Revista Intemperie

Dostoievski visto por William Gaddis

Por: Kato Ramone
dostoevsky

El escritor Kato Ramone aprovecha una nota de William Gaddis sobre Dostoievski para presentarnos al autor norteamericano, y traduce un artículo de Gaddis donde se exponen las relaciones entre el humor absurdo del maestro ruso y su agitada biografía

 

El más grande novelista de Rusia, así consideraba William Gaddis a Dostoievski. Y, todavía más, como para muchos de nosotros, Dostoievski podía ser para Gaddis el más grande novelista. Para mí, Gaddis es a Estados Unidos lo que Dostoievski a Rusia: el más grande. No es el más grande novelista del mundo, que ya sabemos es Dostoievski, pero sí de Estados Unidos de América y aun de América.

Cuando leemos a Gaddis, notamos que él transmitía desde otra dimensión. Probablemente, en tanto que mente asaz privilegiada, Gaddis fue un extraterrestre, la prueba fehaciente de presencia extraterrestre en la Tierra, por lo menos en la porción de planeta destinada a los novelistas. Aún no aparece, en la literatura a partir de la segunda mitad del siglo XX, un desafío y exploración en el abismo humano de la talla de Los Reconocimientos (1955), la primera novela publicada por el autor, viaje a ratos vomitivo y por lo tanto muchas veces cierto: ahí está la falsedad disfrazada de arte, algo que descree cada tanto de cualquier alucinación para adquirir la forma satírica de un espejo. El azogue no es, por supuesto, “extrañamente” contemporáneo; las implicaciones sobre casi todos los ámbitos de nuestra estadía social e individual son claras, y Gaddis es lo suficientemente hábil para ir más allá, es decir, para proyectar la falsedad desde el peso irrebatible de su autenticidad, sea ésta artística, política, económica, religiosa, sexual o asexual, en fin.

Esta semana he comenzado la lectura de Agapé Agape (2002), su novela póstuma. Se trata de la versión en inglés, que incluye “other writings”; entre esos “otros escritos” se halla Dostoievski, texto encargado a Gaddis en 1996, en el contexto del cumpleaños 175 del autor ruso. Me he permitido realizar la traducción que acompaño, dedicada a dos de mis más entrañables amigos, uno de ellos Bruno Montané, a quien debo la ansiada llegada de Agapé Agape a mis manos.

Dostoievski, por William Gaddis

Aunque difícilmente alguien podría clasificar al autor de Crimen y CastigoLos hermanos Karamazov, y El idiota como un escritor cómico, en la que probablemente sea la más oscura de sus novelas transidas de muerte, suicidio y locura, conspiración política e inocencia arrebatada, Fedor Dostoievski halla sitio en Los poseídos para un mordaz retrato cómico de Turgeniev, una deliciosa parodia del Romanticismo alemán, hasta una rápida mirada a la muerte de un americano que ha legado sus huesos a la ciencia y “cuya piel se ha convertido en un tambor, de modo que el himno nacional americano puede ser tocado allí día y noche”. A cada oportunidad, el humor adquiere las dimensiones de la desarmonía, la incongruencia, el absurdo que señala la intrusión de lo irracional en lo confuso de los asuntos humanos.

El demonio, como se dice, está en los detalles: en una temprana escena en que son presentados dos de los principales personajes de la novela, la rica y autoritaria Varvara Petrovna Stavrogin, asediada por todos los flancos por vidas sin aspiraciones y almas a la deriva en medio de la confusión y las opciones erradas, estalla sobre su desventurado protegido, el envejecido esteta Stepan Verjovensky, con estas palabras:

—Estás solo; me alegro; no soporto a tus amigos. ¡Pero cómo fumas! ¡Vaya una atmósfera! No has terminado el té de la mañana y son casi las doce del día. Esta es tu idea de la dicha… ¡el desorden! Te solazas en la mugre. ¿Qué es ese papel roto en el piso? —se deja llevar por un torrente de abuso—. Abre la ventana, los postigos, las puertas, abre todo de par en par. E iremos al salón. He venido a verte por un asunto importante…—y una vez allí—: Tienes un salón deplorable —continuó—, deberías haberlo reparado. ¿Que no te envié un empapelador con modelos? ¿Por qué no escogiste uno? Siéntate y escucha.

El demonio que persigue con tanta inquina es, por supuesto, este desorden, no menos una obsesión de ella que lo que había devenido para Dostoievski mismo.

Ya bien entrado en la mediana edad, atormentado por la enfermedad, la pobreza, las deudas, y alejado del país natal que cargaba con su radical juventud, la prisión y Siberia, se había establecido en Dresden para escribir esta novela que implicaba a aquella juvenil visión de la Utopía socialista con el ruinoso desorden y el culto al Nihilismo en que había resultado.

Aunque es bastante usual que un joven radical se torne conservador con la edad, nada hay de lugar común en la conversión de Dostoievski. La persiguió tan apasionadamente como a la fiebre del juego que dominó su vida, una vida que ahora descubría insoportable, a merced de un desordenado universo, un desorden amenazando los cimientos mismos de una Rusia que descansaba en los Absolutos de la Iglesia Ortodoxa y la mano de un Dios inescrutable, en donde él buscó refugio.

Erigido como el profeta de la agitación revolucionaria que convulsionó a Rusia en 1905-6 y de nuevo en 1917, Dostoievski puede ser apreciado hoy en día desde los aun más vastos términos de lo profético de nuestro propio tiempo, donde el gobierno autoritario y la imposición de la ley y el orden conllevan el germen del fascismo, donde el fundamentalismo investido de religión revelada lucha contra lo irracional en la colisión entre un mundo de Absolutos y un universo contingente, abrazando diferencia y discontinuidad, contradicción, discordia, ambigüedad, ironía y paradoja, perversidad, opacidad, anarquía y caos, en una disciplina académica dignificada con la etiqueta griega de aporía, el reino contra el cual Dostoievski luchó con toda la frenética energía de los memorables personajes que creó.

“Esta es tu idea de la dicha… ¡el desorden!”, había espetado Varvara Petrovna en su implacable batalla contra el demonio incubado por la desidia y el descuido dondequiera que mirara, manipulando las vidas en torno a ella desde la tiranía de la riqueza, como cuando un “asunto importante” la conducía a la puerta de su desdichado protegido. “Esta feliz ocurrencia me vino en Suiza”, explicó a Stepan Verjovensky, informándole de su “arreglo” para casarlo con una chica de veinte años, poniendo la misma intensidad que había conferido a la redecoración del miserable salón, hasta el momento en que todos sus esfuerzos por imponer orden fueran disueltos en el desorden general que la circundaba, en donde como un matrimonio y un papel mural, cada cosa podría igualar a todo lo demás en una última visión del caos, y la descomposición del significado en la progresiva entropía que lentamente todo lo silencia, dejándole al menos la oportunidad de rematar con: “¡Eres un idiota, un idiota! Todos ustedes son unos idiotas malagradecidos. ¡Dame mi paraguas!”

 

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