Revista Intemperie

William Trevor: “haciendo trampa en canasta”

Por: Nicolás Poblete

Nicolás Poblete comenta la última colección de uno de los cuentistas más eximios del idioma inglés, William Trevor, candidato sempiterno al Nobel.

 

William Trevor (junto con Alice Munro) suele ser comparado por muchos a Anton Chejov y considerado uno de los cuentistas vivos más importantes escribiendo actualmente. De hecho, era uno de los nombres que sonaban para el reciente premio Nobel de Literatura.

Con más de 40 publicaciones, el irlandés es un autor que no se debe dejar pasar. Gracias a editorial Salamandra, el público tiene acceso a un volumen totalmente necesario.

El volumen comienza con “El hijo de la modista”, donde Cahal, el hijo del dueño de un garage, conduce a una pareja de españoles que quieren hacer un peregrinaje hacia la “Virgen que llora en pouldearg”, cuyas milagrosas lágrimas (desacreditadas por alguna gente como simple humedad acumulada en los párpados de la escultura) tienen el poder de bendecir un matrimonio. En esta aura mítica, el relato toma un vuelco cuando Cahal atropella a un niño: El hijo de la modista, quien, se sospecha, es hijo del propio padre de Cahal… Esta es una historia acerca del miedo, de cómo el pasado retorna de maneras inesperadas, de la vergüenza que cargan ciertos secretos.

Otra exquisita historia es “Folie à Deux”, donde un rico filatelista reconoce en un restorán parisino a un amigo de la infancia con el que comparte un vergonzoso secreto (que involucra la muerte de un perro). Aparentemente normal, el peso de este secreto pasado se ve reflejado en la evidente locura que ve en este amigo… “Hombres de Irlanda” es otra de las joyas de la colección. En este cuento un ladrón vagabundo regresa después de veinte años a su pueblo para extorsionar al cura, acusándolo de pedofilia. En una atmósfera de misterio, confusión, vergüenza y culpa, el cura paga el precio estipulado por el vago.

En el relato que da título al volumen vemos a Mallory, un hombre recientemente viudo que regresa, por encargo de su esposa, al Bar de Harry, un restorán en Venecia, al que solían ir en momentos pasados—y alegres. En el momento de la narración vemos que Mallory rememora su vida compartida con Julia, quien progresivamente comienza a deteriorarse producto del Alzheimer.  A pesar de que la mujer ya ha muerto, Mallory siente un compromiso afectuoso que le hace emprender este viaje desde Irlanda hasta Venecia, solo por la petición que le ha hecho Julia antes de morir. Pásalo bien, fue el comando. Pero el recuerdo de Mallory está empapado de nostalgia y una cierta tristeza; vemos que Julia a veces lo reconoce, a veces no. Su único pasatiempo con el que verdaderamente goza consiste en jugar canasta. Marido y mujer juegan canasta y, en un truco afectivo, Mallory le permite ganar a ella. Ése es el título original del volumen: “Cheating at Canasta”, algo así como “Haciendo trampa en Canasta”.

En el restorán Mallory ve, en una mesa cercana, a una pareja estadounidense. Están discutiendo y esto le permite recordar un intercambio con su difunta esposa: “‘El matrimonio era un riesgo incalculable’, recordó haberle dicho a su esposa. Julia había estado de acuerdo[…] ‘El amor son ángeles crueles jugando’”. El cuento concluye con el protagonista abordando a esta pareja para contarles su propia historia. A medida que los americanos comienzan a interesarse por el relato, él mismo comprende que su retorno a Venecia no es una manera de revivir, sino de retomar la vida en ese entorno de agua, luz y monumentos imperecederos.

El relato está organizado como una suerte de tributo en el cual es posible ver a este hombre tratando con delicadeza y discreción a su mujer enferma. La narración está impregnada de un fuerte sentimiento de ternura—una emoción difícil de (d)escribir sin caer en la cursilería. William Trevor es maestro en los detalles, tics, gestos que las personas  (generalmente gente común y corriente) ejecutan, y que revelan íntimas motivaciones, reflexiones privadas y reacciones que provienen de una psicología que explora con agudeza, pero que jamás se posiciona como un método exhaustivo; al contrario: estos gestos no son analizados, sino presentados de modo poético. La especulación analítica es fútil a la hora de examinar  los personajes de Trevor, pues su cualidad humana es lo que el autor intenta privilegiar. (Como Chejov –aunque algunos críticos se oponen a esta comparación–, Trevor le hace el quite al juicio, a la explicación. Su ojo se posa en vidas simples donde salen a flote lo cotidiano, lo tragicómico, incluso lo banal).

Una relación perfecta, como decidieron traducir este volumen, es una excelente manera para familiarizarse con un autor decisivo en la escena actual. En estas historias vemos todos los temas que obsesionan a Trevor, de manera microscópica: La pérdida y el remordimiento, la ternura del matrimonio anciano, el duelo y la melancolía e incluso la abyección sexual (que Trevor trabajó en El viaje de Felicia, nouvelle adaptada en 1999 por el canadiense Atom Egoyan).

 

Una relación perfecta

William Trevor
Editorial Salamandra, 2011

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