Revista Intemperie

Cuentos breves de Hugo Forno

Por: Andrea Jeftanovic

Andrea Jeftanovic alaba el muestrario de psicopatologías humanas y santiaguinas, recogidas con buen oído en el conjunto de textos breves de Hugo Forno.

 

Jíbaro (Chancacazo, 2012), es una colección de cuentos breves que son verdaderas minas antipersonales. Tome uno, cualquiera, y le explotará en sus manos. El mismo autor lo sabe, y así lo enuncia, en su último cuento, REC, que funciona como arte poética, dice de sí mismo: “Lanza la piedra y sale arrancando”.

El cuento breve o el micro cuento es un arte de la condensación, de golpes rápidos, muy anterior al twitter. El relato breve tiene su mecánica, casi siempre estas mínimas historias responden a la pregunta: ¿Sabe qué sucedió? Forno siempre responde, a veces con golpes knock out, de puño, con un latigazo en nuestro corazón, con una mirada de odio. El autor agrega, “El cuento corto es su fuerte. Le interesa lo pequeño porque no tiene pasta para lo grande”.

Lo pequeño, lo grande.

Quizás una forma de presentar Jíbaro es pensar que es un libro que abre pistas de sonido. Precisamente, el seguirá explayando su oficio así: “La ciudad habla y los ciudadanos parlotean. Todos tienen algo que decir. Es cosa de afinar el oído. De apretar REC”.

Una de esas pistas de sonido tiene que ver con psicopatología de la vida cotidiana, tomando un título de Freud. Cuando creemos que estamos en el universo del chileno medio, del santiaguino medio, del ciudadano común y corriente en cuya vida no pasa nada, aflora la violencia. El autor entra con lente y artillería para desmenuzar patéticas existencias en medio del desgano y la tragedia: El ajuste de cuentas en un  cité, la rutina del nightstalker que merodea sus víctimas cada noche, el junior de oficina que escucha voces hasta cometer un crimen, la bala loca que sorprende al empleado cobrando su primer sueldo, el vecino que hace carne molida con el gato del barrio, la adolescente de trece años que se suicida temerariamente, el niño que cae pisos abajo y enuncia su última frase, el chico con retraso mental que se quema con la sopa por la culpa religiosa y social, el violador del callejón que le pide a las víctimas que canten una canción mientras las ataca, el chico que sabe que tiene SIDA pese a la negación de la madre.

El narrador nos ubica en la ventana de la micro, de la micro amarrilla y luego la del transantiago; en uno de los relatos dice y continúa con su metodología creativa: “Va sentado en una micro. Ve pasar las calles. Va mirando por la ventanilla en busca de nueva materia prima”. Jíbaro tiene así algo de la  ventana indiscreta de la película de Alfred Hitchkock: vemos el crimen pero no podemos hacer nada, nos hunde en una abatida impotencia. Hay una historia en la que un grupo de pasajeros ve una escena de violencia intrafamiliar. Ven los golpes pero avanzan por las avenidas porque seguramente han dado la luz verde, y avanzan por las calles, con sus cabezas cabizbajas, las miradas de reojo incómodas y cómplices.

Las ventanas se suceden unas a otras: el jefe, el boss exitoso que se suicida sin explicación, el trabajador de Mc Donald´s que introduce un alfiler en la hamburguesa, el adolescente que se masturba siguiendo una rígida rutina.

Hay otra pista de sonido que tiene que ver con las penas de amor, la asimetría que implica toda relación amorosa: acá “escucho” los relatos sobre el último adiós que parece una ceremonia de casamiento, muchas escenas de infidelidad, amantes desconocidos, amantes de larga data, sexo en moteles de cuarta categoría, sexo rápido en un auto, llamadas no correspondidas. O bien el amor sutil, el amor secreto, el amor juvenil. Pero el amor también puede ser peligroso: un escolar mata a otro  por celos,  el amor de un ser distinto que se va de viaje y  nunca regresa y queda como una interrogante enmarcada en una foto en blanco y negro. La sensación de ruina de una mujer cuando cumple 54 años y está enferma y se resigna a tolerar el secreto de la amante joven del marido. ¿Qué puede hacer si va a buscar el diagnóstico tras el último escáner? Solamente perder la batalla en silencio. O bien, la pareja clandestina que se conoce en la plaza Ñuñoa, la noticia trágica que se deja en la contestadora desde un llamado de larga distancia. La mujer que sufre una crisis personal y amorosa en medio del supermercado, se cae la pirámide de productos como su debacle íntima.  Acompañamos a estos personajes experimentando una verdadera catarsis, una compasión que nos arrasa.

Los personajes de Jíbaro son dueñas de casa demasiado tímidas, dotadas de pudor y retraimiento, hombres que no sale de su estado infantil, psicópatas entrañables. Acá está el alma, la cartografía humana de la clase media, pero no socioeconómica, sino de la clase medio existencial. La nueva  clase media habitada de fracasos y de miedos. Endeudados,  inmóviles en sus modestas existencias, impotentes frente al destino. La realidad cotidiana se vuelve alucinación y obsesiva meditación existencial.  Todos a puntos de naufragar, débiles, pausados, masticando su miseria. Y en ese sentido es un libro sin tregua, crudo en su brevedad, y sorpresivo en sus ficciones súbitas. Pequeñas vidas, de almas y corazones jibarizados. Personajes atrapados en la suerte, el azar, el maldito destino: El que “casi” tuvo una vida feliz si no fuera porque un lanza le provoca un ataque cardíaco, “el casi” si no fuera porque la niña y el perro cruzan la calle justo cuando pasa un auto.

Otra pista de sonido la constituyen los personajes freaks. Acá el personaje es el motor de la acción narrativa. Una galería de personajes de Santiago, de provincia, del mundo. Un paisaje humano ominoso presente en el imaginario o el inconsciente colectivo: por ejemplo, el Bebé viejo que pasea por Santiago en pilucho y con babero, el hombre- mano-fenómeno que recorre las micros, la loca del pueblo en la estación de buses, el Rey del mote con huesillo, el pescador deportivo que se cree Hemingway, la nana peruana, el mafioso italiano, el cantante del bar el Cinzano.

O bien está el narrador patiperro que transita por Europa a ritmo beat. Viaja a Nápoles, Florencia, París, Madrid con hallazgos mínimos pero contundentes. Siempre escucha y dirige la mirada a ese detalle que desestabiliza la postal turística. Por ejemplo, el anciano degenerado en la estación de trenes de Spezia.

Hay un universo de masculinidades en la pista de sonido del árbol genealógico: los genoveses en Chile, la torpe paternidad en una sala de cine, la abuela con una vida sufrida con el abuelo que ahora padece de Alzheimer y que va perdiendo palabras, un veterano de la Guerra Civil (A la trinchera, soldado), la noticia del avión que cayó con cientos de niños congelados, el computador como centro de la disputa familiar, las hijas que juegan con barbies.

Jíbaro es un hermosolibro de perfiles humanos trazados con finura, con tan buen oído. Libro del catálogo de las miserias del chileno medio y del ciudadano global. Cada uno cincelado hasta la fibra más íntima, la más vulnerable. Sí, es un libro que nos habla de la vulnerabilidad de nuestras vidas con valentía, sin concesiones, y  por eso llega lejos.

Es también un libro que pondría la programación de días de radio, alguien escucha y reproduce atentamente el rumor de la ciudad y la humanidad, registra su ritmo, la canción que palpita, o la que está de moda. Forno escribe este potente volumen en todas las bandas: baja, media y  alta frecuencia. En cada una de ellas, el comportamiento de las ondas y de los personajes es diferente; siempre huye de la fórmula.

Lo pequeño, lo grande. Lo grande en lo pequeño. Deje que su cabeza quede reducida a estos micromundos.

¿El autor, aprieta el botón del gatillo o el botón de la grabadora?

A veces ambos.

Sí, Hugo Forno en Jíbaro nos mueve entre un campo magnético y un campo minado. Escucha y graba, lanza la piedra sin oír el estallido que deja en nosotros, los lectores.

Recuerde: “La ciudad habla y los ciudadanos parlotean. Todos tienen algo que decir. Es cosa de afinar el oído. De apretar REC”.

Es un libro feroz, léalo sin perder el aliento, cerrando los ojos, respirando profundo en los finales, tomando asiento y protegiéndose de la onda expansiva de sus explosiones. Mueva perrillas y descubra más pistas de sonido. En esa búsqueda yo tuve un hallazgo en esta última lectura. Y es una frase, un mensaje que quiero grabar para este querido autor:

“Los libros cuando dicen la verdad, duelen”

REC

 

Texto leído en la presentación del libro.

 

Jíbaro

Hugo Forno
Santiago, Chancacazo, 2012

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