Revista Intemperie

No es Britney bitch. Es el pop de David Foster Wallace

Por: Paulina Flores
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Desde hace varios años que la obra y figura de David Foster Walllace provoca controversia en el ambiente literario. Si bien, para algunos se ha convertido en voz incuestionable y punta de lanza de toda una generación –Jonathan Franzen, Richard Powers, William T. Vollman, A. M. Homes–, existe también una gran mayoría de lectores y críticos que solo se limitan a mirarlo de reojo y con suspicacia, evidenciando un rechazo avivado tanto por la idealización que ha suscitado su figura, como por su herencia posmoderna.

David Foster Wallace (1962). Sus primeros libros llamaron la atención por su evidente y rigurosa reinvención escritural, reflejada en una arriesgada prosa que provoca un extrañamiento inmediato. La broma infinita, ambiciosa novela que superar las mil páginas, lo catapultaría como escritor de culto (aún cuando contradictoriamente la novela tuvo gran difusión), y le entregaría definitivamente un sitio trono o banca en la historia de la literatura norteamericana. Tras diez años, y casi siguiendo la tradición de escritores que triunfan jóvenes, se suicida en california –depresión, Fenelzina, soga, mito– causando estupor tanto a sus detractores como para sus fervientes devotos.

La crítica común a Foster Wallace, y que roza con la farándula literaria, la desató oficialmente Breat Easton Ellis al opinar sobre la última biografía de Foster Wallace en Twitter: “Leyendo la biografía de D.T. MAX. Continuo encontrando a DFW el más tedioso, sobrevalorado, torturador, pretencioso escritor de mi generación”. Dejado de lado la enemistad previa entre los escritores –DFW trató a los personajes de Easten Ellis de “estúpidos, insípidos, emocionalmente retardados y fáciles”–,  lo que los tweets evidencian es aquel conocido y desagradable fanatismo que se produce cada vez que un escritor se suicida, y que eleva a mito o reviste de una ridícula solemnidad a los finados.

Las críticas más duras se originan como secuela de los ya conocidos juicios contra la literatura postmoderna. Y es que las historias de Foster Wallace rebosan de cultura pop: programas de televisión, presentadores, actrices, celebridades, tecnología, marcas, objetos, industria de consumo, publicidad. Es por la incorporación de lo pop por lo que ha recibido más críticas, provocando incluso que Alberto Manguel, haya llamado a no leerlo,  ya que en su opinión, al incorporar y realzar estos iconos DFW estaría considerando un valor lo que antes era objeto de la crítica: brevedad, superficialidad, rapidez y simpleza. Se trata de la misma crítica a las primeras manifestaciones artísticas posmodernas de los setenta –con el Pop Art como caballito de batalla–, que terminó por hacerlas caer en el descrédito. Su idea originaria de romper con las barreras del arte e incorporar la moda, la industria, el diseño y el entretenimiento, era buena, pero terminó quedándose sólo en una simpatía imaginativa nihilista, exponiéndose más afirmativo del sistema que crítico.

El contragolpe proviene de lectores que, sin dejarse llevar por la idealización biográfica, reconocen en el norteamericano un nuevo enfoque. Foster Wallace no solo exhibe la cultura pop en sus historias, sino que también la adopta en su prosa, en su sintaxis, en sus estructuras narrativas. Leer a Foster Wallace es trastornar los sentidos; es ser torturados por milimétricos detalles, reiteraciones y disecciones; es pasear por un eterno pasillo de un supermercado y ser asaltado por luces, ofertas y ruidos; es navegar por internet y ser bombardeado por información y publicidad. Parte del vértigo proviene de la atormentada mente del escritor, de sus oscuras asociaciones mentales. Pero más allá de lo personal, su prosa tiene como función primera ser mímesis y sátira de nuestra era postindustrial. Es cierto, Foster Wallace usa y abusa de objetos de consumo inútiles y desechables, pero no para enaltecerlos o hacer apologías de ellos, sino que para evidenciar cómo la cotidianidad está –violentamente- mediatizada por la publicidad, el mercado y los medios de comunicación. Foster Wallace no integra el pop como fetiche o como una simple lista de marcas de consumo, lo hace para dar cuenta de la realidad social estadounidense –y global– en toda su complejidad, desmantelando el estado de bienestar neoliberal. Como señaló en una entrevista: “Los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas…”.

Sin embargo, y aquí es cuando se aleja de los postmodernos, Foster Wallace no se conforma con el realismo cínico y amoral que leemos en muchos de los escritores contemporáneos, en el que se ensalza la negatividad por medio de un compendio hipócrita y facilista de problemas sociales, que reduce toda crítica a comendatarios mordaces e indiferentes sobre el mal estado del mundo. Tampoco da crédito al experimentalismo escritural per se, sabe que romper las reglas por romperlas no tiene más sentido que el de alardear. Foster Wallace incorpora lo pop y el juego formal en un nuevo contexto para mostrar, por un lado, el disgusto occidental, y por otro, el hecho de que aún conservamos nuestra humanidad: “Mira hombre, probablemente la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que éstos son tiempos oscuros y estúpidos, pero ¿necesitamos ficción que no hace más que dramatizar cómo todo es oscuro y estúpido? En tiempos oscuros, la definición del buen arte es la que localiza y aplica CPR a los elementos de lo que es humano y mágico que aún viven y brillan a pesar de la oscuridad de los tiempos. La ficción realmente buena puede tener una visión de mundo tan oscura como lo desee, pero podría encontrar una manera de representar este mundo para iluminar las posibilidades de estar vivo y de vivir ellas como un humano.”. Estas palabras, que nos recuerdan más a los humanistas de principios de siglo XX,  revelan a un escritor que no se conforma con sentarse frente a su computador a enumerar displicentemente el materialismo, la superficialidad, el sadomasoquismo y el vacio del mundo actual, sino que redefine la literatura de base moral, que a pesar de las risitas escépticas, explora lo humano. Foster Wallace marca una brutal y conmovedora diferencia en la literatura contemporánea, aunque, lamentable y de nuevo paradójicamente, no podamos leer más textos suyos.

 

Foto: La Tercera

 

Artículo publicado originalmente el 23/01/2013

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