Revista Intemperie

La figura del poeta como una entidad impoluta, limpia del polvo y la paja de su contexto y origen, es una falacia: una entrevista a Jaime Huenún.

Por: Sebastián López
jaime-huebun

Sebastián López conversa con el poeta Jaime Huenún acerca de su infancia en dictadura, sus primeras lecturas y el carácter anti-colonialista de la poesía mapuche y de la poesía en general en una sociedad colonialista como la chilena

 

Mi infancia y adolescencia las viví en un campamento de Osorno llamado “Nueva Esperanza”. Allí mi padre construyó una cantina, una especie de lanchón ebrio varado en el negro y frío barro del sur. Atendí ese local, junto a mi hermano Mauricio, desde los 8 a los 20 años, escanciando vino, chicha de manzana y cerveza a parroquianos y parroquianas de toda laya y catadura. Con frecuencia debíamos interponernos entre quienes se trenzaban a patadas, combos y cuchillazos. Gestos para nada heroicos, en realidad; sólo inútiles aspavientos infantiles con los que tratábamos de evitar la destrucción del mobiliario y la mercadería. Recuerdo que dos o tres veces por semana, carabineros solía llevarse presa a la mitad de la clientela, todos obreros agrícolas, vendedores ambulantes, delincuentes de baja estofa o empleados del PEM o del POJH.

Como casi todos los niños de mi población, asistí a la escuela pública de la dictadura. Ahí, al compás de una escuálida banda de guerra estudiantil, nos hacían marchar una vez por semana, a veces bajo la rígida mirada de un teniente o un sargento del Regimiento de Ingenieros Nº 4 Arauco. Fui luego reclutado por los jesuitas del Colegio San Mateo, un establecimiento en el que los sacerdotes hacían frente al clasismo con regulares dosis de buena onda cristiana y una política de integración moderadamente progresista. Después de clases volvía a mis labores, a esa cantina que era para mí El Gran Teatro del Mundo, un espacio decadente y esplendente a la vez donde, para solazar al público entristecido por el alcohol y las miserias, ponía a girar en un antiguo pick up los discos de Leo Dan, Javier Solís o los Vicking 5.

Mi “vocación literaria” inicial estuvo más bien cimentada en mi afán lector: desde primero básico leía todo lo que llegaba a mis manos, todo impreso que trajera el viento, ya fueran historietas, la revista “Atalaya” de los Testigos de Jehová o los pocos libros a los que podía acceder. El año 1982, recuerdo, gané un concurso provincial de poesía. Obtuve un diploma y un jugoso premio de cinco mil pesos, con el que me compré una chaqueta de cuero sintético y un par de zapatillas. El resto del dinero lo ocuparon mis padres para viajar a Valdivia, al velatorio y entierro de mi abuela materna. Creo que ese primer reconocimiento condicionó en mí la búsqueda de esa identidad idealizada: la del poeta. Entusiasmado, decidí perseverar, instruirme un poco más en la materia. Pero en esos tiempos, acceder a la  literatura era una tarea compleja. Las bibliotecas escolares no existían. Los libros -en especial aquellos que no contenían información práctica- eran calificados como contrarios al orden establecido. Y la lectura de poesía que no fuera de contenido patriótico o edificante, cosa de vagos, locos o peor aún, de comunistas y terroristas. Pero, a pesar de esos estigmas, ahorré algunas monedas y compré dos libritos en oferta: Rimas y Leyendas de Bécquer y Campos de Castilla de Antonio Machado.

Luego el azar hizo lo suyo: un vecino huilliche llamado Miguel Huenchuán, llevó a mi cantina una caja platanera llena de novelas y poemarios que recogía o robaba del colegio en el que trabajaba. Dicho botín lo trocó sin titubear por cervezas y botellas de vino. Yo me sumergí en esa caja por meses, sacando de ella libro tras libro: Cien años de Soledad, La Metamorfosis, Fuenteovejuna, Canto General, Los pasos perdidos, Final del juego, etc. Leí de manera febril todos esos textos casi incomprensibles, repletos de palabras que no aparecían en el diccionario Aristos que mantenía bajo el mesón. Y claro, poseído como estaba por esa literatura canónica, traté de escribir copiando sus tonos y lenguajes. Llené un par de cuadernos con poemas y embriones de cuentos, los que afortunadamente sirvieron después para encender la leña y el carbón en medio del torrencial invierno que aplastaba la ciudad.

*

Empecé a escribir a los 10 u 11 años. No sé exactamente qué fue lo que me empujó a esa práctica, pero ciertos estados y colores del paisaje, así como ciertos personajes y algunas conversaciones escuchadas al voleo, me detonaban imágenes y reflexiones que precariamente transfería a la escritura. Sin embargo, a los 17 años, después de pasar por un taller que dirigiera el poeta Sergio Mansilla, comencé a hacerlo con cierta conciencia del oficio. Ahí, apabullado por sus razonables comentarios críticos, entendí de golpe que las palmaditas en la espalda no sirven para escribir poesía. Mansilla me invitaba con frecuencia a su casa dándome, además, acceso a su biblioteca. Allí estaban los autores capitales: Cardenal, Neruda, Pound, Vallejo, Baudelaire, Whitman,  Martínez Rivas, De Rokha, Parra, Rojas, Díaz-Casanueva y unos cuantos poetas griegos: Elytis, Seferis, Ritsos, Palamás, Kazantzakis. Ahí estaba parte importante de la nueva poesía chilena de los ’70 y ’80, la generación diezmada, los láricos y los jóvenes poetas sureños. Con todos esos referentes a la mano, no podía seguir escribiendo poemitas vagamente liricoides. Había que arreglar el panizo, había que imaginar algo que tuviera sentido y fundamento, algo que narrara no sólo mis altibajos emocionales, sino que también a los Otros, a aquellos que formaban parte de ese mundo y ese tiempo tenso y corroído. En el invierno de 1986 asistí a una lectura de Gonzalo Rojas. Llovía a chuzos en Osorno y al recital no llegaron más de 15 personas. En medio de tal desolación escuché, apoltronado en una butaca, esa voz rasposa, coloquial y ceremonial a la vez. Algo nuevo asomó ahí: era el lenguaje aparentemente liberado, una serie de  ritmos dialogando, jugando con cesuras imprevistas que delineaban un territorio sonoro al que se ajustaban las imágenes, los significados. Escribí, tiempo después, en medio del caos del almuerzo familiar, el poema “Libro”, deudor en lo formal del texto “Sebastián Acevedo” de Rojas. Comprendí que el poema no era, no debía ser, una pura excrecencia del alma ni un anodino jugueteo formal con las palabras. El poema debía sumergirse en el lodo y en la transparencia de las aguas personales, históricas, culturales, lingüísticas y saltar, como un brillante y efímero pez, sobre el cauce prosaico del presente.

La figura del poeta como la encarnación de una entidad universal, impoluta, limpia del polvo y la paja de su contexto y origen, es una falacia. Como individuos y escritores pertenecemos a un espacio cultural, a un territorio geopolítico, a un tiempo y a un idioma determinado. Y eso no quiere decir que no podamos transitar por las culturas del mundo o que no podamos confrontar, compartir o explorar identidades y realidades estéticas distintas a las propias. Mi condición mapuche-huilliche es un factor importante, vital,  aunque no el único, para situarme (o para que me sitúen) en la realidad social, política y cultural del país. Otra cosa son las requisitorias o demandas de instituciones y personas que construyen estereotipos de los sujetos indígenas y que, por lo mismo, exigen que éstos se comporten de tal o cual modo o que hablen y escriban sólo de un mundo idealizado y exótico. De un tiempo a esta parte, en una sociedad colonialista como la chilena, se ha hecho habitual que los indios y mestizos debamos presentar credenciales y competencias étnicas para poder ser plenamente identificados, traducidos y finalmente reducidos.

La poesía es un campo en que la diversidad humana se hace patente, eso es innegable; de hecho, en sus dos ámbitos de funcionamiento – la oralidad y la escritura- sigue constituyendo una expresión válida en que la voz individual recoge la voz colectiva, los sueños y las pesadillas de la tribu, el conocimiento individual y el conocimiento social.Y quienes pertenecemos a un pueblo originario por filiación sanguínea, identitaria o cultural, no constituimos necesariamente un batallón de infantería. Es absolutamente lógico que entre los poetas mapuches existan diferencias discursivas, puesto que cada cual sigue sus intereses, obsesiones y búsquedas y en tales procesos cada cual adscribe a un lenguaje y a una memoria personal diferenciada. Hay puntos en que los poetas indígenas se encuentran y otros en los que se distancian. En el caso de las poéticas mapuches podemos advertir tendencias ancestralistas o esencialistas, ligadas a la oralidad, al uso del mapuzugun como lengua literaria y a una cosmovisión más o menos incontaminada, y otras líneas transculturales fuertemente vinculadas a ejercicios literarios de cuño occidental. ¿Por qué ocurre esto? Simplemente porque la sociedad mapuche no es una sociedad monolítica, ninguna sociedad lo es. Los pueblos indígenas latinoamericanos han tenido por fuerza que relacionarse con la cultura occidental. Mestizaje, hibridez, aculturación, sincretismo, asimilación, integración, etc. constituyen conceptos que se utilizan con regularidad y a veces con interesada liviandad para definir los procesos y los resultados de tal relación. En cualquier caso, lo que hoy une a la mayoría de los poetas mapuches es un objetivo que cruza y potencia de manera progresiva tanto sus obras líricas como sus discursos paraliterarios: la reconstrucción simbólica de la patria perdida y la recuperación gradual de la memoria histórica propia, confiscada hace más de un siglo por la sociedad chilena.

Alguna vez un periodista chileno señalaba que “no hay un Tolstoi mapuche, ni un Neruda o Parra pehuenche”, dando a entender con este aserto que las sociedades indígenas no poseen una literatura prestigiosa y reconocible porque aún no tienen grandes autores universalizados. Y la verdad es que no tendrían porqué tenerlos, ya que la literatura indígena no se rige, al menos no exclusivamente, por los parámetros de la literatura occidental, aun cuando hoy ambas establezcan inevitables contactos y puentes. Aseveraciones como la anterior desconocen la existencia de grandes obras verbales indígenas, generalmente de autoría colectiva: el Popol Vuh maya, los Cantares mexicanos de Nezahuacoyotl, Dioses y hombres del Huarochirí de la tradición quechua peruana, el gigantesco cantar titulado Ayvú Rapyta de los guaraníes paraguayos, el Testimonio de un Cacique Mapuche de Pascual Coña, entre muchas otras que ciertos estamentos letrados silencian, distorsionan y ocultan. Lo que ha sucedido y sucede aún es que para el canon literario y cultural de Occidente, los pueblos indígenas, tribales o primitivos, como se les ha llamado, representan una rémora de la barbarie, una zona humana de atraso, ridiculez y oscurantismo cultural y económico. En ese entendido, las expresiones de arte y los conocimientos y saberes originarios han sido categóricamente rotulados como charlatanería, folclore o simple costumbrismo nativista apto, en el mejor de los casos, para ser transado en el mercado del turismo y las imágenes exóticas.

Sin embargo, y a pesar de tales situaciones, la poesía mapuche es un hecho literario empíricamente verificable, que se ha ido consolidando a través de un creciente aumento de obras y autores en un periodo que abarca desde fines de los años ‘80 hasta la actualidad, aunque sus fuentes en Chile y Argentina pueden rastrearse desde fines del siglo XIX. No se trata, por cierto, de establecer aquí un gettho literario más, ni de plantear la existencia de una literatura indígena artificial o espuria para solaz de quienes defienden lo políticamente correcto. Se trata más bien de reconocer que si bien la sociedad mapuche fue derrotada militarmente por el Estado chileno, la misma no ha sido vencida culturalmente. En este ámbito, la poesía mapuche escrita ha operado como un dinámico, diverso y complejo elemento de resistencia política y estética, como una herramienta anti-colonizadora y como un dispositivo verbal que permite la permanencia y la actualización de una visión de mundo que se enraíza tanto en el pensamiento mítico como también en centenarias prácticas de resistencia, adaptación y resiliencia cultural.

 

Foto: Víctor Munita

Temas relacionados

• Entrevista a Jorge Arrate: el pueblo mapuche, la muerte de Matías Catrileo y la insensibilidad incomprensible, por Jaime Navarrete y Sebastián López.

• Weichan. Conversaciones con un weychafe en la prisión política, de Héctor Llaitul y Jorge Arrate, por Sebastián López.

• ‘No quiero que mi poética sea clasificada sólo como mapuche’. Una entrevista a David Aniñir, por Sebastián López.

6 Comentarios

  1. Littlejeans dice:

    Ese Seba la lleva

  2. Interesantísima reflexión de Jaime Huenún, una de las voces más potentes de la poesia chilena actual, que excede con mucho las alusiones “territoriales”(“poesía del sur”) e, incluso, las “etno-clasificaciones”.

  3. No me cabe duda que la poesía es el reflejo de la libertad de una nación cuya llave es la lengua común. Y la nación mapuche tiene ambas, no solo su lengua sino la lengua poética que cultivan sus bravos y heroicos poetas. Falta que la tierra le sea restituida y pueda plasmarse el sueño de estado, país… En esa tarea, los poetas son combatientes destacados que utilizan el arma mas poderosa jamas descubierta: la pluma. En este caso se funde en esa imagen la pluma que escribe y aquella indómita y rebelde que desafía.
    Tal vez, Ercilla presintió eso y deslizo, entre loores y panegíricos al rey, la visión de un pueblo guerrero indomable digno de la epopeya y … la poesía.

  4. Enrique Silva dice:

    Hermosa y potente conversación, más aún en estas horas ….. un fuerte abrazo Jaime ….

  5. eduardo rios dice:

    Saludo al dueño del blog por el espacio otorgado a la reflexión autobiográfica de Jaime Huenún, quien desde la vitrina de Pampa Alegre -junto al río Rahue- reconstruye metahistoria del sur, a contrapelo del “drama americano” que a tantos nos tocó vivir en esa tierra de fronteras interétnicas. Bien por Huenchuán, bebedor de literaria estampa.

  6. Cecilia Palma dice:

    Extraordinario texto, Jaime. Mis palabras sobran. Un abrazo.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.