Revista Intemperie

Un país perfecto para peces plátano

Por: Bernardita Bravo
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A partir de algunas lecturas, Bernardita Bravo se sumerge en la suciedad, la eutrofia y la pasión por el orden de nuestra sociedad de mercado.

 

Nada es del todo limpio. Ni los afectos, ni los armarios, ni las ciudades. No recuerdo quién dijo esto en una entrevista, pero lo copié y aquí va de nuevo: “Santiago es una ciudad cada vez más abandonada de noche. A nadie se le ocurre irse a tomar un café al Paseo Huérfanos a las 10 pm. En los paseos peatonales sacaron los bancos donde antes uno se sentaba. Le pregunte por qué a un guardia y me dijo: “para que no se sienten los vagos”.

Pareciera que desde hace años ya, tendemos a una sospechosa pulcritud que solamente se esparce sobre la superficie de las cosas. Se saca el banco pero el vago sigue siendo vago, ojalá ahora donde nadie lo vea (y de vez en cuando esos espacios curiosos, tan de moda ahora en las noticias, “Reporteros” y derivados, se encargan, como actores de la misma puesta en escena, de advertirnos del drama). Otros -o los mismos- se encargan de generar un miedo donde no hay peligro, pero así es como surge. Y así es como vamos protegiéndonos y así es como nos volvemos funcionales; la persistente noción de orden, cuando detrás, por debajo o desde un costado, se asoma esa excedencia de acontecimientos que creemos no saber manejar, y peor que eso, no nos atrevemos a hacerlo.

Probablemente sí sepamos, más o menos, enfrentar muchos de esos excesos; lo que en realidad nos da miedo es la posibilidad de que ese desbordamiento nos agrade, nos caiga demasiado bien y no queramos salir de ahí. Pienso en lo que nos cuenta Seymour en “Un día perfecto para el pez plátano” (J.D Salinger), al tiempo que se lo cuenta que se lo cuenta también a Sybil (la niña en la playa): “los peces plátanos entran en un pozo y una vez allí parecen cerdos, pues engullen demasiados plátanos y engordan tanto que al final no pueden salir, hasta que mueren afiebrados.”

Creemos que nos convertiremos en peces plátano y optamos por el patrón; pero a lo mejor es el patrón lo que nos ha convertido en peces plátanos (trasladando la metáfora al consumo, el poder, el dinero, que sí que nos ahoga, que sí nos tiene a gusto pero a la vez disgustados, o hacemos como si nos gustara o disgustara).

Hay otro factor común a ambos ejemplos: la falsa trivialidad. Sin vagos, el paisaje “se ve” pulcro, “desocupado” (paradójicamente, una de las acepciones de vago es justamente desocupado). Al comienzo del relato de Salinger, Muriel se retoca las uñas mientras le dice a su madre que todo está perfectamente. Al final, Seymour, su esposo y veterano de guerra, se pega un tiro mientras ella duerme a su lado. Así funcionan ambos relatos. La diferencia está en que en la ficción, lo aparente, lo que se devela para mostrar otra cosa, es el recurso literario perfecto para lograr un relato perfecto: decir contando. En nuestro ejemplo real, se hace o dice una cosa cuando en realidad se cuenta otra (o nada), y de manera nada pulcra. Es como si nos hubiésemos vuelto parásitos de un discurso, con una exagerada militancia que a veces se disfraza de exagerada; no sé qué es peor. Quizás convendría tomar distancia, quizás así uno puede limpiarse (o ensuciarse, ambas cosas son buenas dependiendo del caso). No puedo barrer la superficie sobre la cual estoy parado. Pero tomar distancia no es fácil: es como verse vivir mientras uno vive y de eso solo son capaces algunos. Además, se corren riesgos. Puede uno no salir vivo. Solo imagínate verte insistiendo, durmiendo, despertando, agachándote para ir al baño, esperando, haciendo cola, haciendo como si no pasara nada… Cuando lo que  parece tan nítido dentro de unos marcos a su vez tan definidos se vuelve materia oscura, deja de tener sentido, ese sin se nos viene encima y con él el disparo, o algún otro método suicida.

Si al final “todo es movimiento irregular y continuo, sin dirección y sin objeto”, como dice Montaigne, entonces, ¿habrá que apostar por ir junto a ese movimiento, sin falsas armas de resistencia? ¿Será mejor asumir que todos somos esos vagos que van de un lado a otro sin detenerse en ningún lugar?

 

Foto: Fun Pool, Marcel Baumann

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