Revista Intemperie

Majestuosidad y ruinas

Por: Luis López-Aliaga

Luis López-Aliaga presenta el último poemario de Juan Manuel Silva Barandica, que escarba en el pasado tal como hace un álbum de familia.

 

Una tarde de octubre, en Lima, Watanabe me regaló un libro hermoso que se llama La memoria del ojo. Un libro de fotos sobre la inmigración japonesa en el Perú. Cien años de historia en blanco y negro, en sepia, donde casi siempre los personajes aparecen mirando a la cámara. Los primos y tíos de todos. Los abuelos. Anónimos peones que trabajaban por contratos miserables, metidos en medio de un cañaveral, achicharrados por el sol; peluqueros vestidos como doctores; la foto que se le manda a la parentela en Japón,simulando una prosperidad de mentira.

Algo así es el poemario Trasandino (La Calabaza del Diablo, 2012), de Juan Manuel Silva Barandica. Más que un libro, un álbum de familia. Fotos pegadas con chinches sobre hojas de cartulina ahuesada, como “una mariposa de noche en la hoja de la cala”. Es bella esa imagen. Una mariposa de noche, una polilla, sobre una hoja de cala. Con cubierta de brocato, las páginas del álbum se despliegan como los carros del Ferrocarril Trasandino, ahora sólo ruinas en la cordillera.

Álbum de familia, “pero estas hojas también intentan reflejar al mundo”. Porque así, pegando fotos en un mural, se constituye, por ejemplo, una nación. Y una patria, su independencia que vino desde la cordillera. Una ficción como cualquier otra: “Los padres mienten a los hijos por piedad y esos hijos mentirán alguna vez por olvido”, se dice en Aquello que llamábamos correr. Con esos hilos tenues y azarosos se cosen las páginas de la historia de una familia, que es la historia de todas las familias.

Y se escribe siempre desde las ruinas, desde la ruina. Como Carrera –uno de los personajes que rondan estas páginas- que declaraba  que su mujer “no aportó a nuestro matrimonio por dote cosa alguna, y que, lejos de haber gananciales, hemos sufrido pérdidas y menoscabos causados por los contrastes de la revolución”.

Reparte la ruina a manos llenas, para sus hijos. No hay otra. Las fotos son el legado, pero son también ruinas, detrito. Apenas, quizás, una mancha desde donde inventar un pasado. Arlt  viaja acá con una maleta liviana, inventándose un origen que está en cualquier parte. Le genealogía como una ficción, un invento.

Pero hay que hacerlo. Hay que inventar una y otra vez esa historia que, como dice Aniceto Hevia, otro de los convocados en Trasandino, “es una historia larga y, lo que es peor, confusa”. Una historia conocida, además. La historia de nuestros padres, de nuestros abuelos, esos que vinieron “a tirar el progreso encima de la tierra”.

La ilusión de fijar con un chinche las cosas, nombrarlas y enumerarlas. Ese es el poema. La pava con agua caliente, la montura y las riendas empolvándose en el patio, los berlines, la máquina Singer. Como si creyéramos que pronunciando en voz alta el número y la calle de nuestra casa de la infancia sonará, en alguna parte, el timbre: el 262 de la calle Tacuarí, Luis Beltrán 2125. Una enumeración de personas y cosas perdidas. Una genealogía sin jerarquías, un árbol horizontal, como una ligustrina bien podada cubriendo la casa.

Argentino Antonio Barandica, la abuela Lita,  Claudio Silva Martínez y Claudio Silva Barandica, los hermanos Carrera, Noemí Martínez, Di Benedetto, Roberto Arlt, María Guadalupe Barandica, Borges y su bisabuelo, Pedro Henríquez Ureña, que ya es  casi un personaje de Borges, Elly Camila Scarcella, Elisa María Barandica, Manuel Rojas y Romilio Llanca, Laguna, Leticia Silva Barandica, Julio Scarzella, Leandro Urbina, Álvarez Condarco, Emilio y Antonio Silva,  Rugendas, Luca Prodan,   Yupanqui, Juan Manuel Silva Barandica.

La parentela completa, en cuclillas o empinándose para salir en la foto. Fotos que hablan. Fotos que son espejos. La faz de los antepasados en la propia. Recuerdos que se transfieren, se confunde su procedencia, se recuerda lo que otros recordaron. Hay algo borgeano en eso, cuántico y cuático, de senderos que se cruzan, de azares. Las mismas preguntas, la misma incertidumbre que se hereda.

El hablante se mete en las fotos, se instala y posa dentro, click. Habla  desde la foto hacia nosotros, que hojeamos el álbum. Vivos y muertos aquí tienen la misma consistencia, están todos vivos, todos muertos. Merodea el sentido espiritista. Es un tema en el que feliz ahondaría, si no estuviera tan desprestigiado. Sobre todo después de Psíquicos y de las hermanas Peña. Pero aquí hablan los muertos. Cadáveres conversando al fragor de un mate. Uno los escucha. Es como un canto de pájaro, de un colibrí.

Son cosas raras, lo sé, como creer en la reencarnación. En la posibilidad de que el abuelo sea ese colibrí que se pierde detrás de un árbol, o la uva del vino mendocino que nos tomaremos dentro de un rato.

Lo otro es mirarlo, claro, desde el lado profano. Y asumir que se trata de un esfuerzo inútil. Preservar las fotos en medio de la ruina. El libro entero es entonces un lamento, un aullido que se revela inútilmente a la muerte, a “este aciago supurarse día a día”. ¿Pero qué es si no el discurso espiritista? ¿Qué es si no la literatura? Se mueren los abuelos, se mueren los padres, los siguientes somos nosotros.

Y es que se va, ya se fue, esa juventud que sí tenía energía para las grandes empresas, como cruzar en mula una cordillera. No hay, creo, mejor símil de la juventud que este que aquí se establece: “los años en que mi falo era duro como un central uruguayo”.

Pero ojo, aquí no hay un culto a ese odioso central uruguayo. En un tiempo de histérica complacencia hacia la juventud, aquí se escucha a los viejos, se los escucha conversar mientras ceban el mate.

Porque escucharlos es, finalmente, una forma de aceptación, de sabiduría.

“Estoy aprendiendo a morir- digo,
e intento adiestrar el oído
hallar en mi voz la de mis mayores “

Texto leído en la presentación del libro.

 

Trasandino

Juan Manuel Silva Barandica
Santiago, La Calabaza del Diablo, 2012

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.