Revista Intemperie

Valeria Luiselli: metaliteratura y fantasmas

Por: María José Navia

María José Navia se adentra en Los ingrávidos, la historia de una escritora que se va descubriendo en sus propios personajes.

 

Los ingrávidos (2011), de la joven escritora mexicana Valeria Luiselli, es una historia que parece ir doblándose de a poco, hasta casi desaparecer por completo. Una historia que también se cuenta a así misma, en ecos, en vacilaciones, en los reflejos de una vida en otra.

Pero, por sobre toda las cosas, Los ingrávidos es una historia de fantasmas.

Una mujer escribe una novela frente a los ojos a ratos inquisidores, a ratos despistados, de su marido que tarja, critica, hace comentarios, sobre lo que vamos leyendo. A su vez, esta novela trata sobre el fantasma de un poeta mexicano en Nueva York en los tiempos del Harlem Renaissance, Gilberto Owen, que la mujer cree haber visto por las calles de Manhattan y sobre quien inventa un texto apócrifo. Así, se intercalan los pensamientos de la mujer que escribe la novela, ya mayor, con una familia de dos hijos, con los de aquella, en su juventud, que vive la historia, entrelazados a su vez con los pensamientos del poeta (Owen) que no sabemos si corresponden a esa primera novela en vías de ser escrita o bien se trata de su propia voz abriéndose paso entre tantas otras imposturas. Una convivencia de ecos que se encuentran, se intercalan, se sobreponen en un mismo espacio.

La literatura, con sus referentes (con las apariciones de García Lorca o Ezra Pound) se vuelve el mayor fantasma de todos: aquél que cuenta, que siempre nos cuenta. La literatura se vuelve ese espacio donde los fantasmas nunca desaparecen del todo, donde la muerte es solo una anécdota pues los ecos (la poesía, las palabras) siguen para no acabarse nunca. Como una especie de Pedro Páramo saturado de murmullos, en Los ingrávidos la ciudad de Nueva York, y sus distintas velocidades, también se deja habitar por los espectros de un pasado histórico, personal y literario.

Todas las historias contadas en Los ingrávidos habitan Nueva York y Filadelfia de maneras particulares. La primera ciudad se va diagramando desde el metro y sus distintos recorridos. La novela se construye también como ciudad, o como estaciones de ese metro. No están numeradas sino que separadas por un mínimo asterisco, saltando de una a otra, sin mayores transiciones ni explicaciones. De la novela a la historia de su autora, a sus apuntes dejados en miles de post-its afirmados al esqueleto de un arbolito moribundo. Una novela que se plantea a sí misma como:

“Una novela silenciosa para no despertar a los niños” (13)
o
“Una novela compacta, porosa. Como el corazón de un bebé”. (37)
y también

“Una novela horizontal, contada verticalmente. Una novela que se tiene que escribir desde afuera para leerse desde adentro.” (65)

Hay una belleza especial en la escritura de Luiselli, una contemplación de la ciudad con ojos bien despiertos. La segunda ciudad, Filadelfia, es el nombre de la novela secreta que escribe la mujer narradora, una que es habitada por su marido y un presente/futuro a punto de descarrilarse, así como también es la ciudad de la vejez del poeta Owen, y donde queda finalmente su tumba.

Ambos protagonistas, ambos ecos, el de la joven escritora y su predecesor mexicano, tienen la teoría de que existen muchas muertes para cada vida, vale decir, que morimos muchas veces sin darnos cuenta. En una de esas muertes es que el fantasma de Gilberto empieza a habitar la vida de la mujer. La mujer empieza a ser invadida por él, al comienzo en pequeñas notas que hablan de su miedo a la desaparición:

“Nota: Owen se pesaba todos los días antes de subirse al metro. Había una báscula en la estación de la calle 116, que le devolvía la certeza de que se estaba desintegrando. 126 libras, 125 libras. Nunca supo cuántos kilógramos perdía por semana”.

Owen nace el mismo año en que comienza el metro de Nueva York. De esta forma la novela se vuelve también paseo, tránsito, un perderse: “El metro, sus múltiples paradas, sus averías, sus aceleraciones repentinas, sus zonas oscuras, podría funcionar como esquema del tiempo de esa otra novela”. (64)

En un momento de la historia, un personaje le comenta a Owen:“Si te dedicas a escribir novelas, te dedicas a doblar el tiempo.” (116). Sin duda Valeria Luiselli, en Los ingrávidos, y con un talento y sutileza magistral, hace del instante el más perfecto origami.

 

Los ingrávidos

Valeria Luiselli
Barcelona, Sexto Piso, 2011.

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