Revista Intemperie

A la caza del misterio Ferdydurke

Por: Andrés Olave
ferdydurke

Andrés Olave desentraña el nombre de la novela más famosa –e inentendible– de Witold Gomborowicz, y reflexiona de pasada sobre la ancestral tendencia del ser humano hacia lo apócrifo

 

A mediados de 1939 llega al puerto de Buenos Aires el Chrobry, barco procedente de Europa en la que venía una comitiva de escritores polacos a un encuentro cultural, un poco a la manera del viaje que nuestros más reputados escritores realizan a estas horas rumbo a Guadalajara. En la comitiva polaca venía Witold Gombrowicz (1904-1969), joven escritor que hasta entonces había llevado una promisoria carrera literaria en Varsovia. Autor de varios cuentos, obras de teatro y con una respetable currículo como critico literario, Gombrowicz desembarcó en Buenos Aires casi al mismo tiempo que las tropas alemanas daban inicio a la invasión a Polonia.

De la noche a la mañana, Gombrowicz se descubre como un hombre sin una patria a la cual regresar. Resignado, comienza una suerte de auto exilio que durara más de veinte años, donde, como un completo extraño, quedará entregado a los avatares de la pobreza, la soledad y la nostalgia del mundo perdido. Es en ese contexto que Sábato lo conoce, gracias a un breve cuento –Filiforr forrado de niño, que será parte del manuscrito final de Ferdydurke– que Gombrowicz había publicado en la revista Papeles de Buenos Aires. Profundamente interesado, Sábato gestionó un encuentro del que recuerda:

“Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral. Era difícil adivinar debajo de esa coraza el cálido fondo humano que latía en aquel exilado vagamente conde, pero auténticamente aristócrata.”

Por una serie de afortunadas circunstancias, entre las que destacan el apoyo de varios intelectuales porteños, Gombrowicz logra finalmente publicar en 1947, la que a la larga seria su más preciada obra, Ferdydurke. La historia de un tipo de 30 años que, a lo Gregorio Samsa, despierta convertido en un adolescente de 15, y que, desde el prisma de esta inesperada segunda juventud lanza una mirada acida y satírica a la sociedad europea de su época.

Reconocida como una gran obra por la crítica y el público, la novela de Gombrowicz resulta también llamativa por su excéntrico título.  El término Ferdydurke no significa nada en polaco o en ningún otro idioma conocido. La palabra tampoco aparece en ninguna otra parte del libro que no sea el titulo. Es como si García Márquez le hubiese puesto “Archen Banchem” a Cien Años de Soledad, o Donoso hubiese titulado “Lacustropía” al Obsceno  pájaro. Una cuestión que de puro ininteligible comienza a ser un misterio.

Alguna vez le preguntaron al propio Gombrowicz  y éste, esquivando el bulto dijo: “es el nombre de una calle de mi ciudad natal”. Dándole un par de vueltas al internet, se puede comprobar que el misterio persiste, pese a haber sido publicada hace más de medio siglo.  Por lo mismo, fue totalmente justificable mi estupor por lo que me dijo al respecto una pareja polaca que conocí en la altiplánica pero siempre cosmopolita San Pedro de Atacama.

Los encontré en un bar donde bebían cerveza a destajo, solo haciendo largas pausas para ir los dos al baño y entregarse a las artes amatorias. Esa noche hablamos de las mismas cosas anodinas que suelen interesar a todos los turistas, hasta que, al ver que la conversación decaía, les pregunté si conocían a Gombrowicz. El rostro de los polacos se iluminó, y nos perdimos entonces en la accidentada historia del escritor. Llegamos inevitablemente al problema del título y ellos se encogieron de hombros. Es una expresión típicamente polaca, dijeron. La chica, una rubia de ojos azules que parecía una modelo de catálogo, cogió un lápiz. Se escribe así, dijo:

for the door key

¿Qué significa? Ella me lanzó una mirada cálida. Se refiere a nuestros rostros, dijo. Por ejemplo, cuando recién llegamos, no nos conocíamos, eras un desconocido. Pero cuando hablaste de Gombrowicz, supimos que había una conexión entre nosotros, lo que nos hizo aflojar nuestras defensas, y acaso, dulcificó nuestros rostros. Dijiste Gombrowicz y abriste una puerta que contactó nuestras almas.

Asentí impresionado y me quedé pensando. La teoría de los polacos, de hecho, tendría algún sentido sino fuese porque investigando un poco más, di con la tesis del novelista Bogdan Baran, que dice que Ferdydurke surgió de un personaje de una novela de Sinclair Lewis, Freddy Durke, publicada allá en los años treinta. Pero entonces, ¿por qué la explicación apócrifa de los polacos? Puede ser por esa tendencia innata en los seres a inventar respuestas idílicas o míticas para cubrir aquello que desconocemos. Puede ser porque si hay algo que válidamente deba imponerse al misterio ha de ser lo poético. De hecho, la revelación de Baran es absolutamente prosaica en comparación a la soñada versión de los polacos: que a veces las barreras que nos separan unos de otros pueden ser derribadas; que una sola frase secreta abre el muro de la cueva de los ladrones; que en sus años de exilio en Buenos Aires, Gombrowicz alguna vez soñó con una palabra mágica que lo liberara de su extrañamiento y su soledad, que le permitiera ver el rostro hermético del otro y luego, pudiera cruzar al otro lado.

 

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