Revista Intemperie

Chinoy o de una alucinógena lucidez

Por: Felipe González Alfonso

chinoy

Felipe González continúa el análisis de las letras y el discurso de los nuevos músicos chilenos, elogiando ahora la originalidad crítica de Chinoy.

 

Creo yo que, sin la necesidad de ser explícitas ni mucho menos panfletarias, las letras de Chinoy son, de entre la última generación de músicos chilenos, las que más tienen que decir y, sobre todo, las que más originalmente transmiten su mensaje. Esa constante “anormalidad” con que el músico dispone las palabras, logra generar atmósferas densas e inquietantes, en medio de las cuales introduce luego imágenes nítidas, reconocibles del contexto social, pero reelaboradas de un modo que les restituye toda su monstruosidad, invisible a la mirada cotidiana. Además, este efecto se refuerza con la utilización ocasional de giros orales o de cultura popular (“plata pa pan”, “carne de gallina”, “corre que corre el anillo, mueve y mueve el esqueleto”, etc.), también expuestos bajo una nueva luz, pero en este caso con un afán resignificante y reivindicativo.

La variedad de procedimientos poéticos utilizados por Chinoy es amplia y siempre apunta a potenciar el sentido, no se trata nunca de mero ornamento formal o de virtuosismos vacuos. Valga aquí enumerar unos cuantos del tema “Valpolohizo”: por ejemplo, las frases que se espejean fonéticamente: “Puerto de llamas, de la bulla, de la nube colorada” y “Puerto de mañas, de la puna, de la cana encaramada”; inversiones de sentido: “que los choros duren, que las pilas tengan fe” (la pilas suelen durar y ciertos choros podrían tener actividad religiosa); hipérbaton u oración desordenada; “Del puerto con brillo”, etc. Esta saturación calculada de figuras poéticas es algo bastante inédito en la letrística nacional y aun en gran parte de la poesía reciente.

En el mismo tema el lenguaje “anormal” del que hablo —y léase el término entre varias comillas imaginarias más— parece estar justificado en tanto se nos muestra una conciencia marginal que vaga sin rumbo por la ciudad bajo el gozoso efecto de la marihuana: “Pan duro en castillo, fantasma de onda radial, noches con pestillo, humo que me saca a volar”. Se trata de un paseante degradado a quien el gozo en todo caso le dura bien poco; la urbe pronto se le aparece despojada de sus revestimientos habituales y entonces logra avizorar la verdadera faz del progreso. Los íconos de la modernización a medias del estilizado Valparaíso turístico que a él lo excluye, se le imponen ominosos: “ascensor de sustos, pista de ojera mensual, pensión a su gusto, pecera de héroe naval. Mesera del mundo bajo la mesa nasal, paseo en el jumbo, pescada de carnaval”. Los pintorescos ascensores, las pensiones estudiantiles, el culto a los héroes del mar, el horrible mamotreto del supermercado Jumbo, etc., todo esto reaparece enrarecido, sospechoso, amenazante, sin que nunca se recurra a un comentario explícito para decirlo. Esta es claramente una de las características de la poesía genuina: el efecto, la sugerencia de algo oculto, luego el extrañamiento y de ahí, cuando es política su impronta, el cuestionamiento de lo que parece natural y sin embargo ha sido urdido con minucioso y solapado artificio para el beneficio de pocos y la desgracia de muchos. Sucede algo similar en “Klara”; alrededor de una matutina escena de amor, reverbera todo el paranoico flujo de la información con que los medios insuflan miedo a la población para neutralizar cualquier afán de cambio: “Afuera penando el sismo, la cuidad mentalizada, las noticias de la plaga, las normas matando al ritmo”.

Es de notar, eso sí, que en las letras de Chinoy la crítica siempre se encuentra potenciada por la articulación de una propuesta. En “Valpolohizo” y “Klara” es más bien sutil: al progreso enajenante y a la manipulación ideológica de los medios, se opone la contemplación reflexiva que posibilita la marihuana y las posibilidades liberadoras del amor erótico, respectivamente. Esto, por lo demás, quiere torcerle el brazo al enfoque negativo que los pechoños de siempre le dan a la droga y al sexo. En un verso espléndido de “Vamos los dos” se mixtura erotismo y agitación, caricia y protesta: “los dedos como caravanas…”; en “Que salgan los dragones” hay algo parecido: “lecciones para la bravura, que rima con total ternura”, y Jesús termina metamorfoseado en un fauno: “más abajo de la cintura Cristo se quiere celebrar”.

Es en este último tema mencionado, de hecho, en donde la propuesta se perfila más nítidamente y resulta tan vigorosa como la crítica: “Es hora de salir de la conciencia, ser aire en el desastre mundanal, que vuelvan los dragones a volar para quemar la histórica indecencia”. Aquí es evidente un llamado nada superficial a recobrar las dimensiones afectivas y espirituales que la razón instrumental le ha escamoteado al hombre moderno, y cuya consecuencia son las bien conocidas indecencias históricas de nuestro tiempo, a nivel colectivo e individual, desde las guerras mundiales a la explotación: “Los muertos que trajo sin ver la ciencia, el suelo seco del confort social, la bomba oculta en la vida normal, el miedo en medio de todas las fiestas”. Pero Chinoy nunca se queda en la constatación lúgubre cuyo efecto es la parálisis, y entonces dionisiacamente recomienda, con una vitalidad sin gota de misticismo elitista, “Que dejemos la risa como herencia, las ganas como hazaña cerebral, que vuelva el corazón del animal para sacar del alma esta violencia” (en el tema “Carne de gallina”, dice: “ser nuevamente el chiquillo que toma todos los retos”).

El discurso de Chinoy, como queda en evidencia, es directo y nada simplista; si bien se trata de reflexiones con bastantes precedentes en el siglo XX, en la filosofía y la literatura, él logra imprimirles un matiz particular, que las arrebata al lugar común y al escepticismo reinante para devolverles su vigencia. No puedo dejar de decir, por último, que bastan los tres párrafos recién citados para probar que Chinoy es autor de una auténtica poesía, tan estremecedora en la forma como atenta en el contenido, y que refuta con creces el dictamen de un viejo ensayista latinoamericano: “…poesía que lucha no puede ser poesía que cincela”.

 

Foto: The Clinic

Temas relacionados

• Los Bunkers y Francisca Valenzuela: ¿compromiso político o puro marketing comercial?


6 respuestas a “Chinoy o de una alucinógena lucidez”

  1. Felicitaciones por tus éxitos Chinoy nos sentimos orgullosos.

  2. Federico Lanas dice:

    Este articulo revela la lucides de tres cosas: la de Chinoy, la de el contenido del articulo y la del autor. Me parece genial que alguien haya escrito sobre Chinoy, que a mi parecer, es el mejor cantautor de Chile en estos momentos.

    Chinoy tiene un pequenio aire a la poesia de De Rokha, quien

  3. Federico Lanas dice:

    (se me envio por error, continuo)

    describe su vivir con palabras toscas, de campo, palabras muy agrestes y asperas.
    En el caso de Chinoy, su lenguaje es de ciudad, de estrato bajo y lo usa para armar frases poeticas.

    Aprecio el trabajo de este articulo.

  4. Ariel dice:

    Chinoy, mucho merengue pa mi gusto. Es un estribillo eterno y nasal de Silvio, sin la prosa claro.

    Si Castro tiene su Chávez. Silvio tiene a su Chinoy.

  5. gb dice:

    Chinoy?………….hummmmmmm

    Un Bob Dylan demasiado nasal

  6. Mauricio dice:

    Bien claro tu articulo, me gustó tu analisis, de hace tiempo ya pero recien lo pille. Gracias por poner a Chinoy en la posición q debe, de los mejores cantautores que se han dado en Chile.

Agregar un comentario


2 + = three