Revista Intemperie

Ambiente literario v/s ambiente político

Por: Carmen Mantilla
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Carmen Mantilla repasa los desafíos de escribir una crónica y de paso aborda los paralelismos –no siempre positivos– entre literatura y política.

 

Me piden en distendido mensaje que me enfoque en la escritura de una crónica, lo que me acomoda más que otros formatos, pero lo que no significa que no me preocupe: mal que mal soy el perfil que el mundo literario no acepta de buenas a primeras (ni a segundas ni a terceras), y que por tanto lo que exprese tampoco obtendrá visa de residencia literaria o carta blanca, de un porcentaje nada despreciable de los posibles lectores. Luego me relajo y pienso que a confesión de partes, relevo de pruebas:

Leo literatura en forma parcial, no soy omnívora. Súmale a eso que me gusta leer la obra completa de alguien para hacerme una idea general del autor y que me gusta –si es posible- comenzar con libros que reúnan aquello que les ha dado por nombrar géneros menores, principalmente correspondencia, presentaciones de libros suyos y de ellos para otros, entrevistas a medios, etc., por lo que me demoro por cada autor que comienzo a leer entre uno y tres meses, dependiendo de la extensión de su trabajo. Agrégale que tengo un tiempo limitado para dedicarlo a la lectura de autores del género literario, que mi registro profesional viene de un ámbito distinto (soy licenciada en Trabajo Social de una universidad emplazada fuera de Santiago), que me he dedicado desde hace años a la investigación cuantitativa y ahora lo complemento con la docencia en Contabilidad, todo lo cual de por sí me acerca más a la “cuadratura” de los ingenieros que a la flexibilidad mental de los escritores (un reduccionismo debo decir: muchos de los ingenieros procuran con tanto ahínco compensar la rigidez de su profesión, que terminan siendo muchísimo más flexibles que los que rasgan vestiduras de seres sociales y comprometidos).

Por otra parte, me reconozco más cercana a la gestión en cultura que a la cofradía literaria propiamente tal y para la cobertura de chocolate, esto de escribir fue parte del proceso post trauma de mi separación matrimonial, al que me aboqué con la misma dedicación con la que otras mujeres lo superan yendo a yoga. En total, cinco años cuando mucho. Por eso me estresa un poco la petición de escribir una crónica, pero las he visto peor en mi vida (vender tarjetas de navidad en un mall, entrevistar a una niña explotada o ser parte del equipo de trabajo directo en una cárcel de menores, puede ser una circunstancia menos feliz, puedo asegurarlo). Total, afino el ojo y canto a lo calandria en poco rato: Relax, Mantilla.

Hace algunos días hablaba con mi ex marido (en estricto rigor, sigue siendo mi marido, no nos hemos divorciado por la pura paja que nos da el trámite) y me daba la visión desde afuera: “dejaste la política porque estabas cansada de las dobles intenciones, del cálculo inmediato, de la carta bajo la manga, de los mesías… y me da la impresión que ahora el mundo en el que te mueves no es tan distinto”. Lo odié, y lo odié con una persistencia de péndulo. Los ex maridos son amigos con exceso de información. Pero algo de razón tiene Juanito, en lo literario hay perfiles que se pueden hermanar con el mundo de la política:

Están aquellos como los príncipes en la DC, hijos de familias con tradición, de estirpe literaria desde que se tienen memoria y además criados en ambientes “bien”. Y a estos perfiles (y lo digo sin resentimiento, sino sólo como constatación de un hecho), todo se les hace bastante más fácil: en este símil a ellos no se les ofrece escaños públicos, sino que se les ofrece publicación de un libro. Están otros que han llegado donde están a punta de una muñeca de negociadores excelsos, como si fueran esquejes del panzer Insulza. Y hay otros a los que les preguntan por qué se encuentran en el medio, y te responden con una mística sesentera que da ternura.

La literatura no cambia la expresión política de un pueblo, menos cuando se realiza desde una trinchera esencialmente solitaria, sólo tiene una oportunidad de cambiar la faz de un país cuando quienes la desarrollan lo realizan con altura de miras y en espíritu de cuerpo social, sin este mesianismo que tanto acomoda a los directores de talleres y vendedores mayores de libros (comparable sólo a los que ganan elecciones con muchos votos). No cuestiono la calidad intrínseca de un escritor o escritora que desarrolla su trabajo en florido soliloquio o en diálogos medidos, sólo indico que entonces asuma que el impacto de su obra se medirá sólo en el medio para el cual escribe y que no espere el reconocimiento estremecido del resto del país. Entiendo a quienes escriben con una pulcritud de bordado de convento, pero no puedo aceptar que no reconozcan que ello es también una opción política.

Si fuera por seguir hermanando conceptos, probablemente no soy una buena candidata, sino más bien soy de las que hacen el trabajo puerta a puerta porque piensa realmente que X sujeto o sujeta es lo mejor que le podría pasar a una comuna, de esas viejitas bien comprometidas que llegan igual, aunque llueva y la artritis las tenga curcunchas o si fuera niña exploradora, de las que venden las galletas en el barrio. Yo, modestamente, todavía prefiero escuchar a una señora que rima mariposa con hermosa pero que no ha perdido la capacidad de emocionarse poéticamente, que puede recordar una estrofa completa de Benedetti porque es la poesía que le escribió su primer pololo, o a una niña que es capaz de preguntarse en verso las preguntas que los adultos respondemos por encuesta.

 

Foto: 80grados.net

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