Revista Intemperie

Nuevos narradores argentinos: Edgardo Scott

Por: Pablo Torche
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Autor de tres libros, y destacado frecuentemente entre las nuevas voces argentinas, Edgardo Scott nos cuenta de sus influencias, la escena política argentina, y la visión que existe de Chile

 

Edgardo Scott nació en Lanús en 1978. Es autor de la novela breve No basta que mires, no basta que creas (Edulp, 2008) de libro de cuentos Los refugios (Edulp, 2010), y recientemente de la novela El exceso, (Gárgola 2012), que recrea a través de la perspectiva de cinco personajes, un cuadro posible de la sociedad argentina en la década de los ’90.

Además, es fundador del grupo “Alejandría” que organiza lecturas de narrativa en Buenos Aires, donde se encuentran autores consagrados con voces emergentes, y se desempeña como psicoanalista.

Sobre todo en los cuentos de “Los refugios” se detecta un interés por escarbar por debajo de una cierta “normalidad cotidiana”, por entrar en una zona más oscura, más “anormal”. ¿Cómo relacionas tu trabajo de psicoanalista con tu literatura? ¿Dirías que hay un interés en escarbar en un sustrato de pulsiones más ocultas? 

Creo que, como la mayoría de los escritores, no soy muy consciente de cuáles son “mis temas”, aunque de a poco voy reconociendo algunas insistencias. Es cierto lo que decís sobre Los refugios; hay un intento de escarbar por debajo de cierta “normalidad cotidiana”; y como no soy un escritor de argumentos, tiendo a captar y confiar en eso que Joyce llamaba las epifanías. Ese momento donde uno ve lo mismo de otra forma, donde uno siente que le están dictando algo. Una especie de desdoblamiento de la realidad. Eso me suele pasar bastante seguido, sin buscarlo. Por ejemplo, el otro día, después de ir, como todos los meses, a pagar las expensas de mi departamento, sentí que había cerrado un cuento cuando conocí al hijo del hombre que siempre me cobra las expensas, jaja. Cada vez que iba a esa oficina, por el ambiente, por el tipo -un fumador compulsivo- y por la situación en sí, yo siempre pensaba: esto va a ser un cuento. Y bueno, la última vez que pagué las expensas lo cerré.

Con respecto al psicoanálisis, además de ser mi trabajo, en la literatura lo tengo más a mano para leer que para escribir. El psicoanálisis es un gran sistema de lectura. Pero para escribir, escribo con lo que siempre se escapa del análisis: por un lado mis fantasmas y por otro lo real.

En tu novela “El exceso” hay un deseo de cubrir una sociedad entera, a través de un “fresco” de varios personajes, de varias perspectivas ¿Tenías efectivamente esa ambición decimonónica?

Sí, quería hacer una novela, como se suele decir, “grande”. O mejor dicho, una vez que supe que iba a contar todo ese período que iba desde el ´89 al 2001 en Argentina, y que tuve la estructura y el tono, me daba cuenta de que eso no iba a poder ser una novela muy breve. En verdad El exceso tampoco es tan larga; en mi formato son más o menos 350 páginas. Lo que pasa es que cada vez nos acostumbramos más, no sé bien por qué, a novelas con la estructura y duración de las nouvelles. O a cuentos largos. No lo digo sólo por la extensión sino por la intención. Yo sigo creyendo que la novela debe reponer un “mundo”; y en un mundo deben caber muchas cosas. Y por otro lado, la verdad es que uno de los motores que me alientan a escribir es el de cierta “resistencia artística”. Me gusta tratar de ir por caminos laterales, menos frecuentados. Cuando escribía El exceso me gustaba pensar que estaba escribiendo una especie de “El arca rusa” (la película de Sokúrov) o una versión de “Cicatrices”.

¿Hay también en esta novela un evidente interés político? ¿Por qué elegir la década de los ’90, qué te interesaba abordar allí?

Bueno, en los últimos años, a lo largo de la última década, pongamos, hubo en Argentina una gran puesta en marcha a todo nivel, de la memoria de la dictadura (´76-´82), cosa que me pareció muy bien y muy necesaria; y que además fue hecha desde diversos ángulos. Pero a diferencia de otros autores de mi generación, y probablemente como no suelo pensar en argumentos, yo nunca sentí que podía abordar desde la ficción esa época. En cambio, tal vez porque crecí durante lo que en Argentina se llamó el “menemismo” (cuando comenzó tenía 11 años, cuando terminó tenía 23), y como me parecía que hasta ahora sólo muy superficialmente se había tratado esa época, intenté escribir algo más minucioso, más detallado; por eso en El exceso está la ficción, las escenas de la vida privada de 5 personajes durante esos años, pero también están esos microensayos que interrumpen, que caen sobre el relato novelesco; ciertos objetos que se cristalizaron en esa época: el peaje, la miseria, el lugar de los medios masivos, el consumo, los cartoneros, los atentados, etc.

Más allá de tu novela en particular, ¿cómo ves la relación entre política y literatura en Argentina? ¿Qué se busca, y qué se aporta desde la literatura al turbulento debate político actual en Argentina?

La relación entre política y literatura es una relación central en la literatura argentina; tal vez lo sea en toda literatura, pero en nuestro caso es fundacional y explícita: los primeros y grandes textos argentinos tienen esa marca; el Facundo, de Sarmiento, El matadero, de Echeverría, Amalia, de Mármol, El Martín Fierro…; es más, a diferencia de Piglia, que juega con la idea de que Borges es el último escritor del siglo diecinueve (una hipótesis de todas formas justificada por un lado), para mí Borges claramente es un escritor de vanguardia, del siglo veinte; entre otras cosas porque en su ficción toma distancia de ese eje político que había sido nodal para nuestra literatura.

Y en lo que refiere a la cuestión política en sí, creo que hoy hay un momento de mucha polarización, sólo comparable, a mi criterio y por lo que he leído, al momento del “primer peronismo”. O se está con el gobierno o se está contra el gobierno. Tanto el discurso oficialista como el de la oposición y el de la prensa han favorecido ese antagonismo, que si bien no es nuevo en Argentina, ha vuelto a recrudecerse.

Ese antagonismo no fue sin consecuencias para los escritores, y de hecho, muchos se ubican de uno u otro lado. En mi caso, la política me interesa tanto, que necesariamente guardo cierta distancia de los partidismos, supongo que para poder tener cierta lectura, que es lo que más me convoca y lo que además puedo aportar. Y en lo que refiere a la ficción, a lo que escribo, es una insistencia natural en lo que escribo. Sin ser militantes, en mi casa, en mi infancia, mis padres siempre hablaban con pasión de la política.

Siguiendo el hilo político y social, ¿cómo se ve Chile desde Argentina; qué imagen da esta sociedad desde allá?

Argentina es un país, como casi todo el mundo sabe, muy “narcisista” (siempre hablamos del imaginario, de una representación general pero que a su vez se encarna en el discurso, y en las voces de muchos sujetos). Y por eso, aunque sus gobiernos fomenten o impidan las relaciones con los países limítrofes, “hermanos”, y de Latinoamérica, no hay un interés genuino en la gente por ese intercambio. En Argentina se suele percibir al resto de los países de la región –a excepción de Brasil- como países que quieren “aprovecharse” de Argentina; de sus recursos, a todo nivel, y hasta de su gente. Una visión paranoide y perezosa. Es un poco como el imaginario de Estados Unidos hacia todo el mundo, pero que en Argentina se parcializa hacia Latinoamérica. Entonces Chile, como Uruguay o Paraguay son vistos de ese modo. Tal vez los “peores” vistos sean Bolivia, Perú y Paraguay, porque de ellos hemos recibido una mayor emigración.

Sin embargo, en el último tiempo, durante la última década en Argentina (desde los Kirchner, para ser claros) cierto sector de la centroderecha argentina encuentra en Chile un modelo de sociedad y de país a seguir. Nos lo presentan como un país modelo; que no es corrupto, austero, mejor organizado, más eficaz.

Pasando a un plano más literario ¿cuáles han sido tus influencias literarias, qué autores dirías que te han marcado y cómo?

Muchos. Siempre es una alegría descubrir un autor o un nuevo texto. Es uno de los privilegios que me da Alejandría, conocer cada mes autores nuevos. Tanto Los refugios como El exceso creo que reúnen mis lecturas de varios autores que son referentes para mí, sobre todo en el trabajo de una prosa despojada de oralidad; son autores que trabajan la frase con el rigor del verso: Borges, Juan José Saer, Felisberto Hernández, Di Benedetto, Luis Gusmán, Onetti, Carlos Correas. Escritores donde lo que predomina es la escritura más que la narración. No porque la oralidad no me interese; Puig o Bioy la manejan muy bien y los admiro, pero volviendo a algo que dije antes, me parece que no podía aportar mucho desde ahí; entonces preferí tratar de delimitar un territorio de lenguaje sin ese registro; también porque me interesaba un lenguaje reflexivo y a veces la oralidad no es muy fecunda para eso.

En las últimas décadas la influencia de la literatura norteamericana ha sido notoria sobre los narradores latinoamericanos: el trabajo con la frase corta, el apego al realismo y a cierto decadentismo, la preferencia por escenas  truncadas de la vida cotidiana. ¿Compartes esa visión, crees que está presente aún en los autores argentinos, te sientes reflejado por ella?

Sí, sobre todo cuando comencé a escribir (pero creo que todavía tiene su peso), autores como Carver o John Cheever, eran referentes ineludibles en la joven narrativa argentina. Creo que hoy ya no es tan así. Y no porque esos autores no lo merezcan -me parecen grandes autores-, pero creo que se ha abierto un poco ese rango. En lo personal, no soy un gran lector de literatura estadounidense (no hasta ahora); sí he leído a Faulkner, un poco de Hemingway, Porter, Salinger, Mc Cullers, Fante, Bukowsky, también Carver, pero tengo una “filiación” más europea.

¿En qué estás trabajando ahora, qué nuevos proyectos vienen?

Estoy escribiendo una novela, que en cierto modo es la continuación de un personaje de mi primera nouvelle. El personaje, que en aquella novela “compartía cartel” con otra protagonista, me volvió a hablar. Así que decidí darle más espacio. La novela se llama Meditación de la bestia y alterna una serie de crímenes de un violador y asesino serial de mujeres, con una parte muy introspectiva, y con fragmentos del diario de Jonathan Harker, del Drácula, pero reescritos. Como inspiración.

También estoy cerrando un libro de poemas. Y tengo para corregir un libro de cuentos. Soy bastante poligámico en la escritura.

Para terminar, ¿qué pregunta te harías a ti mismo y cómo te la responderías?

Jaja, preguntas retóricas, supongo. Me preguntaría, por ejemplo: ¿pensás que Independiente va a descender?, ¿Avanzará el gobierno argentino con su proyecto de re-reelección? ¿Se unirán Moyano y Macri y Scioli? ¿Llegarás a escribir una novela de mil páginas? Es decir, preguntas para las que no tengo respuesta.

 

Foto: casadeletrasbuenosaires.blogspot.com

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