Revista Intemperie

Cinco clásicos para el verano.

Por: Andrés Olave
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Andrés Olave recomienda lecturas para comenzar el año: suicidios, travesías existenciales, viajes al pasado y locuras libertarias, por obra de un grupo de autores selectos.

 

La luna y las hogueras, de Cesare Pavese

La luna y las hogueras fue la última de las novelas que compuso Pavese antes de suicidarse. La historia de un hombre que tras enriquecerse en el extranjero regresa a su tierra natal para recuperar los lazos de antaño y de paso, encontrar su propia identidad. Pero el pueblo al que llega posee su propia lógica circular, atado a un tiempo mítico y a rituales salvajes, donde el fantasma del sacrificio humano ronda peligrosamente y donde la guerra o los rencores de la guerra sirven de excusa perfecta para sacar a relucir el lado más primigenio y tribal del hombre. “Aquí no hay nada, esto es como la luna” le dice alguien al protagonista y éste se queda sin respuesta, demasiado ansioso por encontrar un sentido en este regreso a casa y solo teniendo ante sí un mundo en permanente descomposición y una miríada de vidas perdidas en destinos anodinos o atroces.

V,  de Thomas Pynchon

Thomas Pynchon es un autor que no logra ponerse de moda. La gente de Tusquets lo promociona, reedita sus libros a precios accesibles pero no pasa mucho más. Mis amigos compran el Arcoiris de gravedad o Vineland y cuando, meses después, les pregunto como les fue, ponen los ojos en blanco. Comprendo que Pynchon no es un autor fácil pero raramente las cosas que valen la pena lo son. En el caso de V. esta es su primera novela publicada allá a principios de los sesenta. La novela tiene de todo: empalamientos rituales, cacerías de cocodrilos albinos gigantes por las alcantarillas de Nueva York, cameos al Anticristo, robos de dentaduras postizas que también son portales para viajar por el tiempo, ratones que hablan y que quieren convertirse a la fe cristiana, la historia verídica del general Von Trotha y los 65 mil africanos que exterminó en su campaña por las colonias alemanas, mujeres que se enamoran y se acuestan con sus autos convertibles y así un largo etcétera de aventuras extremas, acaso bizarras pero que al mismo tiempo son un talentoso ejercicio de imaginación incontrolada, el fluir de la escritura adonde sea que ella quiera ir, la posibilidad que se da a sí mismo Pynchon de, al escribir, ser completamente libre. Y claro, la oportunidad para nosotros, lectores, por semanas o meses, de compartir dicha libertad.

La nieve del almirante, de Álvaro Mutis

La saga de Maqroll el gaviero, la historia poética o hecha de sueños de un hombre que viaja, más que para ir a alguna parte para borrarse del tiempo, debe ser una de las series más elegantes y hermosas en la tradición de la novela Latinoamericana. La nieve del almirante es la primera entrega de esta serie, donde se nos presenta a Maqroll, un viejo marino y hombre de negocios fracasado que emprende viaje río arriba hacia un remoto aserradero donde espera hacer un buen negocio que le dé un giro a su fortuna.

Durante el viaje, Maqrroll se pierde a menudo en ensoñaciones y reflexiones sobre la muerte y se comprende entonces que los tropiezos de su vida pasada son menos accidentes o golpes de mala suerte que actos fallidos, donde el inconsciente del viejo y cansado Maqroll puja por un final definitivo para todas las zozobras y maltratos que ha experimentado; el desaliento ante un mundo siempre adverso y donde rara vez, fuera de los brazos de una mujer, ha encontrado algo parecido a un refugio. Es bajo ese estado sentimental que Maqroll se pierde río arriba, un poco como el protagonista del Corazón de las tinieblas, surcando la selva y con la muerte acechándole de cerca, casi encima de él, lo que lo convierte al final en una especie de equilibrista que oscila entre el borde de nuestro mundo y la nada que hay a continuación.

Viaje a Samoa, de Marcel Schwob

La historia es así: Marcel Schwob lee en el periódico que su amigo, el gran escritor Robert Louis Stevenson, ha muerto victima de la tuberculosis. Stevenson había pasado sus últimos años viajando por los Mares del Sur hasta encontrar el reposo final en la isla de Samoa. Schwob, quien a sus 34 años jamás ha salido de Francia, planifica el viaje por el que cruzara medio mundo para así poder despedirse de su amigo. Una travesía que hoy en avión tardaría un día, pero que a Schwob, clavado en los albores del siglo XX, le toma tres meses e innumerables penurias: gastos imprevistos que lo dejan en bancarrota, entreveros con la tripulación de los barcos u otros pasajeros y una pulmonía que casi lo mata. Schwob, quien durante toda su vida ha viajado mentalmente gracias a los libros descubre ahora las dificultades del viaje físico. Y que pese a cruzar cuatro océanos la tumba de su amigo para estar cada vez más lejos y en cambio, victima de las vicisitudes, es su propia tumba a la que ya le es permitido asomarse.  Y en efecto, tres años después de este fallido viaje, Marcel Schwob muere.

Mientras agonizo, de William Faulkner

Con Faulkner siempre me ocurre lo mismo. Del medio centenar de libros que alcanzo a leer en un año, los de Faulkner siempre son los que me dejan una impresión más profunda. En Mientras agonizo, por ejemplo, la escena de la muerte de la madre es para poner los pelos de punta y en realidad todo el libro lo mantiene a uno en vilo, sin saber si lo que se lee es una elegía, una odisea, un canto fúnebre, una tragicomedia o todas esas cosas juntas. “Recordaba que mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto mucho tiempo” dice Addie Burden desde el otro lado y en ese fracaso tan íntimo uno puede entrever las vidas malgastadas de millones de seres. Igual que con Pynchon, la gente se queja de las dificultades de la prosa de Faulkner pero ciertamente de su lectura uno sale siempre fortalecido. En Faulkner, la síntesis de lo que es la vida y lo que debe ser una novela es perfecta. Pienso que nada más se le puede pedir a un libro que la posibilidad de vernos a nosotros mismos, a nuestra especie, en todo nuestro ridículo patetismo, en nuestra fragilidad de sombras.

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