Revista Intemperie

Los infiernos verdaderos del ñache y ciertos polvillos: “¿Has visto un dios morir?”

Por: Felipe González Alfonso

Felipe González encuentra notable En el regazo de Belcebú, de Cristián Geisse, y recorre específicamente uno de los seis cuentos que integran este libro.

 

Quisiera comentar aquí solamente uno de los seis cuentos que forman parte de En el regazo de Belcebú (Perro de puerto, 2011) de Cristián Geisse (1977), libro que Ignacio Álvarez ya ha glosado con entusiasta lucidez. De todos modos, no me resisto a señalar algunos elementos transversales de la poética geissiana. Uno de ellos me recuerda —si se me permite la pirueta— esa precisión tan sugerente de las comparaciones con que Dante nos hace visible escenas cuyas descripciones a otro le exigirían bastante más espacio. Así como el canónico florentino nos pinta el gesto de unos condenados que miran al Dante peregrino en la penumbra infernal diciendo que lo hacen “como enhebra el hilo el sastre viejo”; así, con similar exactitud visual, Geisse da a conocer la naturaleza diabólica de una cabra al dejar que ésta muerda, por detrás, el cuello del protagonista de “La negra”: la figura del animal en dos patas no da lugar a equívocos, y se nos aparece, nítida y ominosa, la imagen de un macho cabrío.

Otra característica, más evidente pero igual de sabrosa, es la ilación entre las piezas del volumen, tenue en ocasiones y a veces explícita. En el mismo cuento mencionado, luego de que el joven personaje se introduzca entre pecho y espalda, junto a don Rafa, una hierba alucinógena que enloquece a los animales del norte chico, el narrador dice: “Allá iba don Rafa, subiendo el cerro. Se alegró por él y creyó que iba a llorar de emoción y cariño; sin embargo, comprendió que no debía seguirlo, que debía vivir esto por él mismo”. Y en el cuento “¿Has visto un dios morir?”, sobre el que quiero explayarme, se lee al comienzo: “Llamaron avisando que se había paseado por todo Vicuña en pelotas, haciendo gestos raros, a pleno sol. Nadie lo supo nunca, pero mi tata había probado unos polvos alucinógenos…”. Además, en éste vemos actuar como personaje secundario al protagonista homónimo de “Marambio”, versión guachaca de El perseguidor de Cortázar. Estas estrategias de coherencia interna y ciertos detalles de sorprendente realismo psicológico en el perfilamiento de los personajes, llegan a insuflar a la lectura —y pienso que no es un efecto subjetivo— el sobrecogedor sentimiento, gozoso y pavoroso a la vez, de que lo narrado no puede sino haber sucedido en algún lugar y tiempo determinados del mismo mundo que pisamos nosotros.

“¿Has visto un dios morir?” había sido publicado con anterioridad por la misma editorial (2009), sin embargo, como queda claro, no se trata de un añadido arbitrario el de los cinco nuevos relatos. Y es que aparte de los señalados a nivel estético, aparecen siempre, en cada narración, los mismos tres elementos significativos a nivel simbólico: la figura de un Belcebú de impronta popular —como la de esos diablos con chupalla que compran el alma de los campesinos— u otras presencias maléficas, el uso de drogas, el espacio provinciano del norte chico.

El abuelo del narrador, luego de “pichicatearse” con los polvos de los antiguos diaguitas (“que es el nombre que les dieron los estudiosos, porque no se llamaban así”), habla con sus espectros y asiste nada menos que al evento cósmico que habría clausurado la espiritualidad precolombina de los indios nortinos: la muerte de su dios, motivada por la conquista y masacre españolas y criollas. La droga aparece así depurada de las connotaciones negativas que le ha endosado su uso urbano, como (falsa) causa de hechos delictuales o mero instrumento de placer autodestructivo y evasión. Muy por el contrario, el polvillo le permite al viejo Godoy ser testigo directo de la agonía de una cultura que lleva en la sangre (“Parece que nosotros, los Godoy, algo de esos indios tenemos”). Su nieto también logra presenciar junto a él este hecho terrible y perturbador (un hedor insoportable, como en la primera cantiga de la Comedia, incrementa la atmósfera pesadillesca), pero tiempo después, en Valparaíso y gracias al ñache, misteriosa droga porteña que permite compartir alucinaciones.

Así, a través de su abuelo, el nieto se convierte en el depositario de un estertor, de un odio y de una denuncia, custodiados durante siglos por la naturaleza en el corazón de la droga. La repetición de la experiencia —que segó el porvenir de tantas lenguas— deja al viejo sin habla y el joven señala: “Ojalá vuelva a hablarme algún día. Y vuelva a despotricar contra los hijos de puta que se cagaron a los indios. Yo voy a despotricar con él…”. La alucinación grupal (el abuelo, el nieto y sus amigos), entonces, posibilita una íntima conexión entre las nuevas generaciones y el pasado primigenio, que entraña, sin embargo —como en Lovecraft—, un componente terrible: las precomprensiones modernas no logran abarcar del todo la experiencia y los participantes arriesgan su cordura: “Quedamos todos muy mal por varias semanas. Para qué hablar del amigo del Tonro que semanas después se quiso ahorcar…”. La pérdida de la lengua indígena, mencionada en el relato con doloroso énfasis, es lo que al parecer impide la creación de un vínculo pleno con el mundo perdido.

En sus notas, Ignacio Álvarez pone de relieve la influencia ética y estética en Geisse de Manuel Rojas y Alfonso Alcalde, del primer Joyce y González Vera, respectivamente. Yo abultaría un poco más esta lista; ya he mencionado a Cortázar, agregaría también a Juan Rulfo; aparte del manejo virtuoso del registro oral, hay en los seis cuentos de En el regazo de Belcebú ecos de Luvina y Comala, esos infiernos rurales llenos de la ausencia de Dios, e incluso reconozco fraseos y fijaciones de García Márquez (“Ignacio recordaría más tarde que había sido como ingresar volando…”, “la llenó de compresas, le hizo lavativas con hierbas, le dio a oler esencias…).

Ha dicho Ángel Rama que los autores del “Boom” trastocaron-renovaron los procedimientos de la narrativa vanguardista europea al engastar en ellos la cháchara de las comadres y los compadritos de por acá, el enorme bagaje de la cultura oral latinoamericana. Creo que también Geisse, en el ámbito nacional, revitaliza una tradición —la de Lillo, Droguett, Rojas— al refundirla creativamente en un estilo homogéneo, en una mezcla sólida; y lo hace especialmente en “¿Has visto un dios morir?”, al encajarle la experiencia de nuestra relación (conflictiva) con el pasado precolombino que insiste en dejar memoria de su aniquilación, cuya magnitud quizá aún no dimensionamos. A intentar esto, entre otras cosas, nos invita el notable relato de Cristián Geisse.

 

En el regazo de Belcebú

Cristián Geisse
Valparaíso, Perro de puerto, 2011.

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