Revista Intemperie

Se enciende la polémica sobre la crítica literaria

Por: Intemperie
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A propósito de una columna de Sebastián Edwards, disparando ácidos dardos contra connotados críticos nacionales, se encendió un debate sobre la calidad de este género en Chile. Aquí las opiniones de José Ignacio Silva, Andrés Olave, Pablo Torche y Juan Pablo Pereira.

 

Es personal, por José Ignacio Silva 

El pasado 20 de octubre, un artículo del economista chileno Sebastián Edwards Figueroa fue publicado en La Tercera. Nada raro, hasta ahí. “Nuestras guerras culturales”, se titula la columna. Luego de una primera parte atiborrada de la desesperación de Edwards de situarse como interlocutor superior en temas culturales, y de refregarle al prójimo su nutrido CV, en un tercer apartado, llamado “Rencillas a la chilena”, empieza la columna verdadera del profesor de UCLA. La idea era hincarle el diente a la crítica literaria nacional.

Edwards abre su intervención con un paso en falso. Citando a la manoseada polémica de los poetas chilenos tutelares del siglo XX, y sobre la cual se ha escrito, idealizado y fantaseado hasta el hartazgo. Edwards Figueroa usa ese pobre recurso manriqueano, suspirando un debate anquilosado que ya no sirve mucho para hablar sobre el hoy, pero sí para afilar sus propios colmillos.

De inmediato, Edwards de las Tanias solamente valida como críticos literarios a Pedro Gandolfo y José Promis (es decir, para Edwards solamente se hace crítica literaria en El Mercurio). “Si un observador extranjero (¿el propio Edwards Figueroa?) llegara a nuestro país, concluiría que con contadas excepciones -Pedro Gandolfo, José Promis y uno que otro más-, los críticos chilenos son autorreferentes, escriben bastante mal y odian a los escritores con éxito”; a las claras ese “observador extranjero” sería miope o derechamente ignaro.

En fin, el plato fuerte del texto es el ataque fiero a Patricia Espinosa. Antes Edwards descubre la pólvora y apunta que “Detrás de esta aparente falta de ideologización, en las rencillas literarias chilenas hay, al igual que en otros lugares, un trasfondo político”. Edwards cree estar haciendo una denuncia, cuando en realidad su trasnochado destape de olla no hace más que constatar una realidad inherente a todo ejercicio crítico que se precie de tal. Ignacio Valente tenía también trasfondo político. En un cariz similar, Matías Rivas (quien se acaba de bajar del avión a la Feria del Libro de Guadalajara 2012) señaló, en una carta al director en La Tercera, ante el texto de Edwards Figueroa: “toda crítica siempre es un ejercicio político en la medida en que se toman posiciones estéticas que van aparejadas a las ideológicas”, lo que en el caso de Patricia Espinosa se cumple a cabalidad. Pero se intuye que Edwards Figueroa apunta más bien a una “izquierdización” del discurso, una “izquierdización” que le molesta bastante y lo ha reflejado en su obra, consagrada, al parecer, a recalentar la Guerra Fría.

En rigor, no vale mucho la pena referirse a lo que el de las Tanias dice sobre Patricia Espinosa. Es un discurso pequeño, repetido de los mismos que han visto sus libros perjudicados por una reseña desfavorable escrita por la mentada comentarista. Con todo, y sin ánimo de hacer defensas corporativas –a diferencia de Edwards Figueroa, según denuncia Matías Rivas-, desconocer la labor crítica que ha hecho durante años (haciéndose cargo de libros que la prensa desprecia o ignora, entre ellos, los de poesía) es el súmmum de la ignorancia. Se puede concordar o disentir de lo comentado, pero hay una trayectoria.

La victimización de Edwards (claramente ataviado con la camiseta del team de los escritores mancillados), bordea lo lastimero, y, desafortunadamente, no es una actitud extraña en otros escribidores de la plaza; “en Chile vivimos una guerra unilateral (?), donde los de un bando -los críticos que aborrecen la literatura convencional- usan un variado arsenal mediático para mantener a sus contrincantes a raya”. ¿A qué se referirá Edwards cuando aduce una “guerra unilateral” -una unilateralidad con dos bandos, curiosísimo- con supuesta ventaja de los críticos, y al hablar de “arsenal mediático”?, la pregunta viene a cuento en un momento en que la crítica literaria en Chile ha ido perdiendo espacio en prensa ante columnistas de segunda división y opinólogos de potrero, de la laya del propio Edwards, además de tener nulo peso en cuestiones editoriales, hoy manejadas esencialmente por las áreas de marketing de los grandes megaconsorcios del libro con sede en Chile. Entonces, el susodicho “arsenal mediático” con suerte superaría una pistola de agua y un par de bombitas. ¿Cuál es la supuesta desventaja de aquellos como Edwards Figueroa, que cuentan con las espaldas anchas de la industria multinacional del libro para publicar sus obras? ¿De qué habla Edwards Figueroa cuando dice que los críticos (generalizando, desde luego) mantienen a sus “contrincantes a raya”? ¿Por qué se habla de guerra?

Lo que sí es cierto es que el debate sobre la crítica literaria en Chile es un gran pendiente.  Artículos como el de Edwards Figueroa son aleteos que, curiosamente, suelen aparecer cada cierto tiempo en las páginas de La Tercera, protagonizados por escritores vapuleados por la crítica (hoy fue Edwards Figueroa, ayer fueron Ampuero y Rivera Letelier). Voladores de luces como estas glosas de poca monta y de intenciones aviesas no dejan nada en limpio, sino que alimentan la pérfida noción de que en Chile no se hace o no hay crítica literaria. Por cierto que cualquier intento de debate en Chile empieza mal y termina poco más allá. En esta pasada, es cuando Edwards califica a Patricia Espinosa de “estalinista”, o a las reseñas de Juan Manuel Vial como “cómicamente pretenciosas”. Caer en la pequeñez acusete del nombre y el apellido no hace más que dinamitar cualquier intentona de avance. Nota al margen sobre el diario que “piensa sin límites”: el papel que ha cumplido La Tercera en todo este fandango de cartulina es reprobable. Cada cuatro años más o menos se recalienta esta polémica de baja estofa y mala leche, y ahora el diario permite agresiones gratuitas en contra de sus colaboradores, en este caso Juan Manuel Vial.

Cuando la conversa empieza por motivos torcidos, con tonos inadecuados y con voceros de pelaje medio e inferior, pocas peras se le pueden pedir al olmo. El hobby local de darle como punching ball  a la crítica literaria es viejo. Ya no sorprende. Lo que sí sorprendería, y bastante, es que alguno de los que inicia estos jaleos (medios de comunicación incluidos), además de descuerar al comentarista objeto de su odio, propusiera un nuevo modelo de crítica. O cómo arreglar la que ya existe que, supuestamente, no sirve para nada. Si la crítica literaria es un problema, pues que se exponga una solución. La crítica y el reseñismo en Chile son, siempre, actividades a revisar y susceptibles de ser mejorados. Pero ¿cómo se avanza -de verdad- en este sentido cuando los que despotrican solamente despotrican y no indican un nuevo sendero a la cascada? Asimismo, ¿cómo revisar de forma acuciosa la actividad crítica si la ignición del debate es forzada y generalizadora?, porque suele pasar que uno o dos escritores hablan de un crítico y ya eso se infla como globo aerostático, y pasamos espectacularmente a “poner a LA crítica literaria en el banquillo”, o se “enjuicia a LOS (por todos) críticos literarios”.

¿Será posible lograr progresos genuinos cuando las querellas de Edwards Figueroa, sus antecesores y quienes lo seguirán en el departamento de egos zaheridos, se guían por una angurria atroz de cobrar revanchas de quinta categoría? ¿Cómo será posible habilitar esos debates limpios y abiertos que en su tierno corazón ansía Edwards Figueroa, si utiliza la prensa nacional para sus vendettas privadas y mezquinas?

Instalemos el debate, pero hagámoslo bien. Esta malograda pataleta de Edwards Figueroa opera como un recordatorio indirecto. Por su parte, los críticos ya han hecho ensayos en ese sentido. Un ejemplo es el libro La crítica literaria chilena, a cargo de Patricia Espinosa, que reúne ponencias de Camilo Marks (inclemente y crudo en su momento con El misterio de las Tanias en El Mercurio), Álvaro Bisama, Pedro Pablo Guerrero, entre otros, y que da cuenta de que, al menos, hay o hubo voluntad de los comentaristas literarios locales de reflexionar sobre su oficio y ponerlo en perspectiva. Faltan más de estas instancias, eso sí, para avanzar en temas como, por ejemplo, el miedo pánico que existe en Chile respecto del disenso, el escándalo insólito y a ratos pueril que produce una crítica negativa o la obsesión molesta que hay –a nivel de sociedad- por empatarlo todo y acogotar el discurso crítico. Por lo tanto, si los escritores –que suelen carecer de autocrítica o de crítica a sus pares, sobre todo los narradores- van a llegar con una sarta de quejas y sin nada duradero que poner arriba de la mesa, simplemente no se puede entender para qué seguimos rodando la película. Que se levante la sesión.

 

Críticos que disparan a mansalva, por Andrés Olave

Uno de los puntos interesantes de los que habla Edwards es la poca capacidad de réplica que tienen los autores ante los ataques muchas veces ideologizados de los críticos. Que si bien muchos de nuestros autores tienen a su alcance una tribuna, es rara la ocasión en que contestan a las críticas o si lo hacen, son contraatacados de forma furibunda por los críticos, que entonces operan en bloque.

Esto, por supuesto, crea un ambiente enrarecido, feudal, donde la palabra de los críticos nacionales acaba por convertirse en Ley (así con mayúsculas). Recuerdo la crítica que hizo Patricia Espinosa a Carlos Tromben, donde, en esencia, descuartizaba su última novela y le daba de comer los restos a los buitres. Es necesario recordar que Tromben es uno de nuestros narradores más destacados y por lo mismo me parece valido preguntarse cuanta de la aversión que dicha reseña destilaba iba dirigida al autor y cuanta iba en realidad dirigida a Alfaguara, que era la casa editorial, y cuyos libros, por regla general, la Espinosa destroza. Es un ejemplo de como ante las criticas debería existir un mínimo de derecho a réplica, poder abrir el debate y no seguir sumidos como estamos bajo los juicios y diatribas de unos pocos elegidos que al amparo de sus columnas (o trincheras) disparan a mansalva y con total impunidad sobre los autores nacionales.

 

Abramos el campo de la crítica literaria, por Pablo Torche

La columna de Sebastián Edwards yéndose en picada contra la crítica nacional y dando nombres y apellidos, ha desatado una mini polémica en el mundillo cultural, que ha reaccionado en general en contra de estas descarnadas opiniones. Es obvio que la figura de Edwards –un exitoso economista internacional, además de autor de best sellers- despierta suspicacias en el mundo cultural. Por otro lado, la idea de que Edwards buscaba restringir aún más el ya deslavado campo crítico nacional, para promover sólo críticas positivas a best sellers de moda, despertó una alborotada histeria en la siempre quisquillosa intelligentsia nacional.

Mi impresión es que la idea de Edwards nunca fue esto, sino más bien por el contrario, abrir el campo de la crítica a distinta opiniones, que se conecten con distinto tipo de lecturas, algo que es mucho más común en países “desarrollados”, donde los best sellers o libros de difusión masiva son juzgados con mayor lenidad, y cuentan en general con reseñas y comentarios dirigidos a ese público (algo que parece bastante lógico, ¿para qué se haría una crítica de la música de Myriam Hernández, para un público que le gusta Mozart?).

Pero más allá de las intenciones de Edwards, que son puras suposiciones de espíritus susceptibles, creo que es importante ir al punto de fondo. Y en este, tengo que decir que estoy muy de acuerdo con Edwards, pues la crítica nacional de los medios masivos –en los digitales se están haciendo cosas interesantes- es ciertamente débil, restringida, pretenciosa y con una peligrosa tendencia a la descalificación y al auto arrogarse un rol como de emperador romano. Salvo contadas excepciones, tiene casi nula resonancia en el mundo de los lectores, incluso de los más asiduos. Por supuesto que es incómodo que todo esto lo diga un economista y un “tecnócrata” radicado fuera de Chile, y no una actor más validado por el establishment cultural (por decirlo así), pero ese es precisamente el punto, que nadie lo dice en público mientras todos lo comentan y hasta lo lloriquean en privado (excepto los que atesoran una buena reseña improbable, caso en el cual la vociferan como si fuera una reliquia religiosa, algo que trasunta muy poco estilo). En este sentido, me parece hasta positivo que Edwards haya salido de los omnipresentes temas económicos que copan la prensa nacional, para levantar al menos un debate que nadie se había atrevido a levantar.

Quizás con la excepción de Patricia Espinosa, creo que no hay ningún crítico actualmente que haya consolidado una voz reconocible y validada, que incida de alguna forma en la construcción de una opinión. Y es sin duda significativo que Espinosa escriba en un diario más bien de farándula, en un día de semana. Hay por supuesto, críticos con lecturas interesantes y juicios valiosos, pero por distintas razones no se han constituido en referentes. En general, la crítica tiene cero influencia en la opinión y conversación, para no hablar de las ventas. Todos los libreros –incluso los de librerías “literarias”- coinciden que no tienen ningún efecto en el público, simplemente la gente no llega preguntando por el libro que se comentó en el diario el fin de semana. Esto es  raro, no es normal, y es obvio que hay que enfrentarlo. Si los críticos literarios quieren hacer un berrinche simplemente porque se plantea el tema, allá ellos, es parte del ideario de Chile, alguien desliza una crítica y todo el mundo se pone a agredir, descalificar al otro o victimizarse (a menudo las tres).

En general, la crítica literaria nacional está completamente encapsulada, escribe para un mundillo de escritores, no de lectores, tiene muy escasa capacidad de conectarse con un público más amplio. En este sentido, más bien contribuye a que la literatura sea dominada simplemente por el marketing y el mercado, no tiene ninguna capacidad de atravesar esa dura barrera. El caso particular de Patricia Espinosa y Juan Manuel Vial, que Edwards menciona en su columna, son claramente problemáticos. Ambos ejercen una crítica ácida, muchas veces virulenta, dirigida a menudo contra autores debutantes (o casi), con quienes muchas veces literalmente trapean el piso, casi siempre con un lenguaje irónico y descalificatorio, y transitando un límite muy frágil entre la obra y la figura autoral. No conozco a nadie que no piense esto, y me parece verdaderamente patético que ahora todo el mundo cierre filas en torno a estas críticas, como si fueran una especie de dogma sacrosanto (una especie de cura Karadima), al cual no se puede criticar. Es como el síntoma del perro apaleado, que vuelve adonde el amo para que le sigan pegando.

También ambos críticos intercalan a veces críticas a algún best seller de turno (en general Isabel Allende), para destrozarlo desde un punto de vista literario. Esto puede ser entretenido (en realidad no lo es), pero no tiene ninguna utilidad, confunde al público más masivo, y no aporta nada al público más especializado. Quizás para los críticos constituye una especie de “osadía cultural”, pero en realidad es un gesto bastante insulso, completamente mainstream y un poco infantil. En manos de gente con menos formación –en general escritores jóvenes– la crítica de rigor destrozando a alguno de los best seller de moda es casi una operación de auto-validación cultural. Después de eso se ponen a hacer gárgaras con Bolaño, o con algún escritor norteamericano de moda, y listo.

La conclusión es que la mayor parte de los críticos, después de varios años en la prensa connubial, tiene una repercusión casi nula en el debate literario, su opinión es transparente. Mi visión es que en vez de escandalizarse por la crítica a los críticos, y ponerse a hablar en contra de los best sellers (que a estas alturas es casi como criticar a Piñera), mejor aceptar la crítica y tratar de construir un ámbito de debate cultural más amplio y profundo. Es obvio que el crítico debe dar su opinión, emitir un juicio, de vez en cuando es imprescindible denostar algún libro. Eso está completamente garantizado en Chile, y así seguirá siendo, no hay para qué rasgar vestiduras al respecto. Pero no hay que tratar de justificar un supuesto virtuosismo literario, trapeando el piso con proyectos literarios emergentes, descalificando autores por entero –esto Vial lo hace a mundo–, simplemente porque no se ajustan a mis estrechos patrones literarios, o haciendo presunciones, y a menudo descalificando, la figura del autor que hay detrás de la obra.

Por último, creo que lo más importante es buscar alguna forma de conexión con el público, con los lectores, hablarle a alguien, promover un diálogo, no un discursillo autoreferente que sólo sirve para dejar contento a quien lo escribe. De lo contrario la crítica termina convertida un poco en lo que es ahora en Chile: una especie de emperador abandonado, levantando o bajando el dedo frente a un anfiteatro vacío. Ya sé que no debe ser nada fácil buscar y contactarse con un público en un país tan poco lector como Chile, pero bueno, al fin y al cabo, ese es su problema y su labor. Si tanto les gusta criticar, que al menos acepten esta crítica.

 

Mamá, me dijo feo, por Juan Pablo Pereira

En su reciente columna en La Tercera, el economista y escritor Sebastián Edwards acusa a la crítica Patricia Espinosa de “francotiradora”. Parece además que dicho gesto ha pasado como una provocación valiente (cfr. el otro epíteto de “resentida”), que busca desempolvar un debate más o menos anquilosado. Creo que no hay tal. En realidad el ataque de Edwards a Espinosa es oblicuo, oculto tras sus culture wars aunque sin contemplaciones. Hay un nombre para eso y no es muy halagador.

Porque atacar es respetable, siempre y cuando no se intente sacar las castañas con la mano del gato. Que la crítica de Espinosa resulta a veces -muchas veces- discutible es obvio; mal podría ser de otra manera y viene dado por añadidura a un oficio como éste. Dicho lo anterior, Edwards no comprende que lo que él considera graves defectos: la ideologización de Espinosa, una agenda delineada que favorece ciertas posibilidades de la literatura y desestima otras, resultan precisamente prueba de honestidad intelectual, de limpieza de armas en su aproximación crítica. Podrá acusarse de muchas cosas a Patricia Espinosa, pero no de jugar sucio; de jugar rudo, sí claro y bienvenido sea. En un medio crítico de por sí pequeño y con tendencia a ser lo suficientemente inofensivo como para no correr peligro de quedar sin pega, demasiada gente juega sólo a las pelotas seguras. Esto solo ha sido suficiente para consolidar, tal vez magnificar la importancia de la labor de Espinosa y posturas disonantes a la suya, que alcancen su su innegable vehemencia, sin duda que faltan.

El reclamo de Edwards deja patente una insuficiencia de la crítica nacional, pero no la que él cree. Por supuesto que falta debate pero, hasta ahora, la posición amplificada de una crítica como la de Espinosa no se debe a la agresividad que ella despliega en la calificación o descalificación de sus objetos de crítica, sino a la falta de rigor y, porqué no decirlo, de coraje de quienes legítimamente podrían realizar este trabajo desde puntos de vista distintos al suyo. Algo que podría y debería suceder, pero casi no sucede. Así las cosas, el enfoque “sesgado” -es decir situado- de Espinosa tiende inevitablemente a copar el espacio; pero otras lecturas no arrancarán desde posiciones “objetivas” como las que desea Edwards, pues necesariamente intentarán convencernos de que no tienen agenda, que van por la literatura como objeto grato y nada más; y eso, bueno, es mucho más agresivo -por lo insultante, por pretendernos tiernos y bobos- que cualquier juicio de Espinosa, por demoledor que sea.

Hay oscuridades aquí, complejidades que van más allá del “escribir bien” y de la objetividad del Sr. Edwards. La respuesta adecuada a la crítica de Patricia Espinosa es más crítica y no otra cosa. Una crítica no a Espinosa sino literaria, con argumentos, a los textos y los supuestos desde que se leen. Digo esto desde mi desacuerdo general con su programa y cierta coincidencia esporádica. Esto no es tomar el té con un ejemplar de Artes y Letras o  el TLS en el regazo: se juegan cosas en esto, graves, y el valor de la crítica de Patricia Espinosa, cualquiera sea nuestra opinión sobre sus conclusiones, reside en llamar reiteradamente la atención sobre ello. Y otros no lo hacen. Háganlo.

 

Foto: UCLA

7 Comentarios

  1. Hector dice:

    El grupo de escritores y reseñistas que Edwards defiende es blando, cero discurso. Esa crítica ya tiene sus espacios. Y no pocos.

    Patricia Espinoza ha demostrado una propuesta sólida y honesta, que magnifica su voz sin contrapesos. Pero por otro lado, su hiper-ideologización tiende a rebasarse en una mirada gruesa y predecible, como si sopesara los libros con una lista rígida de cuatro puntos (marginalidad, género, etc) y les diera una nota qua ya conocíamos de antemano. Un defecto/virtud, cuyo protagonismo no me imagino por qué no debería ser puesto bajo examen.

    Concuerdo con Pablo Torche. Pase lo que pase, la discusión se seguirá haciendo en una casucha blindada, con olor a encierro. De espaldas al público. Y la falta de diálogo con los lectores seguirá siendo el problema olvidado.

  2. Frigo dice:

    Sensato me parece lo que plantean Torche y Olave, sin embargo creo que Patricia Espinoza no se ha ganado ningún lugar en ninguna parte.Es muchísimo más entretenido e interesante ver diseccionar un ratón que leerla. Todos saben para hacerse un nombre en la crítica el camino más corto es vomitar la misma bilis sazonada con algunos términos técnicos.El largo, es escribir bien. Lo q eso es por que un gran número de personas son fácilmente impresionables y tiene, quizás por lo mismo, muy poca confianza en su propio juicio o en un juicio autónomo.

  3. David dice:

    “Es muchísimo más entretenido e interesante ver diseccionar a un ratón que leer a Patricia Espinosa” El hobby de observar la disección de ratones en lugar de leer a los críticos parece estar en ascenso en Chile, lo cual es sobrecogedor. Pero hay algo todavía peor, la posibilidad de que este hobby se haya practicado siempre, acaso en secreto, y esto nos haya conducido a ser el país de mierda en que nos hemos convertido.

  4. Belem dice:

    Qué interesante aporte el de Torche!

  5. Frigo dice:

    No somos un país de mierda. Este es un país precioso con alguna gente de mierda, que disfruta pateándole el culo a los demás.

  6. José dice:

    Estoy seguro de que en las universidades nadie se enteró de esta “polémica” y las investigaciones sobre literatura se siguen llevando a cabo igual. Estas cosas me parecen más farándula que un debate serio sobre la materia, por lo que no tienen repercusión alguna en los estudios literarios.

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