Revista Intemperie

A esa hora y en esos lugares

Por: Oscar Orellana
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El poderoso texto de Bernard-Marie Koltès, trata de encontrar la luz -y al espectador- más allá de la relación entre un dealer y su cliente, en una larga noche sobre el escenario del Teatro Camino. Escribe aquí Oscar Orellana.

 

“Casi siempre, lo más importante que debemos decir es, esencialmente, lo más difícil de decir. Por eso nunca escucharás a alguien que sufre de soledad confesar: Estoy solo. Porque es ridículo y humillante. Ese alguien, te hablará en cambio, de cosas sin importancia, porque dos personas solo pueden acercarse por medio de la trivialidad”. Así describirá la imposibilidad de relacionarse, Bernard-Marie Koltès -en 1987, dos años antes de morir de sida a los 41 años de edad- en una carta a Patrice Chéreau, quien además de amigo y confidente, fue el encargado de llevar a escena casi todas sus obras.

En la soledad de los campos de algodón, dirigido por Marcelo Alonso, las palabras aparecen como precipitadas de sus límites. Son palabras que intimidan y a las que a veces, es difícil acceder: Me alejo para ser más realista- otra afirmación de Koltès, que subraya su pulsión anárquica, su deseo por internarse profundo en el lenguaje. Más que contar una historia, intenta colgarse del sistema nervioso central del espectador.

En esta obra, un hombre, el cliente (Héctor Noguera), es abordado por otro hombre, el dealer, quien le ofrece algo, un objeto de deseo no especificado. A lo largo del recorrido dramático, las actitudes varían entre ambos personajes, pero siempre es el cliente quien oscila y retrocede ante los ofrecimientos del dealer, el que en un momento llega a afirmar: “No estoy aquí para dar placer, sino para colmar el abismo del deseo, obligar al deseo a tener un nombre, darle una forma y un peso, con la crueldad obligatoria que hay en darle una forma y un peso al deseo”.

El cliente intenta aferrarse a las normas sociales que conducen su vida, esas mismas normas que lo dejan insatisfecho, inconcluso -de ahí el malestar-. Es por tanto, un hombre que se siente alienado por la sociedad de la que participa y en la que se define, el dealer se convierte así en su doble, en ese otro, que le ofrece satisfacer aquello que desea, y que teme: esa clandestinidad mercantilizada.

Toda la acción se desarrolla sobre las oposiciones de estos dos personajes: la legalidad contra lo ilícito, lo humano contra lo animal, la extrañeza contra la normalidad. En un sitio despojado de cualquier marca que permita el reconocimiento. La noche se establece como el tiempo salvaje de la depredación. Somos espectadores de un duelo verbal, de caricias y golpes esbozados en el aire, en que se expone todo y al mismo tiempo no se revela nada; un espacio donde jamás se iluminará el lugar de la transacción.

El montaje a cargo de Alonso es más esforzado que talentoso. La emoción no llega a producirse. Solo a ratos se acerca a un ocasional sentido de misterio –gracias a la musculatura del texto-, no parece dar con la escala precisa y cae en un ritmo monocorde amenazado por la fatiga, con un discutible uso de la luz, de vientos lejanos y sonoridades altiplánicas fofas; una suma de efectos espumosos, que estorban la brutalidad, las insinuaciones de violencia erótica, la atracción entre estos dos personajes crueles, suaves y otra vez crueles.

Koltès, es el topógrafo que mide la extensión del desastre, pero la tragedia no está en su dramaturgia, comienza solo cuando el texto germina en la mente del espectador. Quizá, esta sea la razón por la que molesta cierta desesperación sentimental impregnada en las actuaciones, especialmente en el caso de Noguera.

Hace pocos meses la editorial independiente Chancacazo publicó por primera vez en Chile En la soledad de los campos de algodón, con una cuidada traducción a cargo de Manuela Ossa. Otro motivo para volver a Bernard-Marie Koltès, un dramaturgo para ser visto, pero también para ser leído. Ese autor que terminaba con estas palabras otra de sus cartas: “Siempre he odiado un poco el teatro, porque el teatro es lo opuesto de la vida, pero siempre regreso a él, porque es el único lugar donde se dice aquello que no es la vida”.

 

En la soledad de los campos de algodón

Autor: Bernard-Marie Koltès
Dirección: Marcelo Alonso
Asistente de dirección, Música: Diego Noguera
Elenco: Héctor Noguera, Rodrigo Soto
Traducción: Simón Morales
Diseño integral, Vestuario: Rocío Hernández
Producción artística: Piedad Noguera
Producción ejecutiva: Alexis García
Comunicación: Kika Valdés
Gráfica: Paula Carvajal, Cyril Perez
Teatro Camino
Del 30 agosto al 21 de octubre
Jueves, viernes y sábado 21 hrs. domingo 20:30 hrs.
$6.000 general, $3.000 estudiantes y tercera edad
Lugar: Antupiren 9400, Comunidad Ecológica de Peñalolén, Santiago
Fono: (56 2) 292 0644
Bus de acercamiento gratuito

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