Revista Intemperie

Los negocios de Millán

Por: Luis López-Aliaga
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Luis López-Aliaga se instruyó con la recopilación de entrevistas a Gonzalo Millán , y habla a favor de lo breve, lo secreto y lo nocturno, además de otras pastas cojonudas para el debate.

 

Habla Millán, mueve los labios delgados bajo los bigotes charros. Su voz, algo intimidante, se escucha nítida, carrasposa, como de ultratumba. Efecto provocado, seguramente, por el cigarro. Ahora está diciendo: “Ven, yo sabía, estaban esperando que me muera para armar todo esto”.

Millán desconfiaba de la figura del escritor, su mitología banal y mercantil, y La poesía no es personal (Alquimia Ediciones, 2012) tiene algo o mucho de glorificación, de homenaje. Pero la paradoja es parte también de este juego de máscaras, de ocultamiento y camuflaje. Por eso no hay que creer mucho en lo que dicen los poetas de sí mismos, de sus obras. Menos si te piden plata prestada.

Lo que hay aquí son marcas dejadas en un cemento aún fresco, rayitas, imprecaciones (“los poetas somos unos leprosos”), señales escritas con una rama, para el futuro. Pensamiento-lego montado por Guido Arroyo con piezas de distintas entrevistas, publicadas en diversos medios, ente 1984 y 2007.

Pensamiento de chispazos, a lo Nietzsche, a lo Cioran. Pensamiento poético, alejado del intelectual decimonónico, de la retórica y la rimbombancia. Millán arranca de los grandes discursos, de las obras monumentales, los sistemas infranqueables. Los ladrillos. El cortocircuito de lo breve, lo contenido, lo sintético, como antídoto contra la cháchara viral.

La falta de constancia como valor. El padre le recrimina a un Millán adolescente haber dejado a medias un curso de dibujo por correspondencia. No sabe que el hijo está buscando un camino, transitándolo ya, la poesía será para él como hacer dibujos, monitos en la parte trasera del cuaderno de filosofía. Más tarde defenderá la poesía visual, rastreará su huella por Oriente, querrá ser poeta- calígrafo, o el dibujante que coloreaba y escribía los códices aztecas.

Quizás buscaba saldar la deuda con su padre. Aunque los padres nunca entienden, creen en cosas como la constancia y la coherencia.

Millán, en cambio,  asume: “Uno es una masa amorfa de seres que están en constantes luchas intestinas…” Y de ahí sólo salen chispas, pequeñas explosiones que se justifican a sí mismas, que buscan la complicidad de la noche, el silencio, porque ahí se aprecia mejor su fuerza y belleza. Su potencial de incendio.

Pero Millán no habla solo, Millán es apenas una parte de este libro. La otra parte somos nosotros, los lectores, que podemos discutirle, reclamarle incluso, porque no estamos de acuerdo en la superioridad de lo visual por sobre lo musical, por ejemplo. Este es entonces un libro para conversar y discrepar. Ejercicio de por sí útil en un país donde el debate ha sido reemplazado por el cahuín, como señala Millán en estas páginas.

Aquí se discute sobre  la tradición poética en Chile, sobre su historia política, sobre el barrio como una necesidad identitaria, pasando por “el pichulero de Borges”, la corrupción del lenguaje, las artes visuales, el exilio y otras muchas hierbas.

Y también habría que discutir el título. No deja de sonarme a sentencia mafiosa: It’s nothing personal. It’s just business. Entonces puede que tenga que ver con aquel descubrimiento terrible que experimenta Millán en su adolescencia: “darse cuenta que tus pares te van a destruir si te ven débil”. Un descubrimiento propio de Michael Corleone, de la obra que levantó la familia Corleone a partir de ese descubrimiento.

Millán lo plantea así en La ciudad:

Disimular la ira.
Disimular el disgusto.
Disimular la pobreza.
Disimular el hambre.
Disimular la lengua.
Obrar con mucho disimulo.

En palabras de Marlon Brando: “Nunca digas lo que realmente piensas delante de gente que no conoces”.

El título proviene, es cierto, del epígrafe de Wallace Stevenes que Millán estampó en Relación personal. Aunque el epígrafe no aparece en la primera edición de 1968, sino en las posteriores, como un justificativo tardío, intento de delimitación conceptual y trazado de fronteras. Otra forma de disimulo.

La poesía para Millán no es personal, en tanto no queda constreñirla a la anécdota fácil, a la biografía asociada a la subjetividad romántica o al marketing, la figura del poeta endiosado, nerudiano, parriano o cualquier variante del ego hipertrofiado.

No es personal, en tanto inserta en un continuo donde no cabe el “borrón y cuenta nueva”, la funcional idea de lo fundacional que intenta borrar el pasado por decreto y que, con lucidez, Millán asoció a la Dictadura.

Pero la poesía de Millán es personal, en tanto capacidad de entrar en sí mismo, de llegar a rincones oscuros y salir de ahí con la ampolleta encendida. Esos territorios salvajes inundados por la conciencia.

Es personal, en tanto Millán no es uno más de la pandilla, como dice en alguna de las entrevistas aquí citadas. Quiere y merece atención individual. Es personal porque tiene su propio idiolecto con el cual rasguña aquello que no se puede decir.

Es personal, porque Millán escribe desde la cicatriz. Y si no hubiera escrito, dice, a lo mejor hubiera sido un delincuente, un asesino. “Todo lamento (puede parecer) una treta de debilidad, toda confesión prueba de cobardía”, escribe en Veneno de escorpión azul, del cual este libro es, sin duda, pariente. Millán se resiste a mostrar debilidad incluso en circunstancias tan particulares como las que dictan esas páginas. ¿Pero puede haber algo más personal que Veneno de escorpión azul? ¿Puede haber algo más personal que la propia muerte, que el relato de la propia muerte?

Lo cierto es que hasta el propio Michael Corleone se rectifica y se da cuenta, hacia el final de su vida, que todo es personal, que los negocios son algo sumamente personal.

 

La poesía no es personal

Gonzalo Millán
Alquimia Ediciones, 2012

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