Revista Intemperie

Ganadores del Premio Roberto Bolaño en cuento

Por: Intemperie

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Revista Intemperie publica los cuentos de Rodrigo González Dinamarca y Luis Felipe Torres, autores que obtuvieron el Premio Roberto Bolaño a la creación literaria joven, en el género cuento.

 

El descubrimiento, de Rodrigo González Dinamarca, Primer Premio.

La abuela me había dicho: “Si los extraterrestres fueran malos, hace rato ya que nos habrían matado a todos, pues, m’hijito”. La abuela tenía bolsas azules de piel colgando de los ojos y sus ojos eran rojos, lo que me impedía confiar en ella. Estaba obligada a darme palabras tranquilizadoras, porque con mi ingenio lo había descubierto todo y sus planes de conquistar el mundo estaban ahora en peligro. Me hice el convencido: “Tiene razón, abuela, los extraterrestres nunca nos harían nada”. La abuela sonrió, y pude ver sus encías húmedas, y después me pasó las uñas por la mejilla, como haciéndome cariño. Las yemas de sus dedos eran frías y chiclosas, como los círculos que hay en los tentáculos de los pulpos. Le sonreí también, solo para disimular, y me alejé de ella corriendo hacia el patio de atrás, más por miedo que por ganas de jugar, pero ella no tenía que darse cuenta.

Yo tenía siete años y a los niños del colegio no les gustaba jugar conmigo. Decían que yo era extraño, que era aburrido y tonto. Pero mi mamá decía que ellos me tenían envidia por ser tan inteligente, y esa era la verdad. La tía Angélica también me prefería por sobre todos ellos, que eran una manada de cerdos embarrados que jugaban a tirarse pelotazos y escupos hasta que uno de ellos quedaba llorando y se acababa el juego porque venía el inspector y los retaba. Yo era superior, a pesar de que no sabía cómo jugar a la pelota y de que tenía que usar lentes para poder ver. Mientras ellos transpiraban y se manchaban con tierra, yo lograba el mejor promedio del curso y una medalla por excelencia académica que hacía que los padres de los demás niños se enojaran porque habían engendrado puros brutos, y por esto era que todos mis compañeros me odiaban, porque eran demasiado zopencos y sus padres se daban cuenta de esto. Pero la tía Angélica me decía siempre que no les hiciera caso, porque eran unos tontos que no iban a lograr nada en la vida, en cambio yo podía llegar a ser un científico especialista en naves espaciales, porque tenía buenas notas y me sabía todas las tablas de multiplicar hasta la del 12. Además la tía de artes plásticas decía que yo dibujaba bien.

Durante primero y segundo estuvo la tía Angélica que me defendía de los demás niños y los retaba si me empezaban a molestar. Pero en tercero había otra tía que se llamaba Mireya y que era una vieja gorda muy maloliente y con los bordes de los ojos tan negros que no se podía ver nada hacia adentro. Y ella no me defendía. Solamente sabía gritar, con una boca hecha de dos trozos de trompa roja, pero nunca gritó cuando lo necesité. Un día el Ignacio con el Brandon me dijeron que sus papás decían que mi mamá era una puta porque le daba besos al papá de la Jennifer. “Hijo de puta” me dijeron mientras se reían los demás. Habían formado un círculo y yo estaba al medio. Después el Ignacio me pegó una patada en las bolas. Mi mamá me decía que tuviera cuidado porque ahí adentro estaban mis hijos y podía pasarles algo si es que me pegaban ahí. Me enfurecí y le di un combo en la nariz y lo dejé llorando. Empezó a salirle mucha sangre hasta que se manchó toda la cara y la ropa. Parecía un payaso. Se fue corriendo a donde el inspector y me acusó. Dejó un caminito de sangre. El Brandon mientras tanto me había pegado un combo. Yo se lo devolví y entonces los demás niños empezaron a pegarme también. Yo pegaba combos para todas partes, sin mirar. Entonces el inspector llegó y nos retó a todos. Yo dije que el Ignacio era un concha de su madre, sin saber exactamente lo que decía. Después dije que la tía Mireya era una vieja guatona que olía a peo, pero el inspector se enojó, me agarró de la cotona y me empezó a zamarrear mientras me decía que era un grosero y que me iba a ir castigado y que mi mamá no me había educado bien, pero eso él no tenía cómo saberlo. Me llevó a la rastra a la inspectoría. Yo me puse a llorar y a gritar que quería que volviera la tía Angélica porque la tía Mireya no me cuidaba. Entonces la vi a ella con su cara cachetona en la ventana de la sala del segundo B. Me miró mientras el inspector me arrastraba.

En la tarde fue la Jennifer a la casa, porque los papás de ella con los míos eran amigos. Mientras los papás conversaban en el comedor, con la Jennifer subimos a mi pieza a jugar Super Nintendo. Jugamos al Donkey Kong, pero ella era mala y perdía a cada rato así que le quité el control y pasé todas las etapas yo solo, hasta llegar al mapa de la nieve que era realmente difícil. De repente, la Jennifer me dijo que le dio pena cuando el Ignacio me pegó y que también le caía mal la tía Mireya. Nos reímos porque descubrimos que la tía Mireya era igual a Donkey Kong. Después la Jennifer me dio un beso en la mejilla y me dijo que me amaba. Pero la Jennifer era fea porque tenía las cejas muy grandes y era dientona. Y como además se había puesto roja de vergüenza, se veía más fea aún. Pero en ese momento supe que podía confiar en ella para contarle todo lo que había descubierto. Apagué el Nintendo después de guardar y abrí el segundo cajón de mi cómoda. Saqué la caja verde donde tenía guardadas todas las pistas que había encontrado. Le expliqué mi teoría a la Jennifer. En el mundo había muchos extraterrestres, pero no eran verdes ni tenían dientes filosos ni cabezas gigantes ni tiraban ácido por la boca, sino que parecían gente normal, como nosotros. Lo había visto en una película en el HBO una noche que mis papás me dejaron quedarme despierto. Por eso, era muy difícil darse cuenta de quiénes eran humanos y quiénes no. Le expliqué que uno se daba cuenta porque la gente se portaba de una manera extraña. Por ejemplo, yo había descubierto que el Nicolás era extraterrestre, porque un día lo vi comiéndose las hojas de su cuaderno escondido detrás del baño.

Destapé la caja verde. En su interior había una lata aplastada que decía “PELIGRO”. Por arriba tenía un hoyo, así que ya había sido usada. Con eso cargaban sus pistolas láser los extraterrestres, porque era un gas químico que servía para hacer electricidad. Tenía también un dibujo que había hecho el Nicolás, que eran unos pájaros gigantes muy raros que debían significar algo en idioma extraterrestre. Además, había una lagartija seca que encontré en el patio de mi casa. La habían matado sin piedad con sus pistolas pulverizadoras. Por último, había un extraño globo transparente sin inflar, que había encontrado dentro de un paquetito plateado en el patio delantero. Era un dispositivo que les permitía respirar en nuestra atmósfera. Seguramente con aspirar de ahí un poco tenían el aire necesario para resistir un tiempo. Por un momento pensé que la Jennifer se iba a poner a llorar, pero no fue así. Estaba tranquila y me dijo que me iba a ayudar a descubrir a los extraterrestres, para detener su plan de conquistar el mundo. Íbamos a hacerlo muy en secreto, porque cualquiera podía ser un extraterrestre. La hice jurarme que no le iba a decir nada a sus papás ni a sus amigas ni a nadie. Me dijo que sí. Justo en ese momento, su papá gritó desde el piso de abajo: “¡Jennifer, nos vamos!”

Cuando le dije a mi mamá lo que había pasado en el colegio, me dijo: “Voy a ir a hablar personalmente con tu profesora”. Eso me tranquilizó. Si mi mamá reclamaba lo suficiente, podía hacer que volviera la tía Angélica. Me acompañó al colegio ese día. En la mañana teníamos artes plásticas. Yo estaba dibujando personas en la ciudad que en verdad eran extraterrestres, y de repente entró el inspector a la sala y me dijo que lo tenía que acompañar. Me llevó hasta una sala que estaba al lado de la inspectoría. Adentro estaba sentada mi mamá, la tía Mireya y había una silla más para mí. Me senté. Los ojos negros de la tía Mireya se abrieron al verme y dejaron ver un interior húmedo y brilloso, como una jalea oscura. Tuve un poco de miedo. El inspector nos dejó a solas para que habláramos. El olor de la tía Mireya invadió todo el lugar. Ella me miró como enojada y me dijo: “A ver jovencito, dígame qué le pasa”. Mi mamá tomó mi mano, lo que me dio un poco de valor. Pero por alguna razón no pude hablar. “Mi hijo dice que sus compañeros le pegaron el otro día y usted no hizo nada”, dijo mi mamá. La gorda fea parpadeó y puso cara de chiste: “Eso es porque yo estaba en la sala cuando todo ocurrió. Después me encargué de retar a los niños que habían estado involucrados en la pelea. Dime, niñito, ¿cómo querías que los retara si estaba dentro de la sala y tú estabas fuera, ah?”. Me dio miedo cómo me miraba, además que se había echado hacia delante en la mesa, como que se me iba a tirar encima. Pero después me enojé y le grité “¡Usted nunca hace nada, usted no es como la tía Angélica! ¡Usted vio por la ventana que me estaban pegando y no hizo nada!”. Mi mamá me pidió que me calmara porque estaba muy alterado y gritando muy fuerte. La tía Mireya sonrió: “Mi amor, no pude hacer nada, si estaba adentro de la sala ¡Yo no puedo atravesar las paredes, tesoro!”. Vi sus dientes cafés, adentro de su sonrisa roja dibujada con mucho lápiz labial grasiento y me enfurecí más: “¡Vieja tonta!”, le grité. La tía Mireya quedó perpleja, al igual que mi mamá. Mi mamá le pidió disculpas, pero ella estaba roja de rabia. Se le marcaban las venas de los cachetes. “Mira, niñito, tú no me puedes hablar así porque soy tu profesora”. Le dije que no quería que fuera más mi profesora porque era gritona y hedionda. “¡Ya basta, cállate!” me dijo mi mamá. “Bueno, lo siento mucho, yo seguiré siendo tu profesora durante todo el año, te guste o no. Y no es mi culpa si tus compañeros te pegan por ser un desadaptado”. Mientras hablaba, varias gotas de saliva fueron a dar a mi cara. Pensé que su saliva podía ser ácido y podía pasar que me derritiera, así que me tapé la cara. “Disculpe, señora, pero no le voy a permitir que se refiera así a mi hijo”, dijo mi mamá un poco enojada. La tía Mireya dijo: “¡Es un desadaptado y un maleducado, que no sabe tratar a sus profesores! Aunque, claro, no me extraña que sea así si ha seguido el ejemplo de una mujer de tan dudosa calidad moral”. No entendí del todo a qué se refería la tía Mireya, pero mi mamá se enojó bastante y le dijo que no era asunto de su incumbencia y que en este colegio todos eran unos cahuineros. Después me tomó de un brazo y me sacó de la sala. Me puse a llorar porque la saliva de la tía Mireya me había empezado a arder un poco y podía ser ácido.

Ese día mi mamá estuvo viendo otros colegios porque quería sacarme de ahí. Tuve la sensación de que ella sabía algo que yo no y quería protegerme. Fue entonces cuando empecé a sospechar que había muchos más extraterrestres que los que creía, y que estaban por todas partes: la tía Mireya, mis compañeros, el inspector, la tía de Educación Física que tenía pelos en las axilas. Todos habían tenido comportamientos muy extraños, y por eso mi mamá quería sacarme de ese colegio. Me puse a dibujar un plano para construir un subterráneo en el que nos ocultáramos mi mamá, mi papá y yo en caso de que los extraterrestres atacaran el mundo. Estaba en eso cuando llegó mi abuela a la casa. Salí al pasillo para escuchar lo que hablaba con mi mamá. Mi mamá se puso a llorar cuando ella llegó. Estaban abrazadas, y mi abuela le hacía cariño en la espalda. “Tienes que decirle la verdad, es lo mejor” le decía a mi mamá mientras la consolaba. Me dio un mareo extraño, como el que me dio una vez que me subí a una montaña rusa en el Happyland y que casi me hizo vomitar las papas fritas con ketchup que me había comido. Me iban a decir la verdad. Al fin sabría qué tramaban los extraterrestres, quiénes eran y qué debíamos hacer. Mi mamá, o mejor dicho, el extraterrestre, lloraba y hacía sonidos extraños como los de un chancho.

En la tarde fui a jugar a la casa de la Jennifer. Su hermano tiene un PlayStation con todos los juegos de Supernintendo en un disco, el Dino Crisis y el Megaman X 4. Le conté a la Jennifer lo que había escuchado de la conversación entre mi mamá y mi abuela. Tenía mucho miedo de que ellas dos fueran extraterrestres y que fueran a hacerme algo, porque estaban muy extrañas ese día. Quizás querían decirme la verdad para luego matarme y salirse con la suya. Por eso le conté todo a la Jennifer. Ella me dijo que era más seguro que yo le dijera todo a mi papá en la noche, y que nos fuéramos antes de que mi mamá se diera cuenta. Me dijo que tenía que hacer que no sabía nada, para que así no se sintieran en peligro. En la noche llegó la mamá de la Jennifer. Se veía extraña también, como si hubiera llorado. Cuando la Jennifer le preguntó por el papá, ella le dijo que no iba a llegar ese día, y quizás en muchos días más y después se puso a llorar y abrazó a la Jennifer. Pensé que le iba a absorber el cerebelo en cualquier momento, o que la iba a derretir con su saliva ácida. Pensé también que había matado al papá de la Jennifer. Tuve miedo. Después ella ofreció llevarme a mi casa, y, recordando el consejo de Jennifer, fingí no tenerle miedo ni saber nada.

Me subí al auto y en todo el viaje pensaba en que al llegar mi mamá me iba a decir la verdad. Estaba nervioso, el corazón me latía muy fuerte y muy rápido. La mamá de la Jennifer lloraba un poco y me decía cosas extrañas como que no se podía confiar en los hombres porque eran todos mentirosos. Yo pensaba lo mismo, pero también de las mujeres. Me dijo también que si yo tenía una novia tenía que respetarla y no mentirle nunca, porque eso era muy feo y se llamaba infidelidad. Yo sentía que en ese momento todos los que conocía eran infieles, porque me habían engañado por mucho tiempo y creían que yo no había descubierto sus planes terribles y que no había visto cómo dejaron a la pobre lagartija reseca y que no sabía nada de los extraños globos que usaban para poder respirar en la tierra. Al llegar a mi casa, la mamá de la Jennifer me dijo que mi mamá hacía cosas malas, y que tenía que ayudarla a ser una mejor persona, porque había sido egoísta. Yo le dije que bueno y me baje del auto.

Entré por la puerta de la cocina y desde ahí pude escuchar cómo se gritaban en el living. Mi mamá tenía la voz tiritona y le pedía disculpas a mi papá, porque se había dejado llevar, pero que nunca quiso hacerle daño a mi papá. Mi papá le gritaba que era una mentirosa y que quería que se fuera de la casa. Por un momento, temí que mi mamá, al haber sido descubierta, le disparara a mi papá con su pistola pulverizadora y lo dejara seco como la lagartija. Pero entonces todo cambió, porque mi papa dijo: “¡Qué quieres que haga con los cuernos gigantes que tengo ahora en la cabeza! ¡Contéstame!”. Entonces entendí todo. Él era un extraterrestre también, no cabía duda. Mi mamá lo había transformado en uno. Me asusté tanto que me faltó el aire cuando intenté gritar. Después vi todo negro, como si me hubiera pasado Game Over. Cuando abrí los ojos, estaba en una camilla blanca, con unas máquinas extrañas y metálicas al lado mío. Entonces llegó un científico extraterrestre y me dijo: “¿Cómo estamos, campeón?”, y me tocó el hombro. A mi lado estaba lleno de máquinas raras y tubos transparentes, y había unas luces blancas en el techo que no me dejaban ver bien lo que pasaba a mi alrededor. El científico empezó a anotar cosas en una libreta, y de repente tocaron la puerta y entró una enfermera extraterrestre para decirme que mi mamá y mi papá ya habían llegado para llevarme con ellos.

 

Rodrigo González Dinamarca (1989) nació en Viña del Mar, Chile. Estudió Licenciatura en Letras Hispánicas en la PUC y luego se tituló como profesor de enseñanza media. Se ha dedicado a la narrativa y también al cómic, destacándose en esta última categoría “Pipeto“. Recibió el Premio Literario Roberto Bolaño 2012 en la categoría cuento.

 

La ladrona internacional de billeteras, de Luis Felipe Torres, Mención Honrosa.

1

Éramos el uno para el otro; él robó mi corazón y yo robé su billetera. Jamás supo que mi nombre era Laura de Luca, se contentaba con llamarme mujer de ojos grises; jamás olvidaré la calidez de su aliento en mi cuello, y guardaré en lo más profundo de mi memoria cada gota de sudor que derramó sobre mis hombros. Nunca imaginé que sería la primera y última chilena en recorrer el largo sendero que separa al Teatro Novedades de Santiago del Royal Albert Hall de Londres, no obstante lo insospechado sucedió. Aunque no fue fácil. El avión me escupió en los arrabales de la ciudad cuando el primer aguacero del tercer milenio caía sobre ella. Hice caso omiso de la tormenta, en mi cerebro reverberaba la capacidad creativa. El agua finalmente empapó mi calzado, fisiológicamente estaba al límite. Tiritaba. En medio del viento, la lluvia y el paraguas distinguí el neón de un local de comida rápida.

Era un Kentucky Fried Chicken, estaba salvada.

La tormenta amainó un par de horas después, entonces retomé la búsqueda del distribuidor autorizado de entradas para un concierto de Paul McCartney. Vagué por las calles y los parques de la ciudad, la misma que Borges comparara, y con toda razón, con un laberinto quebrado. Finalmente vi la calcomanía de Ticketmaster adherida a la puerta de una agencia de turismo

Entré.

La dependiente del local, una mujer jovial pero de blanca cabellera, en principio se mostró reticente a venderme una entrada. Las ubicaciones disponibles carecían de buena visibilidad, afirmaba, y en vista de su elevado costo era más conveniente comprar el DVD. El orgullo latía dentro mi pecho, aquella marchita mujer no merecía conocer mi historia: nada dije acerca de mis habilidades musicales, tampoco le dije que me preparaba para una audición, ¿por qué decirle que pretendía ser parte de la nueva banda del ex-Beatle?

Poco tenía que perder, me presenté a la audición sin otra arma que mi talento.

La sala de ensayo estaba enquistada en un discreto estudio, frente a Picadilly Circus. Los presentes eran el encargado de casting, un hombre gordo y calvo apodado el Hueso; el director musical, un joven de piel curtida por los rayos UV del solarium y de físico amasado por los anabólicos, a quien llamaban J. Leland; a un costado de ellos se encontraba Sir Paul McCartney.

Me vi en la necesidad de demostrar mi valía sin acercarme a los instrumentos, el Hueso y J. Leland me bombardearon a preguntas: ¿qué me parecía Londres?, ¿cuando pensaba regresar a mi país de origen?, ¿sabía mi familia en qué lugares andaba metida?, ¿por qué no tenía agente?

Y finalmente:

—¿Qué harás una vez que seas famosa?

Expresé mi deseo de dar rienda suelta a los perniciosos apetitos de la carne. Les dije:

—Me voy a tirar a cada fanático que se me cruce por delante.

El Hueso y J. Leland rieron; Paul McCartney, por su parte, negó con la cabeza.

––La palabra técnica es audiencia ––dijo––, métetelo bien ahí adentro, en tu cerebro. Olvídate del gran público, los fanáticos, los críticos y todo tipo de estupideces. Y con ellos puedes hacer lo que se te venga en gana. Eso como consejo, ahora a lo nuestro. Enséñame qué puedes hacer; quiero saber cuánto vales.

El piano y mis dedos estaban fríos.

Los primeros acordes que vinieron a mi cabeza fueron los del paso quinto de la melodía siniestra de Dmitri Shostakovich, avancé en la historia hasta el Waltz nº 5 y di el cambio de escala.

El ex-Beatle se sentó a mi lado.

––La melodía está bien ––dijo con un gesto de aprobación––. ¿Intentamos algo más moderno?

De inmediato comprendí sus palabras: «toca algo mío».

Llené mis pulmones de aire y di comienzo a la secuencia que había preparado: Hey Jude, Let it be y Nineteen Hundred Eighty-five. Cuando estaba por finalizar la selección busqué en su mirada algún indicio, si no de satisfacción, por lo menos de aprobación.

De sorpresa me encontré con sus palabras:

––Lo haces perfecto, por favor continúa ––dijo, enseguida se sacó la chaqueta, cogió su guitarra Zenith para zurdos y comenzó a rasguearla. Era un genio, sabía tocar y cantar sin brillar, sin dejar de ser un mero acompañamiento a mi balada.

La canción acabó, el Hueso y J. Leland se deshicieron en aplausos; ¿cuál era mi nombre?

––Laura de Luca ––dije––. Nacida y criada en Chile.

Paul McCartney estudiaba las partituras, estoy segura de que no me escuchó.

––¿Sabes cantar? ––preguntó sin alzar la vista.

––Es mi especialidad ––dije––. Rock, balada y clásico.

Los nervios se habían ido. Era mi hora.

No esperé a que me ofreciera su guitarra, la cogí e interpreté Matchbox y All My Loving de manera comedida y delicada. Entrelacé mi voz y los acordes en un susurro, e improvisé unos versos:

In the orange bed asleep
Lying in the clothes
Toughts are gone
And eyes are shot.

Algo no gustó: el Hueso le susurró algo a McCartney, quien asintió con la cabeza, como si aprobara el comentario y luego sonrió con sarcasmo.

El Hueso acercó sus cien kilos de peso hacía mí.

––Este equipo no necesita marinos de agua dulce ––dijo––. Aunque te cueste creerlo los niños prodigios nos rodean, vienen como moscas a la mierda. El talento es importante, pero también lo es la rabia, el rencor, el despecho y el resentimiento. Nada de eso hay en tu música.

Las lágrimas acudieron a mis ojos, inocentemente pensé que McCartney suavizaría aquellas palabras, pero en vano esperé a que el músico increpara a sus subordinados. Me sentí ofendida, era la mejor concertista del mundo y todos en aquella sala lo sabían. ¿Por qué entonces el veneno de sus palabras? Dejé la guitarra a un lado, caminé hasta mi bolso, extraje los jeans azules y me los coloqué. Ya más cómoda, sujeté la Zenith como si fuera un cuchillo y me propuse asestarle al trío de imbéciles unas cuantas puñaladas.

––Entonces voy de nuevo ––dije.

––Está con las cuerdas cambiadas ––oí decir.

Me encogí de hombros y comencé.

Improvisé una escala hasta encontrar el sonido que buscaba, aguanté sus miradas y les arrojé en plena cara el mejor cover que hubieran escuchado de Beat it de Michael Jackson. Vía el mejor legato de la historia proferí a gritos la visceral Dig it.

Interpuse una sonrisa entre ellos y mi odio.

––Eso lo mejor que tengo ––dije desembarazada del peso de la guitarra y de sus miradas.

––Excúsenme un momento ––agregué.

Me levanté en dirección al baño, exhibiendo con orgullo la parte trasera de mis jeans y mis nalgas apretadas. De esta agua no habrán de beber, parecía decirles.

El trío masculino me miraba anonado.

––¿Cuántos años tienes? ––preguntó J. Leland.

Le dije la verdad: dieciocho.

––Es hora de probar tu juicio auditivo ––dijo Paul McCartney.

Su rostro era un enigma. Finalizadas sus palabras se sentó frente a los tambores, sujetó las baquetas, apaleó la batería como si fuera una ballena y me preguntó qué opinaba.

—Artísticamente es mera carencia —sentencié, y razón no me faltaba.

Paul McCartney les pidió que nos dejaran solos, a lo que accedieron. En mi vida he temido muchas cosas, pero nada temo más que la llegada del día en que no recuerde sus palabras: necesito una mujer que se enfrente a la audiencia con ovarios, pero que a mí me enfrente con pelotas.

Yo permanecía muda.

––Felicitaciones ––dijo amistosamente y me estrechó la mano––. Desde ahora somos socios.

La idea era realizar juntos solamente un par de conciertos, en honor al difunto George Harrison. Estarían presentes Phil Collins, Billy Preston, Eric Clapton y Ringo Star. Las tablas del Royal Albert Hall de Londres no me atormentaban, caso contrario ocurría con la audiencia y la repercusión mediática que tendría el evento.

Pronto vendrían la fama, las luces y las cenas con las estrellas.

Durante las semanas que siguieron perdí algunos kilos, mi menstruación se interrumpió y un par de veces, al regresar de un ensayo, me senté a llorar en alguna banca.

El día del concierto llegué temprano. En el zaguán el Hueso fumaba un cigarrillo. Me saludó amistosamente y lo acompañé durante unos instantes. Por alguna causa me habló de su primer trabajo como encargado de casting.

––Consistía en reclutar una chica Bond ––dijo––, una antigua ex-novia era la mujer perfecta. Pero algo sucedió: cuando rompimos la perseguí durante tanto tiempo que al verme todos sus miedos se hicieron realidad. Se negó a entablar conversación. Apenas pude gritarle que la escena de amor no requería desnudos.

¿Es una confidencia o un consejo?, pregunté.

––Ambas ––respondió.

En la habitación Billy Preston exploraba los matices de común indistinguibles de su teclado. Apenas vio a Paul McCartney lo saludó con los acordes que le dieran fama: Get Back. Era un reconocimiento y una ironía.

––¡Dios me lleve! ––dijo el ex-Beatle y se echó a reír.

Y de pronto me vi tras bambalinas, a diez minutos de salir al escenario.

––Recuerda ––me dijo McCartney––. No le pidas a la audiencia que te abrace, oblígalos a que abran sus brazos. Por cierto, buen perfume y lindo vestido.

Me sonrojé.

El vestido era extremadamente corto, color negro intenso y en su etiqueta se leían las palabras Ermenegildo Zegna. El valor rondaba las mil libras y me pertenecía. Lo que vino permanece borroso en mis recuerdos: la cortina musical. Aplausos. Se da inicio al espectáculo. En algún momento dejo caer mis párpados y reviso las partituras con los ojos de la imaginación. Un par de lágrimas recorren mi rostro, buscan refugio en las profundidades de mis pechos. Escala musical. La audiencia enardecida. Aplausos. Intento no prestar atención y conservar mi (poca) humildad.

2

—El boludo sólo quiere clavarte un pijazo.

Martín Lazzo, mi compañero de habitación en una residencial perdida en Dollis Hills, se escandalizó al saber que Paul McCartney quería verme. Era un argentino enjuto y desarrapado, en aquel tiempo yo lo consideraba extremadamente mayor, aunque debe haber rondado los treinta años.

Le pregunté por qué.

—La explicación es simple —dijo—. ¡El che tiene poronga!

La experiencia demostró que sus temores eran infundados. Llegué hasta el bar 360º del Hotel Hyatt, los guardaespaldas de la entrada eran un indicador de que Paul McCartney había llegado. Nos saludamos, ordenamos algo liviano y luego pedimos unos tragos.

—Te vienes de gira conmigo —dijo cuando yo ya temía que aquella cena era nuestra despedida.

Lo que tenga que ser, que sea, pensé.

Le dije:

—De acuerdo, pero con una condición.

—Habla.

—Que me entregues tu billetera en este preciso momento.

Hasta hoy ignoró por qué lo dije. Despecho, quizás. Supongo que el hecho de que estuviera perdidamente enamorada de él tuvo algo que ver. El desafío de domar lo indomable me atraía. Lo cierto es que esperaba a que me sujetara de los cabellos y me arrojara al vacío. O que soltara una humillante carcajada y me diera un rotundo «no» por respuesta.

Extrañamente Paul McCartney sonrió admirado, lucía satisfecho, quizás sabía mejor que yo de qué trataba todo aquello.

—Toma —dijo y puso sobre la mesa su billetera de género.

Extraje el dinero y le devolví sus documentos; ahora sabía quién mandaba.

—Entonces tenemos un trato —le dije y enseguida conté cuántas libras esterlinas tenía en mi mano: no eran más de diez.

El orgullo de los descorazonados me impidió aceptar una cantidad adicional de honorarios. La gira duró más de un año. Paul y yo aún somos amigos.

 

Luis Felipe Torres es licenciado en historia de la Universidad Católica de Chile, y ganador del premio especial del jurado en el Certamen Literario Roberto Bolaño, en categoría novela, en sus versiones 2010, 2011 y 2012. Su relato La travesía resultó finalista del IV Concurso Literario S.O.S 2012 de La Cesta de Palabras y fue editado en una antología de narrativa hispanoamericana. Vive junto a su esposa en Shanghái, R. P. de China.

 

Nota: Enrique Núñez también obtuvo mención honrosa en la categoría cuento, pero se excusó de publicar su relato por compromisos previos.

 

Foto: cultura.gob.cl

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