Revista Intemperie

El mundo de la literatura es machista. Una entrevista a Flor Monfort

Por: Macarena Figueroa
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En nuestra serie de nuevos escritores argentinos, Macarena Figueroa conversa con Flor Monfort acerca de la soledad de la literatura, el machismo, la sexualidad, el aborto y los colectivos literarios (que en Buenos Aires son legión)

 

Flor Monfort nació en Buenos Aires en 1976. Se formó en la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y ejerce el oficio de periodista desde 1998. Cuentos suyos han sido incluidos en tres antologías y ahora prepara su primer volumen de relatos. Desde 2010 forma parte del colectivo Máquina de lavar, un grupo de seis mujeres que escriben poesía y la dan a conocer en lecturas y eventos culturales. Actualmente es editora del suplemento Las 12 del diario Página 12 y organizadora del Festité, evento cultural de música y literatura con cuatro años consecutivos de trayectoria, que pretende abarcar lo nuevo de la escena literaria y musical. Además, forma parte del colectivo Perro Hermoso.

Tus cuentos son narrados por mujeres; mujeres enamoradas, mujeres desencantadas, mujeres que desean profundamente a algún hombre o que se hastiaron de la vida a causa de ellos. Siempre, de cierta forma, se dejan ver los resabios del amor. ¿Hay detrás de eso un afán de ironía o, por el contrario, crees que reflejas el mundo femenino sin tapujos?

No intento reflejar ningún mundo que no sea el mío propio, las cosas que me importan. Soy mujer y naturalmente me planto a narrar en femenino pero no creo que eso sea reflejo de nada ni intento formar parte de ningún canon de escritoras ni estilos de voces femeninas. Está lleno de mujeres que escriben con otros intereses y no están atravesadas por cosas que a mí me interesan y de hombres que podrían catalogarse de “femeninos”. Y sobre el amor ¿hay alguien que no escriba sobre el amor?

Los mundos que creas se anclan en lo cotidiano; tus atmósferas son de tedio dominical, de siestas, de rutinas infructuosas. Tus personajes son devotos del día a día. Pero en medio de esa atmósfera sin aspavientos se vislumbran hechos desconcertantes, perversos, como las gotas de lavandina que vierte una madre en la comida de sus hijos en el cuento inédito «Ratas». ¿Cuál es tu vínculo con la perversión? ¿Qué relación ves entre lo ominoso y lo cotidiano?

Me interesa que la gente duerme tranquila pensando que es buena, que no es capaz de hacer daño. Ese relato intenta dar cuenta de un extremo de esa creencia, la historia de una mujer aparentemente “normal” que de repente cree que su salvación está al lado de un hombre, y ese hombre no se banca a sus hijos, entonces ella los envenena. No sin culpa, no sin confusión, pero con cierta naturalidad, como todas las personas hacen las cosas más siniestras, justificando sus propios horrores personales. Es muy fácil decir “yo no mataría” si no somos puestos a prueba pero realmente creo que todos somos capaces de provocar mucho dolor y que eso es insoportable como idea para transitar en el mundo. Las mujeres que matan a sus hijos, que hay muchas, son tal vez las que más ponen en jaque las ideas sobre el amor, sobre el instinto maternal y todo aquello de la incondicionalidad que, personalmente, creo que no existe.

A raíz del mismo cuento, ¿qué piensas de la maternidad? ¿Crees que las mujeres todavía estamos bajo una suerte de obligación social tácita que nos dice que tenemos que ser madres? ¿Qué piensas del aborto?

No creo que las mujeres tengamos que ser madres, pienso que se trata de deseo y nada más, y creo que incluso ese deseo es una construcción. Recién ahora yo, que tengo 36 años, puedo decir que lo tengo, y también es contradictorio. Pero sí es verdad que hay muchas mujeres, y también hombres, atrapados en ese deber ser sobre el tener hijos que me parece bastante perturbador. El aborto es un tema muy complejo porque compromete la vida, la muerte, el sexo y el amor pero la maternidad también está atravesada por esos temas. Pienso que estamos muy lejos de legalizar el aborto en Argentina, que es un debate que no está extendido ni permitido y que siempre se necesita la mediación de ciertos casos para poder hablarlo expresamente, como los de las mujeres violadas. Es muy difícil hablar del aborto como mera cuestión de deseo y voluntad.

Catalogaría tu obra de desaprensiva, tanto en la forma como en los contenidos. No hay un afán preciosita ni tampoco esa desesperación por pertenecer a tal o cual corriente estilística de moda. Hay más bien una esencia despeinada. ¿Desde dónde creas? ¿Escribes con más pasión o con más rigor? 

No soy muy apasionada de escribir, escribo porque me sale, porque soy muy solitaria y me gusta eso de llevar un registro, me gustan las palabras, me gusta leer pero no tengo pasión en la tarea de escribir propiamente dicha, soy más bien una entregada a la escritura, es mi destino fatal. Creo que escribir es muy difícil y no puedo decir que solo disfruto escribiendo, también lo detesto y quiero dejar pero siempre vuelvo. Tal vez algo de eso se traduce en lo que escribo.

El sexo es un tema que atraviesa tu literatura. No hay sublimación en ello, sino que más bien una sinceridad para expresar cuando no se logra el goce, cuando hay desavenencia. ¿Crees que en la literatura de tu generación se aborda el sexo desde la realidad o hay todavía una mirada timorata y cliché?

Creo que se aborda el sexo con la complejidad que tiene, desde todos sus bordes. Acabo de leer la novela de Margarita García Robayo y ella aborda el sexo y la escena sexual en primera persona sin caer en ningún cliché. Marina Mariasch es una escritora que agarra al lector de todos los costados que puede para hablarle de sexo, siempre centrifugando sexo, política y religión. En febrero, Planeta publica una antología de cuentos eróticos escritos por mujeres de la que formo parte compilada por Julieta Bliffeld y no creo que haya en su mirada ni en las autoras, entre las que están Violeta Gorodischer, Lola Arias y Gabriela Bejerman, entre otras, nada de timorato.

En el cuento «Mentiras de dos», publicado recientemente en la antología Panorama interzona, una niña se enfrenta por primera vez a la sexualidad, al abuso y a esa mezcla de ira, contradicción e irresolución que acompaña al paso de la niñez a la adolescencia. ¿Crees que la infancia es importante en la formación de un escritor? ¿Cómo fue la tuya?

Sí, totalmente. Yo tengo impresiones sobre la gente muy parecidas a las que tenía a los 10 años, en que observaba el mundo adulto a través de los trabajos de mis padres, que siempre me arrastraron con ellos a sus mundos laborales. Ellos también incentivaron esa manera de mirar a los grandes, esa especie de paridad que establecieron conmigo desde que soy muy chica a la hora de contarme y comentarme sobre los otros. La sexualidad está en mi cabeza y en todas esas observaciones desde que soy muy chica; no me relaciono con nadie, aunque sea mínimamente, sin pensar en cuánto de abuso y perversión hubo en sus vidas. Esas pequeñas violencias y negligencias de las que todos estamos hechos y que ocurren, precisamente, en la infancia.

No hay en tus relatos aspectos que nos den cuenta de una realidad política (pese a que se diga que «toda escritura es política»). ¿Crees que un escritor se puede mantener al margen de ello y volcarse, por así decirlo, a una ficción alejada del contexto social? Cuál es en este sentido la diferencia entre la Flor editora de página 12 y la Flor cuentista.

Es verdad, y yo no reniego de mi origen de clase acomodada. Crecí en colegios privados y no podría dar cuenta de otros universos ni me interesa. En mi trabajo en el diario hay una coyuntura que acompaña de una manera más cruda y a veces eso me sirve para decir cosas que en la pura ficción no me sale. Los poemas de Máquina en ese sentido son más políticos, en el sentido que lo mencionás, van más al nervio. Pero creo que toda escritura es política y a mí no me hace falta marcar el pulso de los acontecimientos como sí me interesan los climas, las atmósferas opresivas y ese sistema de creencias del que te hablaba que nos sostiene y a la vez nos devora.

Cuéntanos de tu proyecto Máquina de Lavar.

Máquina de lavar es un colectivo de literatura integrado por seis mujeres: Marina Gersberg, Josefina Bianchi, Marina Mariasch, Noe Vera, Majo Moirón y yo. Trabajamos juntas desde hace tres años escribiendo, pensando el arte y la literatura, traduciendo, transformando el lenguaje en pensamiento y sensaciones y al revés. Cada una tiene su proyecto individual, pero cuando se prende la Máquina de Lavar funcionamos con sinergia, lealtad y compromiso. Respetamos el espíritu de cuerpo que tienen los poemas pero también la singularidad de cada una que está presente en cada texto y que nosotras reconocemos. Nos interesa la honestidad, la verdad de la literatura, y escribimos con consciencia de clase, de ser una voz en el borde. Nos interesan las zonas rasposas, las cuerdas flojas, el límite fino entre la opresión y la resistencia que es el radio en el que nos movemos. La poesía es una aventura grupal para mí. Con Máquina de Lavar nos terminamos de constituir este año y es increíble la capacidad que tenemos de potenciarnos. No sé si podría hacerlo sola, somos puro movimiento y eso me parece lo más interesante del grupo. Nos juntamos horas a pensar temas y después hablamos sobre ellos, alguna escribe mientras tanto y así se van armando los poemas, después los editamos, es un trabajo largo pero a la vez muy eficaz. Somos máquinas de hacer de las cosas que nos interesan manifiestos colectivos.

El editor chileno Marco Antonio Coloma publicó recientemente una columna en un diario electrónico nacional en la que hace mención a la poca cabida (en realidad nula) que tuvo este año la literatura chilena escrita por mujeres tanto en los rankings como en las selecciones críticas. ¿Crees que hoy en día es absurdo hablar de machismo en la literatura o crees que efectivamente existe?

Existe porque está en el aire, en todas las relaciones sociales, porque hablamos de la legalización del aborto y ese es un tema de salud pública sin embargo las muertas son las mujeres pobres. La literatura es un reflejo de todo aquello: hace poco se hizo en Buenos Aires una antología crítica de poesía de los ’90 y había una sola mujer, lo cual es lo mismo que marcaba Coloma de lo que pasa en Chile. El mundo de la literatura es machista, no es novedad, pero las mujeres estamos marcando la cancha y eso va a ser muy difícil de invisibilizar con el tiempo.

 

Foto: Valerie Phillips

Más información en Máquina de lavar, Festi Té, y Perro hermoso.

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