Revista Intemperie

Pedro en su casa

Por: José Ignacio Silva A.

Háblame de amores, la última entrega de Pedro Lemebel, demuestra que el autor se mantiene vigente aunque pasen los años. Sus textos destilan ironía, humor y su mirada crítica sigue siendo original y necesaria en un país que, según José Ignacio Silva, está amodorrado.

  

Habiéndose deglutido ya completo el jalapeño de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a la que Chile fue a pavonear la bisutería de su industria editorial en patota, como debe ser; y dentro de ahí, como un ópalo policromo engastado en el broche rayado de la narrativa nacional estuvo, desde luego, Pedro Lemebel. Cómo no iba a estar Lemebel si a Guadalajara había que llevar el mejor equipo que se tuviera a mano, los titulares, los inamovibles. Y para que no se note la pobreza de ir sin mostrar nada nuevo, ya en la FILSA se lanzó Háblame de amores (Seix Barral, 2012), el último conjunto de crónicas del autor, libro que da continuidad no solamente a la consistente labor “croniquera” emprendida por Lemebel, sino que es un refrendo de la condición extática y señera de la ex Yegua del Apocalipsis, al tope de la narrativa en lengua castellana.

Tras leer Háblame de amores podemos decir que con los años la literatura de Lemebel ha logrado mantenerse fresca, ha conseguido mostrarse original en un medio en que el refrito parece ser ley. Lemebel todavía logra mostrarse airoso e hilarante. Aún cuando ya lo han sobrepasado un par de generaciones de escritores nuevos y ha transcurrido tiempo suficiente como para que esa rebeldía inicial se transforme en “clásica” (talento mediante), ésta se mantiene lozana, rompedora en su novedad. Es que, en ese sentido, a Lemebel le juega a su favor el estar inserto en un país amodorrado y cómodo como lo es Chile hoy, en el cual la corrección política y la manía del empate espolvorean el discurso crítico con un cordial diazepam.

Hay otra cosa que destila Háblame de amores. Tal vez la forma más sublime de combatir la soledad sea vivir y hacer literatura como lo hace Pedro Lemebel. Si bien, esto no deja mucho para los ciudadanos de a pie, sobresale en este Lemebel, a quien se le vino encima el cáncer de laringe y cuyas crónicas se escondieron del ojo público luego de que el gobierno de turno materializara un viejo anhelo derechista, aniquilar el diario La Nación, lo que dejó a Lemebel sin tribuna estable. Este libro es una revancha a esa medida cavernaria.

En esta pasada el autor recorre con su ojo de loca –como se llamaba su espacio en La Nación Domingo– sucesos que han remecido el Chile de los últimos años, la vuelta de la derecha a La Moneda, el terremoto del 27-F, la revuelta estudiantil. Lo anterior combinado con sus temas de siempre, los viajes, la música, sus encuentros amorosos, que son siempre caóticos, siempre hilarantes, y al final, siempre tristes. Esos son los amores de los que habla Lemebel, amores volátiles y que en este libro se muestran con menos ambages que en otros volúmenes del autor. Sin ir lejos, el mismo Lemebel definió estos textos como “los colores de mi sexo en viaje”.

Lemebel no decae. Sigue siendo un autor único que hace cosas únicas. Como crear lenguaje en sus crónicas. Como enaltecer el adjetivo, cacheteando la máxima huidobriana. Como erigirse, contra todo, en lo mejor que tenemos en literatura en Chile.

 

Háblame de amores

Pedro Lemebel
Santiago, Seix Barral, 2012

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