Revista Intemperie

Leyendo a Rodrigo Fresán entre chóferes suicidas

Por: Rodolfo Reyes Macaya
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No sé por qué, pero durante un buen tiempo pensé en Rodrigo Fresán como en un talentoso pero advenedizo groupie que, tras una larga serie de oscuros favores y sudorosas jornadas, casi había logrado colarse en la famosa portada del Sgt. Pepper.

Allí, Fresán está pero no está. Aparece sólo para desaparecer en el complejo mito Pop, como un escritor amnésico al amparo de una oscura institución situada en Sad Songs, Iowa- una de las tantas variaciones de Canciones Tristes, el lugar de todos los lugares- porque, de pronto y sin previo aviso, los escritores de ficción comenzaron a morirse: “Suicidios en masa y una súbita proliferación de novelas inconclusas y el Zimzum soplando cada vez más fuerte.” (…)  “Más detalles adelante”

Le descubrí en Lima, en un viaje incoherente por las inmensidades del Perú. Aunque mis soles eran escasos y vivía de la generosidad de un ser hoy desaparecido, en Miraflores me procuré un ejemplar de La velocidad de las cosas, ejemplar que, dicho sea de paso, jamás había visto en las librerías chilenas. Desde entonces, aquél librito (600 páginas aprox.) se convirtió en un compañero de viajes que me salvó de las horas zombies, pasadas en buses destartalados conducidos por choferes suicidas o en una hamaca, a bordo de un barquito en el demasiado idealizado y en realidad asfixiante Amazonas.

Fácilmente podríamos pensar que el tedio de los viajes es menor al tedio de la vulgar cotidianidad. Nos equivocamos. Si bien, cuando viajamos nuestra receptividad como nuestra emoción aumentan, y el fantasma del embotamiento parece desaparecer, nunca éste contrataca de manera tan implacable como cuando, acostumbrados ya al paisaje en movimiento, continuamos una travesía que en nuestros hogares habíamos vislumbrado como extraordinaria pero que ahora parece no tener fin.

En otras palabras, pocas cosas mejores para guillotinar al tedio más despiadado (¿la literatura como entretenimiento,  como revelación o como coctel molotov?) que aquél Fresán de La velocidad de las cosas: una colección de cuentos expansivos y retroactivos, donde la cultura de masas y la contracultura, alcanzando un estatuto clásico y heroico, adquieren la ilusión de una profundidad que promete la infinita creación de aventuras en un mundo, de pronto, dotado de amplias posibilidades. Además, como todos los libros de Fresán, éste va ampliándose a través del tiempo y las reediciones, según el principio de la progresión, ostentando la característica advertencia, “Edición aumentada y corregida por el autor”, en sus solapas.

Se ha dicho POP, no obstante, ésta palabrita resulta demasiado oscura, tanto por su transparencia como por la actitud autosuficiente de quienes la emiten para zanjar los debates. Hay un tratamiento, un estilo; hay una multiplicidad de citas al rock and roll, al cine, al cinismo contemporáneo y al misticismo oriental;  hay una concatenación de líneas temporales y argumentales disímiles que electrocutan al lector. Ya sea en la aparición fugaz y recurrente de “La chica que cayó en la piscina aquella noche o “Los cabalistas judíos hablan de Tsimtsum o Tzimtzum o Tzmzum o Zimzum, un equivalente a una ‘contracción’ del Hacedor. Dios crea al mundo y se autolimita. Dios se contrae y desaparece y nos deja solos para que así algo aparezca, algo ocurra y para que, finalmente, toda responsabilidad sea nuestra” o en el título “Monólogo para hijo de puta con ballenas y hermanita fantasma”, quien lee intuye cierta escritura digresiva, amante de los slogans, lúdica, que adolece de déficit atencional (la bandera, la marca o la superstición de generaciones súper estimuladas e indolentes).

“Contamos historias  y vivimos historias -escribe el narrador de “Apuntes para una teoría del escritor”, el cuento que cierra la serie- porque vivimos dentro de historias. (…) O nuestras vidas se convierten en historias o no habrá manera de darles ningún sentido. La propia vida no existe por sí misma, pues si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más”.

Tan pronto como regresé a la vida santiaguina, conseguí lentamente otras colecciones de relatos que funcionan, asimismo, a manera de Libro Concepto –Historia Argentina y Vidas de Santos- y, también, novelas tales como Jardines de Kensington Mantra. Mientras que en las primeras no encontré otra cosa que admirables tanteos para la posterior edificación del librito que tanto había estimulado mis aventuras peruanas, la fastuosa y lisérgicamente barroca arquitectura de las segundas, repetitiva hasta el hartazgo, a pesar de la pretensiosa belleza de su estilo, logró recobrarme años y años de tedio perdido.

¿Me jugaban en contra mis propias supersticiones, rebuscando desesperado el impacto inicial? ¿Qué tan aconsejable resulta invocar el aburrimiento, y la disolución de éste, como patrón para juzgar una obra? La decepción parece ser la meta de los ansiosos que empiezan por lo exquisito y se aferran a una intensidad frágil, incapaz de rescatarlos de una experiencia que cada día se empobrece más. Buscamos historias que le otorguen profundidad al devenir usualmente monótono y absurdo que llamamos “vida”, ya sea porque no sabemos vivir, o bien, porque la relación existente entre nuestra inflada e insignificante identidad y la velocidad de las cosas, convalece de inanición. Zimzum. 

 

La velocidad de las cosas

Rodrigo Fresán
Barcelona, DeBOLS!ILLO, 2006

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