Revista Intemperie

Chile: ni equipo de fútbol ni S.A.

Por: Mauricio Hasbún
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Mauricio Hasbún plantea que el desarrollo nacional se ha producido exclusivamente sobre la base del mercado y la privatización del poder económico.

 

Después de 2011 en que las marchas dejaron claro que una reivindicación particular (ambiental en caso Hidroaysén, de igualdad en calidad y accedo en educación, en caso estudiantil) encerraba un reclamo doloroso referido a la constitución de Chile como tal, es válido preguntarse ¿Qué es Chile, qué somos los chilenos? ¿Una empresa, una sociedad anónima, un equipo de fútbol, una familia hiper-extensa, una colección de individuos, de tribus, de grupos económicos?

La pregunta marea, sobre todo si partimos de los planteamientos del historiador Alfredo Jocelyn-Holt que asegura que en Chile no existe revolución que no se haya intentado o perpetrado: la comunitarista, la socialista, la neoliberal. Contestar esta pregunta es esencial  para enfrentar el tema del reparto de la riqueza nacional: si somos una sociedad anónima o un equipo de fútbol, será un reparto vía dividendos, si somos una familia, será un reparto vía solidaridad por vínculo de sangre, si somos una colección de individuos que persiguen su propio interés, será la larvada guerra económica cotidiana de todos contra todos.

Este artículo pretende afirmar una tesis convencional y nada de innovadora: Chile no es ninguna de las anteriores, pues —al menos intenta— ser un estado-nación. Es una perogrullada de manual de educación cívica de los años ’40 del siglo pasado, un lujo que hoy no se permite a los escolares del tercer milenio. Para definir estado-nación, recurriré a un filósofo que hoy tiene fama de liberal decimonónico, de añejo incluso, pero que pensó el tema de la nación, porque le dolía el nacionalismo, le torturaba la guerra civil que ensangrentó a su país y experimento el terror de los particularismos que amenazaban con esterilizar la diversidad de España. Me refiero a José Ortega quien en España invertebrada (1921) aseguraba que el estado-nación es “un sistema de incorporación informado por un proyecto de vida en común”.

¿Un sistema de incorporación? Si el estado-nación tiene alguna nobleza es la perpetua disposición que debe tener para incorporar, al cuerpo de su ciudadanía, a nuevas comunidades sin importar su etnia o cultura. El estado-nación maduro es por esencia universal: es anti natura la existencia de un estado islámico, blanco, negro, católico o judío. Si así lo fuera, estaría situado un escalón previo, en el plano de la organización tribal. El estado-nación en este sentido es secular, multicultural y pluriracial por necesidad, vocación y destino. En este punto debemos contradecir a la historiografía conservadora chilena que presenta como un “activo valioso” la relativa y casi mitológica homogeneidad cultural y racial de Chile (a fuerza, como no, de negar a los pueblos originarios).

Todos los Estados que han tenido relativo éxito se han dedicado a incorporar nuevas ciudadanías. Roma lo hizo por la difusión del latín y la extensión masiva y periódica de la ciudadanía romana a los pueblos de reciente conquista.  Estados Unidos ha crecido y escapado de su enclaustramiento inicial gracias a latinos, judíos, italianos, irlandeses, chinos y una infinidad variopinta de comunidades.

De aquí que nuestro problema es cómo nuestro estado o sus precursores han intentado incorporar a nuevos ciudadanos a su proyecto de vida en común. A primera vista, lo que vemos es que nuestro estilo de incorporación no suele partir de la libertad. En la colonia se inició desde la propaganda, desde la evangelización si se quiere, más tarde, en el orden hacendal, la incorporación fue desde el paternalismo y el incipiente sistema de pulperías que alcanzaría su plenitud en la minería de la plata y el salitre (en este punto es útil consultar la novela La espesura, de Cristián Barros para ver hasta qué punto funcionaba la institución de la pulpería en la hacienda chilena de fines del XIX y principios del XX).

Si lo consideramos con cuidado, el estilo es un continuo, desde los encomenderos con sus indígenas a evangelizar, los hacendados y sus peones con el mismo ADN que los siervos de la gleba, luego los proletarios mineros que no reciben pago en dinero, sino en fichas para comprar en la pulpería de la compañía que los emplea. Para remachar el círculo, en el Chile sobre urbanizado de hoy, la pulpería es reemplazada por la multitienda, la ficha salitrera por la tarjeta de crédito comercial y el consumo de subsistencia por el consumo  suntuario. La sofisticación suprema de todo el sistema es el sistema privado de pensiones en el cual el trabajador “compra o fabrica” su pensión por medio de un operador privado que invierte sus ahorros en las mismas empresas en que los trabajadores laboran. En resumen, el circuito trabajo-producto-remuneración es cerrado, se centra en la captura del valor generado por el trabajador, no permite la libertad del mismo, pues falta algo en el mecanismo de incorporación. Para mayor peculiaridad incluso: el estado está ausente de todos los procesos descritos: encomenderos, hacendados, compañías mineras, multitiendas y AFP son todos entes privados.

Pero vuelvo a la carencia básica del mecanismo de incorporación chileno: la ausencia que nos hace cojear es, sin duda, una instrucción pública universal, laica, de calidad, irrenunciable y abrumadoramente gratuita. El ciudadano contemporáneo debe tener una sólida formación cívica en su vertiente política (derechos, deberes, comprensión del Estado y la democracia), como en su vertiente económica (comprensión de conceptos básicos de endeudamiento, tasas de interés, sistemas de ahorro, consumo racional, entre otras materias). Sin estos elementos, el ciudadano es como Adán en Nueva York, dispone de todos los medios, pero no sabe cómo y para qué usarlos, por lo que, al final, los medios, en lugar de servirlo, lo devoran (exceso de endeudamiento es el caso arquetípico).

Tenemos así un desarrollo histórico trunco que se ha centrado en la pseudo incorporación, la cual se vale sólo de entidades privadas (encomiendas de indios, haciendas, compañías mineras, multitiendas, AFPs), por una parte y, por otra, en la captura del salario del trabajador (fichas y pulperías en salitreras) hasta el actual consumo hipermoderno que busca mercados ancilares con clientes que compran todo en un mismo grupo de multitiendas.

Esto no es una forma de hablar, es una realidad claustrofóbica: imagine un domingo cualquiera, una familia promedio entra al Tottus a comprar leche para el consumo semanal, sigue al Homecenter para hacerse de las latas de pintura que ansía para enlucir su cocina y cierra su ciclo en Falabella para comprar pantalones a los niños. En este círculo clausurado se entrega gran parte del salario del trabajador (share of the wallet, o participación en la billetera en jerga marketera) a un mismo grupo económico. ¿Pulpería hipermoderna?

Sé que bajo estos argumentos hay un sustrato antipático, un sonsonete conservador que espera ciudadanos y consumidores competentes por medio de la instrucción pública. Desde la izquierda radical se me podría acusar de tener poca fe en el romántico buen salvaje; desde la derecha más ideologizada, a un neoliberal le pareceré anticuado, pero la verdad es que así como Occidente no ha inventado algo mejor que la democracia para resolver los conflictos, tampoco ha inventado nada mejor que la instrucción pública para incorporar, en libertad, a ciudadanía consciente en proyectos políticos abiertos como lo son los estado-nación modernos.

Voy incluso más lejos: si hubiese que elegir un padre de la patria para el estado moderno de Chile, habría que elegir a Pedro Aguirre Cerda, pues su “gobernar es educar” tenía un trasfondo mucho más profundo y traducible a un “incorporar es educar”.  En 1938, al inaugurar su gobierno, es cuando Chile intenta, por primera vez, embarcarse en un programa de vida política que apuntaba a la incorporación universalista de todos los grupos sociales. “Todas íbamos a ser reinas”, acotaría melancólica la Mistral.

 

Foto: Banksy

Muricio Hasbún @MoroHasbun es escritor y periodista.

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