Revista Intemperie

El eterno retorno de los monstruos a la literatura

Por: Nicolás Poblete
frankenstein

 

“El monstruo siempre huye”, dice una de las siete tesis acuñadas por Jeffrey Cohen en su espléndido libro sobre teoría monstruosa. Y el escape trae consigo la amenaza de su posible regreso, pues el monstruo se vuelve invisible, se desvanece, se torna inmaterial, solo para retornar bajo una apariencia desconcertante, alarmista, a veces codificada, y siempre con la advertencia como mástil: del latín monstrum y del verbo monere, avisar, advertir. Cohen aclara en otra de sus tesis: “El cuerpo del monstruo es un cuerpo cultural”, refiriéndose a  la encarnación de un momento cultural específico, generalmente bajo la forma de una crisis. No es de extrañar entonces que la producción literaria en torno a este tema tenga un sitial ganado en el mercado editorial, donde proliferan estas preocupaciones con distintos niveles de calidad.

Desde “Beowulf” en adelante, la figura del monstruo ha sido un punto clave y recurrente de las preocupaciones sociales de la Edad Moderna, proyectadas una y otra vez en narraciones (orales y escritas) o, como en el caso de Beowulf, en el poema épico más importante de la literatura Anglosajona; un texto que, se especula, habría sido escrito entre los siglos VII y X, un poema épico (crucialmente) anónimo.

En este poema el monstruo, Grendel, es un personaje unidimensional, animalesco, despiadado y con un único móvil destructor: consumir carne humana y destrozar un reino. De hecho, Grendel es descendiente de Caín, vale decir es un ser alejado de Dios, cercano al demonio. Para quienes escucharon (y luego leyeron) este poema, el mensaje estuvo claro: Hay que estar alerta a los peligros del afuera. Y: Es necesario unirnos, unificar los reinos.

Muchos siglos después, en plena época decimonónica, la proliferación de los monstruos todavía seduce la imaginación europea. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El fantasma de la ópera, Drácula, El jorobado de Notre Dame, El hombre invisible. Estos clásicos han dejado su marca, y hoy, podemos ver su impacto incluso en publicaciones destinadas al público adolescente, como la serie de novelas de la canadiense Lisi Harrison. Monster High (que Alfaguara está traduciendo).

La sinopsis explica: “Frankie, una descendiente del monstruo de Frankenstein, recién fabricada 15 días atrás, quiere mostrarse tal y como es ante los humanos, a diferencia del resto de los monstruos, que quieren ocultar su singularidad. Sin embargo, un día sale a la calle sin maquillaje y la gente huye de ella. Aprende que no puede permitirse ser ella misma y que el instituto puede ser un lugar muy duro para un monstruo como ella”.

Que una saga para adolescentes tome como referencia la novela de Mary Shelley, habla del poder de ésta. Frankenstein, que también fue inicialmente publicada de manera anónima en 1818, es una obra crucial para la tradición gótica, a la vez que una novela fundacional que instaura un género particular.

Mucho se ha escrito en torno al enigma de la creación de esta novela, pero a veces su contexto cultural y la multiplicidad de interpretaciones que ha suscitado, pasan a segundo plano. Por ejemplo, en La sombra de Frankenstein, Chris Baldick revela que durante el siglo XIX la historia de Frankenstein y su monstruo fue aplicada a un sinnúmero de propósitos; uno de ellos era representar el tipo de monstruosidad que generó la revolución francesa en el comportamiento humano. La masa humana es comparada al monstruo, un ser temerario compuesto por miembros dispares, una fuerza creada por los pensadores de la Revolución, fuera de control.

Uno de los relatos que no siempre entra en las antologías de Horacio Quiroga es “El hombre artificial”. Su protagonista, Donisoff es una suerte de doctor Frankenstein, pero en vez de crear su monstruo con restos humanos, lo gesta desde las sustancias elementales: oxígeno, nitrógeno, fosfatos. La académica argentina, Beatriz Sarlo, dice que Quiroga “inventa una versión rioplatense del ‘moderno Prometeo’”, y detecta esta diferencia  de un siglo que transcurre entre la novela de Mary Shelley y 1908, que es cuando Quiroga publica su nouvelle.

El relato de Quiroga pone en el tapete el tema de la tortura, la única forma en la que Donisoff y sus compañeros vislumbran para dotar de emociones y sensibilidad a Biógeno, el hombre que crean. A Biógeno se le insufla conciencia en el laboratorio solo gracias a que otro ser humano es torturado. Después de 100 años de Frankenstein, vemos este debate renacer: la ciencia tocando un territorio mitológico al lograr crear vida, pero encontrándose con un límite moral.

En Monstruos invisibles, de Chuck Palahniuk la narradora lo tiene todo, hasta el funesto día del accidente que le vuela la mitad inferior de su rostro, exponiendo sus dientes superiores y su lengua colgante. Sin ser capaz de hablar y babeando constantemente, la narradora sigue acaparando la atención, pero ahora solo por ser un monstruo horrendo. En una entrevista Palahniuk comentó que la protagonista de la novela, después de ser baleada, se vuelve culturalmente invisible y se da cuenta de que hay más poder en la gente que teme reconocer la presencia de alguien tan monstruoso, y no tanto en la atención permanente de la gente sobre tu persona.

En El Rostro de otro, el japonés Kobo Abe nos cuenta la historia de un científico cuyo rostro queda totalmente desfigurado en un accidente de laboratorio. Su rostro está tan deformado que lo venda para ocultarlo, luego idea una máscara, a partir de una cara que él compra a un extraño. Esta máscara es tan convincente, que se apodera del protagonista, aislándolo aún más de sí mismo y de su entorno. Esta espectacular novela es un ejemplo de lo que se puede lograr a partir de un conflicto aparentemente banal, pues lo que yace detrás de este argumento es un estudio sobre la alienación, la soledad y el nivel de repulsión que puede producirnos la gente más cercana; en el caso de esta novela, la misma esposa del protagonista.

“Me pregunté si no me estaba transformando en un tipo de monstruo (…) Quizá la cara es la que hace al monstruo”, dice el protagonista de El Rostro de otro.

 

Foto: Boris Karloff como Frankenstein en el filme de James Whale, 1931.

Artículo publicado originalmente el 11/12/2012

 

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• Clásicos de la literatura gótica, por Nicolás Poblete.

Un comentario

  1. laura dice:

    me los podras pasar en pdf, si los tenes . gracias.

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