Revista Intemperie

La educación de Marcelo Leonart

Por: Nicolás Poblete

Nicolás Poblete alaba el premiado libro de cuentos de Marcelo Leonart, donde los insectos parecen ser la principal metáfora de las ambiciones y pulsiones que Chile barre debajo de la alfombra.

 

Seis relatos conforman el volumen La Educación, por el cual Marcelo Leonart ganó el premio a la mejor obra inédita el año pasado, otorgado por el Consejo del Libro y la Lectura. Se trata de una colección que destaca por la precisión de su lenguaje, primordialmente culto, pero que no se amilana en el momento de hacer contrastes a partir de intervenciones coloquiales o definitivamente burdas, lo que produce un efecto de asombro y frescura. Todos los relatos de este volumen tienen características en común: un narrador masculino, un hijo, una pareja (que puede estar ausente pero que paradójicamente se erige como una presencia oblicua), la inclusión de diversos animales, y el relato de eventos sociales y noticias actuales, que ya forman parte de nuestra idiosincrasia chilena.

En el primer relato, “Crías”, recibimos la cruda analogía que sugiere la narración entre la reproducción avasalladora de las ratas y la rabia con la que se concibe un hijo. Este texto nos introduce en este universo ominoso a partir de un experimento simbiótico. La pareja protagonista batalla contra esta amenaza y se amalgama como un solo cuerpo. Leemos que, en el sueño,hombre y mujer son uno solo: “Delia y yo, imposible pensarnos por separado”. Esto da pie para reflexionar sobre la paternidad como acto irrevocable. Esta es una constante que ronda en el volumen: qué es lo que se gesta, qué es lo que invade, ¿proviene del afuera? ¿Está dentro de nosotros mismos?

El segundo relato, “Los perros” se puede ver como un juego intertextual en el que se trata de hacer una equivalencia excesiva. Estos perros no aúllan aquellas señales con las que intentan guiarse padre e hijo en el magistral cuento de Juan Rulfo “No oyes ladrar los perros”. En el cuento de Rulfo, un padre envejecido acarrea en sus brazos a su hijo herido en busca de un doctor. En “Los perros” los caninos no ladran de modo tan dramático, pero sí advierten el peligro que se esconde en el afuera, el temor que acarrea el desbarranco social y la frustración de la carrera patética en la que se encuentran quienes aspiran al ascenso social. Pero tras la pantalla moderna donde los diseños juegan a favor de la comodidad habitacional, se descubre la misma angustia que contiene el relato de Rulfo: El drama del padre a cargo de un hijo.

“Los perros” rescata el mito urbano del “loco de Lastarria” y su oscuro pasado, y en él se mezclan una resignación humorística masculina, con un protagonista experto en saberes de trivia, conocedor de datos enciclopédicos que lo emasculan y lo proyectan en (la esperanza de) un trabajo volátil. Los cuatro millones de pesos que ha ganado son un trofeo pasado, a la vez que una meta tentadora. Este relato es uno de los más extravagantes y descentrados: la pareja del narrador, Emilia, trabaja como payasa en eventos y, de hecho, el traje de payasa como herencia y posibilidad de travestismo, propone un punto clave de la narración masculina. El ladrido de los perros es señal de procreación, del poder de lo no domesticado, de lo animal que hay en cada uno de nosotros.

En “Los perros” leemos la alucinante interacción entre el mendigo-loco (y sus apocalípticos vaticinios) y el protagonista; cada cual con sus proyecciones dislocadas del otro. Y en ese intercambio también aparecen las réplicas del último terremoto y la miserablía humana espejeada en el consumismo.

“Pájaros negros olfateando la carroña” contiene también más de un referente cultural. Acá no podemos sino recordar al Hitchcock de “Los pájaros”, con la presencia de lo ominoso. En “Pájaros” abundan los cuervos, buitres, la carroña. La (crisis de) pareja como recurrencia es aparejada al fenómeno de la descomposición. Leemos: “Siento como si el olor a podrido viniera de debajo de mi cama”, dice Rena (es una mujer). En el imaginario de “Pájaros” circulan perros en descomposición (à la Greenaway—“Zoo”), gusanos festinando en la putrefacción de un cuerpo que se imagina dentro de un ataúd.

Algo semejante ocurre en “Caparazón” donde los movimientos torpes y desesperados de una tortuga en la tina hacen eco de los intentos por instalarse en una vivienda cómoda. El hallazgo de un huevo de esta tortuga desencadena discusiones sobre el dilema de “traer hijos al mundo”. La tortuga se erige al final del relato como un monstruoso poder absoluto a la Highsmith (Crímenes Bestiales).

Las baratas son las protagonistas del siguiente relato, “Los cuerpos”. Ellas concentran el peso inconsciente, la invasión de una casa por chicos okupas. El protagonista, otra vez un narrador masculino, tiene un sueño kafkiano en el que se transforma en una barata. Él dice: “El lugar que habitábamos era el que nos pertenecía, porque ahí vivíamos como unos animales y como una familia”. “Los cuerpos” se preocupa de un tejido donde el afuera está contaminado por una “situación” incontrolable, según dicen autoridades políticas. Es interesante notar la recurrencia de la palabra “abyección”, concepto que gracias al fascinante ensayo de Julia Kristeva Poderes de la perversión (que elabora a partir de la novela de L.F. Céline Viaje al fin de la noche), sabemos que tiene la cualidad de oponerse al yo. “Lo abyecto, objeto caído, es radicalmente un excluido, y me atrae hacia allí donde el sentido se desploma”.

A pesar de que en “La Educación” también está ese omnipresente padre, aquel omnipresente hijo, la pareja (femenina) que, aunque no esté presente, siempre se intuye o se sugiere en la apariencia de un niño–en gestos de ternura, o incluso a nivel de sinécdoque (pechos); la amenaza del afuera, el miedo a la invasión o la usurpación–, el último relato es el de más largo alcance y el más ambicioso en su denuncia. Acá Leonarthace una serie de asociaciones y consigue un cruce casi imposible: su mirada es panorámica y a la vez microscópica. Hay múltiples líneas que se proyectan: Vemos las aspiraciones sociales y las fantasías de los gendarmes a cargo de la cárcelde San Miguel mientras los presos se queman vivos, donde los seres humanos “viven como animales”. Presenciamosel fracaso de la nave espacial Challenger (que es la preocupación del hijo del protagonista); la denuncia mediática de los 33 mineros rescatados en el norte; las marchas estudiantiles. Y también el testimonio de una mujer que le confiesa al narrador su incursión en la prostitución, como forma de subsistencia.

En el último relato, al igual que en “Los perros”, Leonart despliega con destreza su facilidad para ingresar en hablas marginales y captar con atento oído los giros y expresiones, incluso la sintaxis, que perfilan personajes subalternos. Es el caso del vecino okupa, un allegado al barrio cuyo sueño, de niño, era ser astronauta. Acá ocurre una equivalencia imposible: el interés del hijo de averiguar los detalles de la explosión del SpaceChallengerse cruza con la confesión del okupa que lo infantiliza y lo acerca al espacio de enunciación de otro que en su subalternidad es imposible de asimilar.

¿Es este volumen un mismo cuento con distintos escenarios? Los hombres que protagonizan estos cuentos, ¿son el mismo con distintos nombres? ¿Son éstos escenarios similares con personajes equivalentes? ¿Naipes de la misma baraja? El riesgo que corre este abordaje monocromático se desvanece si entendemos este corpus como una arquitectura construida sobre un nodo que sustenta estas preocupaciones (obsesivas, recurrentes, necesarias). Se trata de una colección deliberadamente concebida bajo un mismo signo. Precisamente aquí radica su mérito: en la noción de común denominador que porta el libro. Estos no son cuentos reunidos en una publicación, sino textos hilados finamente para calzar en unahorma que se proyecta como un volumen que se sostiene por sí solo.

 

La Educación

Marcelo Leonart
Santiago, Tajamar Editores, 2012.

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