Revista Intemperie

Is this Huerfanos street?

Por: Francisco Ovando Silva
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¿Es excesiva la influencia de los escritores norteamericanos en las letras chilenas? Francisco Ovando investiga y recoge opiniones

 

Estados Unidos se ha convertido en los últimos años en la de Meca para la narrativa en Chile. Ya nadie se sorprende cuando, en las entrevistas a los nóveles escritores, saltan los nombres de Johnathan Franzen, David Foster Wallace, Faulkner, Capote, Carver, DeLillo, Pynchon, McCarthy, Roth, Cheever, Easton Ellis, Vonnegut o Ford. La lista es larga y conocida. Cualquier lector que tenga un bagaje de literatura gringa se dará cuenta de inmediato, al leer las ofertas narrativas emergentes, de los ecos graciosos o desgraciados que se encuentran allí. Incluso hemos llegado a exclamar frases como ¡Éste es el Carver chileno! o ¡Sí, por fin, el Foster Wallace de Santiago!

En la torta de lectores nacionales, que se corta con encuestas, salta a la vista que somos pésimos lectores. Que se lee poco material nacional, que hay una desconexión muy grande con las escenas literarias de otros países latinoamericanos. Cuando mucho nos revolcamos en Borges, quizás Fogwill o Alan Pauls. Y eso que ellos son vecinos. Pero eso sí, no hay ninguno que no conozca a Foster Wallace o esté al tanto de lo último que pasa en EE.UU. Somos grandes lectores de traducciones, sin duda. Quizás hemos leído suficientes páginas de Calvo como traductor para habernos terminado el Umbral de Emar completo.

¿Pero qué implicancias podría tener la excesiva admiración que tenemos por la pluma norteamericana? Pongamos, por ejemplo, el asunto de los referentes culturales agringados. Ya nos hemos acostumbrado a los narradores que poco a poco han generado un fantasma del suburbio gringo, de Nueva York, de la clase media que retrató Carver o la sociedad de los noventa que miró Foster Wallace. ¿Tenemos acaso, también en literatura, la necesidad de vernos como un reflejo de Estados Unidos? ¿Podemos hablar de una narrativa emergente que orbita (casi únicamente) en torno al polo literario del país del norte?

Y la pregunta primordial que queda flotando es ¿Por qué? Al final ¿Vale la pena hipotecar una tradición literaria escrita en nuestro idioma, mirar nuestra realidad sin el lente de la traducción, en miras de beber de la fuente de la narrativa gringa?

El debate, sin duda, exige discusión. No se puede hablar de negros o blancos. Precisamente para matizar el asunto distintos actores de la escena literaria nacional nos han dado su opinión.

 

La generación Anagrama, por Andrés Olave

Respecto de la excesiva –acaso dictatorial– influencia de los autores norteamericanos en la Literatura Chilena nueva o novísima, esto es, de autores de cuarenta años para abajo, creo que, en primer lugar, cabe precisar que la influencia en el arte es cosa sabida y juzgada, que Borges se regodeaba recordando a sus padres literarios: De Quincy, Thomas Browne, Chesterton, Marcel Schwob, Stevenson, Carlyle y Burton, un poco como la abuela de alcurnia que le da por recitar el árbol genealógico. Cada autor suele nacer y desarrollarse bajo un bosque de influencias.  El español Javier Avilés ha escrito varios artículos sobre la “línea genealógica”: James Joyce a William Faulkner a William Gaddis a Thomas Pynchon a David Foster Wallace, dando ejemplos de cómo cada autor se permite en alguno de sus libros hacer guiños a sus antepasados literarios.

En la realidad local, tenemos por supuesto el Mala onda de Fuguet que en sus páginas homenajea y alaba abiertamente al Cazador oculto de Salinger. No creo que haya que hacer más hincapié por ese lado, y más que nada, creo que vale la pena enfocarse en la generación Anagrama o, mejor dicho, el Problema Anagrama: que gran parte de nuestros autores se han educado literariamente con libros de esta editorial, más específicamente con los amarillos, los Panorama de Narrativas o sus versiones baratas, los Compactos, leyendo a autores estadounidenses como Richard Ford, Raymond Carver, Charles Bukowski, Paul Auster, Lorrie Moore o Michael Chabon. A eso hay que sumarle el extendido culto a los dos grandes narradores “jóvenes” norteamericanos: David Foster Wallace y Jonathan Franzen y ya tenemos a nuestra disposición un reducido canon que nuestros autores tienen como modelo a seguir o que, incluso, derechamente imitan.

Ahora, si consideramos la gran influencia que tiene Estados Unidos en la cultura occidental, marcando desde las pautas alimenticias (McDonalds) hasta el tipo de cine que debemos ver (Hollywood), no creo que haya que extrañarse que su literatura sea el paradigma para nuestros narradores. Sin embargo, más allá de esta oscura constatación del presente cabe preguntarse de qué forma podríamos forjarnos entonces una identidad local, o, más aún, una identidad genuina como escritores latinoamericanos, si nuestros autores no hacen más que mirar al Gran Padre del Norte. Sospecho que una gran alienación está en curso o que ya ha arribado: la incapacidad para vernos a nosotros mismos tal como somos, y tener siempre que cotejarnos a través del espejo deformado de un mundo al que nos asemejamos, pero que en realidad no nos pertenece. Vivir como los exiliados o los bastardos de una Literatura indudablemente grandiosa, y por lo mismo, que nos condena a ser actores secundarios. Y ojo, esto sólo pasa en Chile. La influencia de los escritores argentinos es, por una parte europea, y por otra, basada en la propia literatura argentina. Los peruanos tienen una literatura fuertemente nacionalista, lo mismo que los brasileños. ¿Y nosotros? We love USA.

Andrés Olave, co-autor de la novela de ciencia ficción Proyecto Apocalipsis (2011), fundador de la editorial Oveja eléctrica y colaborador permanente de Intemperie.

 

El mercado del libro hispanoamericano es pasivo, por Oscar Alejandro Mancilla

El mercado del libro hispanoamericano es pasivo, no descubre ni valora la presencia de nuevas escrituras y actúa –únicamente– si hay un éxito comercial y mediático más o menos evidente. Corre pocos riesgos. A la inversa de las editoriales independientes que han resuelto con creatividad y compromiso las emergencias literarias. Así, la demanda de narrativas contemporáneas el gran mercado editorial lo cubre con obras que ya pasaron por el filtro de la crítica especializada y el mercado: por ejemplo la norteamericana; siempre a la vanguardia de las estéticas literarias y donde las casas editoras americanas ofrecen al mundo un catálogo no solo atractivo, sino actual: de cómo se debe escribir (al parecer) hoy. Circulación de obras que el medio literario local finalmente adapta, modela, copia o simplemente rechaza. Para bien o mal, la influencia de la literatura norteamericana siempre ha estado y seguirá influyendo en las nuevas letras acá o allá, pues su influencia radica ahí, en su universalidad.

Por otro lado, el papel de los autores emergentes es ser conscientes de su época, buscando los referentes estéticos que circulan afuera y sintonizarlos acá. Tipos además con un fuerte espíritu contracorriente, siguiendo la idea de Gide. Punto. No se les pide más. Den frutos o no hoy, me parece poco relevante. Muchos o casi todos los autores contemporáneos llegaron a la literatura por medio de la cultura popular norteamericana: la música o el cine. Un referente común en todo el continente. ¡Y es solo eso!, un referente; pero no encaminan nuestras escrituras, pues estas tienen una herencia cultural propia. Eso de huachos culturales es erróneo.

Oscar Alejandro Mancilla, Periodista, Licenciado en Comunicación social. Editor y socio fundador de Del Aire editores Ltda., editorial independiente del sur de Chile.

 

Mirada sobre ciertas transacciones, por Daniel Rojas Pachas

Claramente hay imposturas que me resultan sospechosas en la transacción literatura norteamericana y chilena reciente.Y no me refiero sólo al tráfico lingüístico, léxico, de estructura en los relatos o incluso el abuso de referentes pop a lo Bret Easton Ellis, Chuck Pahlaniuk o Paul Auster, pues si lo pensamos por encima de las superficies, esto igual atañe a aquellos textos que gratuita y odiosamente saturan al lector con cultismos grecolatinos o franceses, por dar un ejemplo.Personalmente creo que la actitud que resulta más molesta y criticable es la que se observa en el calco de maneras, simbolismos y equivalencias culturales que se tratan de imponer a la fuerza, como si fueran naturales a los receptores, operando con la misma lógica de violencia e invasión que han ejercido desde los setenta; las cadenas de comida rápida; los modelos de negocio y ciertas marcas dejadas en nuestro inconsciente.

Me explico.

Don Francisco no es Jay Leno o David Letterman. Transacciones como tomar las alusiones al baseball, el supertazón y el 4 de julio o la vida en los suburbios de California como asimilables al futbol nacional, el torneo de apertura, 18 de septiembre y alguna comuna de Santiago, comparar la farándula local, sus mediocres exponentes y patéticos escándalos, con los avatares de Brangelina, el humor de las sitcom de NBC y SNL que me parece iluso e insultante (quizá algunos se lo tragan y lo encuentran original, divertido y hasta necesario considerando los tiempos que corren).

Ciertamente vivimos en un mundo donde las fórmulas televisivas y el merchandising que prueba su éxito masivo está condenado a ser emulado con las variantes correspondientes al contexto local, ¿Quién quiere ser millonario? de Regis, Matrimonio con Hijos con Al Bundy, los miles de realitys de Simon Cowell, Cops, todos tienen su versión chicha y criolla, de modo que era cosa de tiempo para que la literatura replicase los mecanismos enfocados hacia una masa adiestrada que quiere libros de vampiros, de zombies, de freaks, de niños magos, geeks, de historias de hermanos o de familias en la carretera, las mal llamadas novelas gráficas y su culebrón romántico, mala copia de Before Sunset de Linklater, que en suma, alimentan la nostalgia de los ochenteros, todo es demasiado evidente.

Seguro pronto tendremos nuestro American Pie literario y luego vendrá la nostalgia de los 90, y la cultura poke, los niños criados con su tamagochi al lado, el J-Pop, J-Rock, el HXC, el anime, el cosplay literatoso y los videogames, el RPG y los MMORPG´s. Japón será el próximo bebedero público, lo doy por marcado, es cosa de mirar fuera de los libros, esnifar un poco el viento que corre e ignorar los papers académicos que se quedaron pegados en la guerra fría. Es la cultura que nos están vendiendo, empaquetada como una identidad a injertarse y el libro es otro soporte más, en esa metastabilidad, pues tendremos a los autores que se harán cargo de la hibridez y el mundo tal cual nos llega, pero sin soportar sus lecturas de la realidad y su obra en forma de pastiche y remake regurgitado que se transa con la típica nota de prensa o banda alrededor del libro que reza… un carpetazo a… mientras que otros, cómodos, se esforzarán en seguir el modelito para sorprendernos con una profundidad intelectual y estética asimilable a cualquier película de Happy Madison.

Daniel Rojas Pachas, fundador y editor de Cinosargo Ediciones. Ha publicado los libros Carne, Soma, Gramma, Cristo Barroco, Veneración entre otros, además de haber participar de varias antologías.

 

Nacionalismo e influencias, por Francisco Díaz Klaassen

Creo que habría que ser cuidadosos al encasillar a los gringos. Básicamente porque su narrativa es la más sustanciosa del último siglo. Y estoy hablando de un asunto de números, nada más: si yo digo que me siento influenciado por la literatura rumana, en realidad estoy hablando de dos tipos (y que bien pudieran ser muy distintos entre sí, más allá de que me gusten los dos). Hablar de influencias norteamericanas es más complicado de lo que se cree, porque conviven en esa literatura muchas tradiciones que cada vez tienen menos en común entre sí. No es lo mismo hablar de Faulkner y O’Connor que de O. Henry y Carver, que de Hemingway y Fitzgerald, que de Yates y Cheever, que de Foster Wallace y Saunders, que de Roth y DeLillo, que de July y Yu, que de Burns y Spiegelman. Y la lista podría seguir infinitamente: Auster, Fante, Dos Passos, Bradbury, McCarthy, Bellow, Mailer, Boyle, Dick, Easton Ellis, Sedaris, Didion, Jackson, etc. Escritores y escritoras cuando menos interesantes, que ya es mucho decir. Y seguro que me estoy dejando afuera a muchos y muchas. Ningún otro país —o cultura, ya que estamos— tiene algo remotamente similar que ofrecer. Lo que resulta bastante paradójico, porque es como decir que la literatura que más se encasilla probablemente sea la menos proclive a serlo. Ahora bien, con esto no quiero hacer una apología y decir que los gringos sean los mejores. Sólo que tienen más.

Eso por un lado. Por otro, me parece tendencioso reducir las lecturas de un escritor, emergente o no, a un solo país. No creo que eso pase nunca. Y, de pasar, creo que tendríamos que estar hablando simplemente de escritores (o lectores) limitados, no culpar a las influencias que pudiera tener esa limitación. Esto aplica también a las (malas) traducciones, que no son nuevas; siempre han estado ahí, siempre se han leído y, en muchas ocasiones, son a lo único que puede aspirar un lector (con esto quiero decir que una mala traducción siempre será mejor que nada, y que si se siguen leyendo es porque hay algo que pervive de todas maneras).

Finalmente, las ideas de nacionalismo e influencias me resultan algo anacrónicas. Creo que ese debate (que ya se aplicaba, a otra escala, para criticar los primeros libros de Donoso) sólo se puede sustentar si aceptamos tácitamente cierta idea de la literatura que yo en particular no comparto. Y aquí entramos en lo de las tradiciones: ¿cuál es la tradición latinoamericana? Si en Chile, en toda su historia, sólo hay dos o tres novelistas consistentes, ¿de qué tradición estamos hablando? Si hoy, con suerte, hay a lo sumo cuatro personas escribiendo cosas interesantes en el país, que no parecen calculadas, ¿por qué no buscar lecturas en otra parte? Y esa otra parte, ¿por qué tiene que ser Latinoamérica? La tradición latinoamericana, como la entiendo yo, nunca ha discriminado sus fuentes (ni se ha avergonzado de ellas). Ya sean autóctonas o foráneas, se asimilan con la misma lógica. Empezar a hacerlo sería como discriminar entre Rulfo y Puig, entre Borges y Lezama, entre Onetti y Brunet.

Tengo cierta sospecha, por lo demás, de también encontrar un patrón en las últimas cosas que se escriben, ya no en Chile sino que más globalmente; cierta tendencia a lo “enigmático gratuito”, como me gusta llamarlo: personajes-narradores que van contando lo que ven según lo ven, sin mayor filtro, poniéndose a la misma altura que el lector, y sin poder llegar a ninguna conclusión al final del relato; por lo general se encuentran con situaciones u otros personajes raros. Interesante la primera vez, francamente perturbador -por poco jugado, por repetitivo, por formulaico- después de cinco o seis casos iguales. Pero si bien eso se ve mucho en algunos autores hipsters norteamericanos, yo diría que es más bien una tendencia universal, que tiene más que ver con otras modas y no necesariamente con tradiciones literarias, y de ahí que quisiera debatir la constante duda con la que se suele envolver la literatura gringa. Creo que esto de las opiniones siempre tiene mucho de intuición. En mi caso, no he leído los suficientes gringos ni latinoamericanos como para creer que estoy en lo correcto. Pero tampoco está mal decir eso.

Francisco Díaz Klaassen, autor de Antología del cuento nuevo chileno El hombre sin acción. Actualmente se encuentra cursando el Magister de Literatura Creativa en español en la Universidad de Nueva York.

 

Foto: Shepard Fairey/Levi’s

 

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2 Comentarios

  1. jorge dice:

    habría q partir por desarmar la premisa y decir q la literatura norteamericana está, más bien, sobrevalorada. creo q hay un tema de modas, de referentes geopolíticos y afán de cosmopolitismo, como cuando en la década del 50 los escritores todavía miraban a francia. no es más complejo q eso.

    toma cualquier tradición europea mayor (alemania, irlanda, italia) y los gringos quedan como un puñado de buenos periodistas.

  2. Ed J.L dice:

    ¿Y qué tiene de malo mirar hacia afuera? ¿Por qué todo en Chile, desde la comida, la ropa y la cultura tiene que ser “chileno”? Por ahí leí en un artículo sobre el teatro chileno, que hay que quitarle a Chile a los que controlan Chile. Yo más abogo porque le quiten Chile a los chilenos, para ver si así se relajan y miran un poquito hacia afuera y menos hacia adentro. Quizás así mejorarán la vista hacia adentro. Es impresionante lo intransigente que puede llegar a ser cualquier chileno sobre cualquier tema chileno. Y en esto del mirar hacia afuera, no que miren el primer mundo. No que idealicen el primer mundo, cosa que sí saben hacer muy bien desde antes de Vicuña Mackenna. Hay que mirar más allá, hay que mirar a los vecino no para criticarlos, SINO PARA APRENDER DE ELLOS, porque realmente considero que les falta aprender mucho. Más que todo, humildad. Mirar las culturas diferentes, las que son realmente diferentes, y no imponer como patrón de cultura la angloamericana y la europea. Los chilenos en su obstinación chilena están rayando en el nacionalcentrismo. Es muy difícil para un extranjero discutir algún tema con ellos debido a esta actitud. Desde cómo defienden su “lengua chilensins” y la quieren poner por encima de cualquier acento-coloquio del español excusándose en la idea de que se originó desde la cordillera hacia adentro; hasta el porqué de la sopaipilla. Argumentos ridículos que muestran el sorprendente ingenio que tiene el chileno para defenderse. Y, respecto a la defensa, en mi opinión creo que la defensa es necesaria para los que se sienten amenazados, y sabrán ustedes que los chilenos tienen la costumbre de defenderse muchísimo. ¿Y qué es lo que los amenaza, dejar de ser chilenos por pasar a ser universales?

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