Revista Intemperie

Paseos en Nueva York

Por: Francisco Díaz Klaassen
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Francisco Díaz Klaassen sobre eventos literarios en Nueva York, recuerdos de Samuel Beckett, Sergio Pitol y la obsolescencia y generosidad literaria

 

La semana pasada, dos escritores reconocidos, uno español, el otro norteamericano, uno de Barcelona, el otro de Brooklyn, dieron una charla conjunta en la ciudad. Auditorio medianamente repleto, intérpretes, preguntas y respuestas que ya todos hemos escuchado muchas veces. Pero dentro de ese guión repetido y anodino, un par de anécdotas que rescatar.

Una involucraba a Samuel Beckett, al que el escritor norteamericano conoció en Dublín cuando tenía veinte años. Se juntaron en un café. Beckett apuntaba cosas en una libreta. Le dijo al norteamericano que estaba terminando de traducir al inglés una de sus primeras novelas y que volver a leerla había sido decepcionante; que en esta nueva versión pensaba dejar fuera un veinticinco por ciento del texto original. El norteamericano le rogó que no lo hiciera, le dijo que era uno de sus libros favoritos, que era perfecto así como estaba. Beckett negó con la cabeza, le dijo que “not so much, no”. Debe haber tenido en ese momento sesenta y cinco años, los mismos que tiene ahora el norteamericano. El irlandés fue generoso y sencillo, según el recuerdo. Le preguntó por las cosas que escribía y las que leía, le dio consejos, en fin, una postal decimonónica. Cuando la velada llegaba a su fin, Beckett se inclinó en la mesa y le hizo una señal para que se acercara. En la intimidad de esa cercanía, le espetó un: “¿de verdad creíste que era una buena novela?”.

La otra anécdota la protagonizaba el español. Se trataba de un viaje que había hecho a México cuando todavía no había publicado nada. Allí había sido recibido generosamente por Sergio Pitol, quien lo invitó a su casa y lo conminó a explayarse sobre su vida y sus gustos y sus sueños y todas esas cosas que cuando uno tiene veinte años está dispuesto a contar.

El resto de la noche transcurrió como suelen transcurrir estas cosas. Con risas exageradas ante chistes que se han repetido en veinte auditorios más. Con largas filas de personas buscando fotos y autógrafos o algún guiño para exhibir luego como trofeo. Yo había ido con un amigo cubano que también escribe, y a medida que nos alejábamos de la concurrencia nos encontramos comentando esas dos anécdotas que acabo de describir. El cubano estaba sorprendido por el miedo a la obsolescencia que se desprendía de ellas. Por la —según él— forzada inclusión de escritores canónicos en el cuento, que de alguna manera venían a validar a estos dos, o al menos a ponerlos en cierta línea. Yo me había quedado pensando más bien en la generosidad. De los escritores, sobre todo, pero también en la generosidad sin más, en la calle, con desconocidos, con la gente más joven.

Pienso que los escritores consagrados ya no van a trabajar a los cafés. Que a la vía pública recurren cuando tienen que publicitar un libro nuevo. Y que entonces se exhiben a través de estos circos literarios que se montan con tanta asiduidad y a los que uno asiste como encantado. De alguna manera son espejos o fantasmas de un viejo resabio del siglo veinte. Las figuras como celebridades y las celebridades como sujetos especiales.

 

Foto: Steve Wilson

 

Fransisco Díaz Klaassen @diazklaassen es escritor, autor de Antología del cuento nuevo chileno y El hombre sin acción.

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