Revista Intemperie

Hay historias que también pueden ser imaginadas desde Chile

Por: Héctor Rojas Pérez

Las posibilidades que nos da la escritura y la literatura, es lo que ve Héctor Rojas en la novela Soldados perdidos.

 

Soldados perdidos es la primera novela de Alejandro Cabrera Olea, que a pesar de ser un libro muy extenso, contribuye a darle voz a una historia menor, lo que es un gran atributo en consideración de la seguidilla de libros que han apareciendo para contar su versión de la década de los 80´. El contexto histórico que se evoca es claro: la dictadura y el fallido atentado para matar a Pinochet. Este suceso que podría dar origen a una memoria definida por estos acontecimientos, en realidad toma un desvío en otras direcciones.

Rodrigo Rojas se nos presenta al inicio como un escolar que gana un concurso de cuentos y que se va el fin de semana a Quinteros con su profesora, quien por un accidente entra en coma antes de que se vuelvan a ver el lunes en el colegio en la premiación. En la inútil espera de que Angélica, la profesora, despierte, Rodrigo sigue escribiendo en su diario con fechas al revés con la abreviación a.C. (antes de Cristo), una posibilidad escritural al avance del tiempo que siempre va hacia adelante, pero que puede ser escrito de otra manera. Durante la misma espera muere Rodrigo Rojas, un periodista víctima de la dictadura que, debido a que tiene su mismo nombre, crea la sensación de que hubiera muerto él. Esta es una referencia al hecho ocurrido en una protesta en 1986, donde Rodrigo Andrés Rojas De Negri, periodista, murió a causa de las quemaduras provocadas por un vehículo militar. Hay algo literariamente maravilloso ocurriendo en ese momento en la novela. Cuando el periodista muere, el niño que lleva su mismo nombre siente como si muriera él y a su vez permite que su presencia en el hospital cree la sensación de que el fotógrafo no hubiera muerto o quedara en parte vivo en el niño, lo que produce un cambio que si bien solo es simbólico, es un gesto que la literatura permite.

Rodrigo Rojas, en el siguiente capítulo, es más grande y viaja acompañado de otros jóvenes en una combi a la playa; allá planean matar a Pinochet. El suceso que sí se lleva a cabo es que decide cambiarse el nombre a Juan Perro “para la guerra”, como él dice. Juan Perro aparece en los capítulos siguientes, más adulto hablando de la distancia que tiene con su hijo, cuando viajó a Buenos Aires o como autor de un cuento que aparece enmarcado y firmado en la narración –un plagio como declara el personaje–; también aparece en Nueva York como John Dog y dejándole a su amigo Robinson Guajardo lo que él llama “su primer cuento norteamericano”. Esto último, la marca literaria, es una de las líneas que se puede seguir en Soldados perdidos, ideas sobre cómo podrían llamarse los cuentos, posibles ideas sobre qué escribir, apuntes acumulados, en fin, muchos indicios de prácticas literarias que funcionan como entre medios de la historia que podría entenderse como la central, pero al igual que el título de la novela, quizás está perdida entre el resto del texto.

Si retomamos el encuentro de los dos Rodrigos al inicio de la novela tenemos que distinguir que hay una decisión clara. La presencia de un personaje históricamente conocido y tan idelógicamente marcado no aparece sin ser un gesto, quizás un gesto de generación que el autor desliza con escritores/as que se han comprometido con lo chileno como asunto de discusión (Nona Fernández, por ejemplo, que además escribe en la contraportada del libro). El nuevo Rodrigo, emprende un viaje errático, tiene problemas con la madre de su hijo, se va a Buenos Aires, más tarde nos enteramos que está en Estados Unidos y ha traducido su nombre de guerra, sigue en eso, sigue en una batalla lejos de un frente de batalla a miles de kilómetros al sur, o ha encontrado una guerra más grande –me niego a pensar que lo que sugiere es la generalización de que en Estados Unidos se luchan las batallas grandes–. Hay otro personaje que cruza la frontera por tierra desde México y escucha a Víctor Jara y ve películas gringas; todas estas son historias que también pueden ser imaginadas desde Chile, versiones de una historia a la que se le escaparon soldados y civiles, que se largaron lejos y protagonizan otras historias.

La impresión de la novela es que existe la posibilidad de desaparecer entre las luces de los camiones que pasan por la Panamericana como cometas a ras de tierra, o de que los dulces chilenos que venden en la carretera sean alucinógenos; es posible que el tiempo vaya en una u otra dirección, pero no lo vemos, porque nunca nos detenemos a pensar en que la historia, incluso la que vivimos día a día, podría ser un cuento escrito con la intención de decir algo. En Soldados perdidos de Alejandro Cabrera Olea las posibilidades se abren hacia la escritura como canal de transformación de lo ocurrido, o de las otras versiones de quienes están lejos perdidos en otras guerras, en otros usos horarios.

 

Soldados perdidos

Alejandro Cabrera Olea
Santiago, Das Kapital, 2011.

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