Revista Intemperie

¿Qué onda la edición independiente en regiones?

Por: Daniel Rojas Pachas
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El editor Daniel Rojas Pachas nos pone al día respecto del panorama literario en la zona norte, el retaguardismo cultural y las oportunidades de integración internacional.

 

A mi juicio, hablar de la industria editorial en el norte como una escena articulada y autosuficiente, resulta pretencioso (hablo desde la experiencia y sin matices de denuncia en contra del centralismo en clave llorona). En esta materia hay que primero reconocer las falencias inmediatas que tocan a los actores locales y desde allí, repensar el contexto que habitamos, para luego recién desgranar el tema a nivel nacional.

Es claro que muchos de los que editamos en Chile a escala microeditorial, tropezamos en algún punto de la cadena productiva que busca poner el libro en manos del lector. Pues bien, en el norte estas condiciones se agravan y nuestras principales desventajas se constatan a nivel de mercado y de diálogo con los pares del país. En el norte, de Arica a Copiapó, no hay librerías especializadas que permitan el flujo de libros que escapen al catálogo de grandes editoriales, lo que termina por sumir al lector en un abandono e ignorancia de lo que realmente está pasando a nivel narrativo, poético y ensayístico hoy.

Pensemos entonces en el lector promedio del norte, conformista y ceñido a la lectura escolar, universitaria o de los medios; claramente está atrapado. La alternativa para un lector ansioso sigue siendo la compra por internet, las descargas de material en pdf o la lectura en revistas online y desde luego los viajes.

Esta especie de grillete cultural puede explicar también la asfixia en las escrituras, un retaguardismo de horror y un exceso de lugares comunes, falta de propuestas y el chiche chauvinista y patrimonial que permite al escritor oficial, digamos el poeta del valle o el narrador del pueblo, mantener su cómodo lugar ante la municipalidad, la sociedad de escritores y la prensa provinciana, publicando año a año el mismo libro con ligeras variantes.

Por citar un momento random que resulta clarificador, en Iquique el año pasado, en el marco de un encuentro de poesía que ya lleva tres versiones, poetas de todo el país leyeron en un colegio y los maestros presentes, al terminar la intervención, no encontraron mejor forma de explicar las estéticas disímiles de los autores que aludiendo a Mala onda, de Alberto Fuguet.

A ese nivel operan las referencias, con un atraso de décadas en materia de lecturas. Y bien, ¿qué se hace al respecto? Talleres abiertos dirigidos a jóvenes, encuentros binacionales o trinacionales de poesía y narrativa, aprovechando las fronteras inmediatas, publicar traducciones, trabajar con géneros impensados, terror, ciencia ficción, abrir muestras editoriales y en ese sentido educar con respecto a la producción del libro, profesionalizar el trabajo que se ha hecho y se continuará haciendo y de ese modo ir combatiendo la autoedición como forma de legitimidad social y los consecuentes caudillismos que reaccionan con violencia y matonaje por miedo a dejar en evidencia su mediocridad.

Ahora, ¿dónde está el conflicto? Pues bien, todo lo enunciado lleva al editor a cumplir roles que no le competen o quizá sí, pues nadie más se tiende a hacerse cargo, y como el ejercicio de publicación y difusión requiere naturalmente de un primer mercado, el inmediato, que para ser justos, en estas coordenadas o no existe o está en pañales, hay que lisa y llanamente empezar de cero, de modo que si la tarea del escritor es escribir, y la del editor editar, lo lógico es decirse en ciertos minutos de lucidez, ¿qué hace uno armando encuentros y congresos como si fuera productor de eventos, dictando talleres como maestro, vendiendo libros como librero y escribiendo crítica en medios alternativos?

La respuesta es obvia: visibilizar, porque ese es el cuerpo que toma la tarea. Y no es un trabajo de meses, pues la inercia está asentada en las bases, por ello, en estas plazas, si editas y publicas libros, debes tener un espacio de venta, lo que te lleva a ser librero, luego, para promover, si es que quieres mover los libros fuera de tu localidad, empiezas con las giras y lanzamientos de ciudad en ciudad, y en esos trotes, para persuadir al lector, es necesario no sólo presentar el libro sino también al autor, y combatir la ridícula idea de fama y éxito que constituye una barrera a la hora de que alguien se decida a comprar el libro de un escritor que no le suena, pues no aparece en los medios masivos, así que es necesario también gestionar encuentros o viajar con los creadores, y así sucesivamente se va forjando toda una cadena de actividades que en el aislamiento de provincia resuenan con mayor urgencia que en la suma de provincias, comunas o distritos que son Santiago, Lima, Buenos Aires, Ciudad de México, u otros espacios donde converge un colectivo de actores especializados, agentes de venta, libreros con una curaduría clara, autores, diseñadores, ferias del libro y más de uno para tal caso. Por ende, lugares donde hay un circuito, perfectible pero real, y el editor, puede tranquilamente hacer su trabajo y desaparecer.

En síntesis, sin ciertas figuras clave que operan como factótum el cochecito de la industria literaria en estas regiones extremas no andaría, y ahí empieza la paradoja de todo esto, pues emanan los caudillismos chauvinistas, el trabajo en bloque, y muchos se ven tentados a cerrar sus filas para proteger pequeños nichos históricos y su acostumbrada endogamia. Los nombres saltan a la vista, y en esa disyuntiva, entre sobrexponerse y desaparecer, el trabajo de la escritura se tergiversa, pues el acto solitario y hasta solipsista de crear comienza a volverse un intercambio gregario que sólo puede entenderse si sopesamos las carencias pero más que todo, si las dinamitamos.

En el caso particular de la frontera (Arica), que es desde donde opera la editorial que dirijo, Cinosargo, a riesgo de ser autorreferente, tenemos ventajas que sin duda otras regiones del país y del mismo norte no tienen. Imprentas en Tacna, salidas inmediatas a dos mercados internacionales, Perú y Bolivia, contacto con voces emergentes y consagradas del resto de América. Eso explica nuestras nomadías, y el poder someter a nuestros autores a la crítica no sólo interna sino también externas, garantizándoles espacios de exposición y diálogo más cosmopolitas que Santiago y sus alrededores. Esto no implica abandonar al lector chileno y en general al mercado local, es tan solo una respuesta lógica a la naturaleza del lugar, el norte es una zona con población flotante, multicultural y acostumbrado a las importaciones y exportaciones de productos. Por lo mismo, llevando esto al terreno del libro, a esa parte práctica que muchas veces los artistas detestan considerar, el editor también tiene que ser para tal caso un experto en movimientos aduaneros, tener una solida contabilidad y estar en constante tránsito y tráfico. Y en esos avatares rítmicos de la carretera, poco tiempo queda para llorar y pensar en grandes orbes con la nostalgia de nuestros predecesores.

 

Foto: Lament of the Images (instalación) Alfredo Jaar, 2002.

Daniel Rojas Pachas @Cinosargoeditor es escritor, traductor y editor de la editorial Cinosargo.

2 Comentarios

  1. Jorge dice:

    excelente opinión. sólo puedo añadir dos cosas puntuales:
    1. en regiones, más urgente que multiplicar editoriales, es tomarse espacios en los medios de comunicación. secciones estables en diarios y revistas donde se pueda dar a conocer las obras al público.
    2. a estas alturas de la historia, me parece inútil seguir mendigando rincones invisibles en librerías que son frecuentadas, en su mayoría (y paradójicamente), por no-lectores. las editoriales pequeñas deberían jugárselas por otros rincones más inexplorados, como por ejemplo: instalando góndolas en universidades y terminales de buses (y hasta en bares), con ediciones de bolsillo a precios módicos.

  2. Paulo dice:

    “(…)lo que termina por sumir al lector en un abandono e ignorancia de lo que realmente está pasando a nivel narrativo, poético y ensayístico hoy”

    ¿De tanto nos perdemos?

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