Revista Intemperie

La pieza, o cómo salir de un ropero en tres segundos

Por: Oscar Orellana

La pieza, de Josefina Dagorret, es una habitación en donde más de alguno se podría sofocar. Escribe aquí Oscar Orellana.

 

A la señora Frances Glessner, millonaria e inteligente, las historias de Sherlock Holmes –de las cuales es adicta- ya no le bastan para espantar su inagotable curiosidad. Se aburre muchísimo tejiendo y preparando galletas de avena todo el día, por eso, al cumplir cincuenta años y en plena década de los 30, decide que es tiempo de estudiar: sí, estudiar nada menos que medicina forense. Famoso es su trabajo en criminalística que lleva por nombre The Nutshell Studies of Unexplained, una serie de reproducciones a escala de escenas de crímenes sin resolver. Detalles escabrosos, que al amplificarse, se convierten en encantadoras casas de muñecas habitadas por el horror y el misterio.

El perfecto diseño (un diminuto dormitorio montado en un extremo del escenario) de La Pieza (Josefina Dagorret, dirección)podría ser ¿por qué no? uno de los exquisitos dioramas ejecutados por la señora Glessner. Un corte horizontal de la realidad, un corte hecho con un frío escalpelo en la vida de tres personajes: una madre, su hijo y una empleada puertas adentro. Hasta aquí, lo bueno de este montaje, donde el uso del espacio y el acertado dispositivo escénico, permite a los actores pequeños actos de ilusionismo; aparecer y desaparecer de escena, no justifica la transparente inanidad del argumento.

Regina, es la madre que vive recluida voluntaria y complacientemente en su dormitorio, en una aislación farmacológica, ravotrilizada. Agustín, el hijo que se oculta bajo la cama para acariciarle a escondidas el pelo mientras se masturba. Irma, la bruta empleada que completa este extraño triángulo y que sirve de intermediario para el tráfico de patologías y deseos.

La Pieza, es una obra que muy pronto comienza a resquebrajarse por todas partes. Un drama pretendidamente gris, pretendidamente perturbador. Todo en ella es seco, engolado, de una pesadez estupefaciente, en el que cualquier intento de espesura trágica se difumina en un estatismo insoportable. Ya por la mitad, uno sospecha que será difícil encontrar en esta representación y su indisimulado gusto por conmocionar, algún interés, y eso es justamente lo que sucede.

Las actuaciones atravesadas de gestos espasmódicos, quejumbrosas declamaciones, tics, y movimientos nerviosos, son ridículas y recuerdan más a una estrangulación intestinal o a un ataque de estreñimiento súbito, que a la demostración de curiosas y prohibidas pasiones. Nos queda claro. Estamos ante unos monstruos domésticos, pero unos monstruos a los que se les nota demasiado el disfraz.

Alguien debería decirle a Gerardo Oettinger (dramaturgia) que desde Sófocles (pasando por Malle, Polanski, Bertolucci) queda poco por agregar sobre el asunto. Debemos resignarnos: el incesto ya no es lo que era. Alguien debería decirle también, que entrar por entrar al cenagoso territorio de las psicopatías está empezando a fatigarnos. Que el presunto atrevimiento sexual, las historias fronterizas de la perversión, el uso y abuso del espíritu forzadamente exhibicionista de la intimidad, ya no bastan para que un relato resulte original y provocador.

Todo hombre lleva una habitación dentro escribió Kafka en uno de sus cuadernos, lo que no significa necesariamente que toda habitación merezca ser visitada.

 

La pieza

Puesta en escena: Josefina Dagorret
Dramaturgia: Gerardo Oettinger
Elenco: Andrea Giadach, Alejandra Oviedo, Camilo Carmona
Asesoría sicológica: Carlos Piguillem
Asistencia de dirección: Javiera Fernández
Dirección de arte: Sebastián Escalona
Diseño de iluminación: José Luis Cifuentes
Realización escenográfica: Francisco Sandoval
Prensa: Vc Comunicaciones
Producción: Javiera Fernández
Temporada: del 6 de septiembre al 13 de octubre
Horario: jueves, viernes y sábado, 21 hrs.
Teatro La Memoria, Bellavista 0503, Providencia
Valores: $4.000 general, $2.000 estudiante, tercera edad y jueves popular

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