chile estoy seguro que no estarían dispuestas a publicar a nadie cuyo uso del lenguaje narrativo implicara una dificultad analogable a la de un Joyce o un Faulkner o un Lezama lima, por poner un ejemplo más cercano. Lo del escritor catalán no es más que elitismo, se escandaliza porque la cancha se le llena de mugrientos. Queda claro que Javier Calvo es de otra época, la del elitismo modernista, que por esos lados también llora con nostalgia Vila-Matas, creyendo que porque mueren los de su tipo también muere la literatura. Cuando lo que realmente está muriendo es lo que ellos entendieron por tal.

  2. Andres Olave dice:

    No es que quiera entrar a defender a las editoriales “grandes” y ciertamente hay montones de ejemplos de fallos editoriales que pueden, en teoría, poner en tela de juicio todo el sistema. Los sesenta rechazos que sufrió Tibor Fischer por ejemplo, antes de poder publicar su grandísima novela Filosofía a mano armada, o el terrible y trágico rechazo a la conjura de los necios de Kennedy Toole que implico a la larga el suicidio del autor. Por otra parte, autores como Joyce al principio debieron pagar de su propio bolsillo sus ediciones y ya sabemos de qué clase de autor estamos hablando. Sin embargo, creo que hay un punto valido, preguntarse cuanto están actualmente trabajando nuestros escritores. Que si los autores apenas terminan el primer manuscrito ya se sienten listos para publicar, ¿acaso la calidad del producto no sufrirá en lo absoluto? El propio Joyce, si ya estamos, se tardó casi diez años en completar el Retrato del Artista Adolescente. No me parece que el antiguo sistema fuese perfecto, pero el actual tampoco es mucho mejor pues no hay en él incentivo alguno para escribir buena literatura y algunas editoriales independientes, de hecho, simplemente publican todo lo que les llegue mientras les paguen por ello.
    En relación a si a mayores libros hay mayor competencia, debo disentir, porque ya no son diez escritores compitiendo entre sí por publicar en una editorial que solo tiene, digamos un cupo disponible. Ahora son diez escritores y todos van a publicar de distintas formas, y entonces, en realidad ya no hay competencia. No hay barreras. Ni siquiera para competir con uno mismo. Si he escrito un libro en seis meses y ya puedo publicarlo, ¿para que me voy a pasar dos años más corrigiéndolo? La inmediatez, la facilidad para publicar, me parece, acaba por ser dañina como un pastelero que por ahorrar gas en el horno acaba vendiendo sus tortas a medio cocer.

  3. GB dice:

    Creo que parte del problema pasa por sincerar la forma en que nos referimos a los libros autoeditados (o “coeditados”, que para efectos prácticos es lo mismo). Si yo autoedito mi libro, tal vez pueda decir que soy un autor “publicado”, pero lo cierto es que lo único que hice fue pagarle a una imprenta para que saque fotocopias de mejor calidad y encuaderne mi manuscrito. Las editoriales que ofrecen servicios de autoedición debieran ser más honestas y al menos no publicar a los autores que pagaron por ser editados bajo el mismo sello de los que llegaron ahí por sus propios méritos. Ello no quiere decir que todos los libros autoeditados no tengan méritos (literarios o incluso comerciales), sino que no hay que devaluar la labor de curatoría y genuina edición (que no es lo mismo que ser corrector de prueba) de la gente que trabaja en las editoriales.

    Ya parece majadero referirse a otros países y en particular a EE. UU. como ejemplo en materias editoriales, pero creo que en este tema hay harto que aprender de los gringos. Por lo general, en EE. UU. ningún medio importante suele reseñar libros autoeditados y los diarios grandes tienen políticas explícitas al respecto. Las asociaciones de escritores (Mistery Writers of America, Romance Writers of America, etc.), que en muchos casos cuentan entre sus miembros a los principales autores de géneros como el policial, romántico, etc. también tienen como política no aceptar a autores autoeditados ni nominarlos a premios y demases. Cuando hace unos años la editorial canadiense Harlequin, que se especializa en novelas rosa y es una de las de mayor venta en el mundo, intentó ofrecer un servicio de autoedición bajo su sello, la medida fue criticada tanto por escritores como críticos. Finalmente, Harlequin tuvo que cambiarle el nombre al servicio y dejar en claro que se trataba de un sello aparte, exclusivamente para autores autoeditados (http://www.mediabistro.com/galleycat/harlequins-lost-horizons-self-publishing-imprint-renamed_b10553). Por algo los gringos también se refieren a estos servicios de autoedición como “vanity presses”.

    Por otro lado, creo que cuando hablamos de mayor competencia, no es que tal competencia ya no exista, sino que se trasladó a otro plano. Es cierto que gracias a las editoriales independientes y plataformas electrónicas puede resultar más fácil publicar, pero esa misma facilidad se traduce en una mayor competencia a la hora de ser reseñado en los medios, distribuido por las grandes librerías y en general por tener la misma exposición que los títulos de los sellos grandes. En definitiva, sí, es más fácil publicar, pero es más difícil conseguir exposición entre tanto libro nuevo.

  4. Andres Olave dice:

    Dos puntos:
    1. no creo que haya que satanizar a las editoriales que cobran a los autores, pero hay que dejar bien claro lo que hacen: publican a tres o cuatro escritores interesantes al año por su cuenta, y al resto les cobran invitándoles a formar parte de ese “prestigioso catalogo”.

    2. me parece sumamente peligroso poner al final las esperanzas de una cierta justicia literaria en manos de los reseñistas. Hace un par de años en Chile, un escritor cuyo nombre no quiero acordarme, realizó una campaña brutal de prensa a favor de su primera novela, una novela apenas que regular, pero que merced de su gran cantidad de contactos en diarios y revistas recibió numerosas reseñas y notas tanto en chile como en el extranjero. Si siguiéramos este “modelo de negocios” los escritores tendrían que dejar de lado la preocupación por la calidad de sus textos para privilegiar las relaciones públicas y el lobby, tal como ha hecho este escritor.

  5. GB dice:

    Creo que estamos de acuerdo entonces. 1) No dije que hubiera que satanizar a las editoriales que cobran, pero sí que debieran ser más honestas ya que no es lo mismo aceptar el manuscrito de un autor que cobrarle por publicárselo. 2) Tampoco dije que los reseñistas debieran ordenar el naipe. Lo único que observé es que si bien ya no hay tanta competencia (o barreras) para publicar, esa misma facilidad para sacar un libro estaba creando una abundancia de títulos nuevos y que por lo tanto es más difícil que los medios reseñen uno en particular. Usar pitutos o hacer lobby no es un modelo de negocios y como práctica no sé quién se atreva a recomendarla (al menos en público).

  6. Andres Olave dice:

    1) La gracia de una AAF (editoriales de autores autofinanciadas) es nunca reconocerse como tal, al menos en Chile (e Italia). Por lo mismo, nunca podrán ser honestas a ese respecto, su pathos, podríamos decir, es siempre parecer una verdadera editorial y hacen varios gestos, no solo el de publicar autores consagrados de vez en vez, en esta dirección.
    2)no se trata de recomendar, pero es observar como se están moviendo los nuevos escritores. hay que mencionar algo que parece obvio: los escritores -en chile al menos- ganan poquísimo o casi nada con la venta de sus libros. En cambio, ganan bastante o lo suficiente al menos por presentarse en ferias nacionales, dictar talleres, o ser jurados de concurso. Para esto, es necesario primero, ser considerado un escritor y es a lo que apunta esta estrategia: tener la mayor cantidad de publicidad posible y luego largarse a la vida publica. puede que no sea el negocio más solvente del mundo, pero te aseguro que les sirve para vivir.

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