Revista Intemperie

“Escribió libros y murió”: a 50 años del epitafio de William Faulkner

Por: Paulina Flores
faulkner

A 50 años de su muerte, Paulina Flores recuerda la vida y la obra del gran modernista norteamericano que se llamó a sí mismo “un granjero que escribe”

 

“Escribió libros y murió”, aquel era el epitafio que deseaba Faulkner, inscripción que evidentemente no llegó a tallarse sobre su sepulcro pero que revela su particular ingenio y carácter, marcado siempre por esa amalgama entre grandeza y simplicidad, de hombre serio y burlón. Sin embargo, más allá de lo que diga o no diga su tumba, lo objetivo es que el pasado 6 de Julio se cumplió 50 años de su muerte, y en Oxford, su ciudad natal, se prepararon una serie de actividades conmemorativas. Pero como de seguro ni usted ni yo podremos pegarnos un viajecito a Mississippi, contamos, por suerte, con variadas alternativas para celebrar la literatura faulkneriana.

Con motivo de la conmemoración del aniversario, Random House preparó seis ediciones de lujo de sus novelas más exitosas –entre ellas El ruido y la furia, Absalom, Absalom!, Luz de agosto–. Además, se publicó un libro de Cartas escogidas con correspondencia hasta ahora inédita y se subieron más 9 libros en formato digital. Por otro lado, existen dos proyectos cinematográficos en camino: el primero a mano del actor y director James Franco quien prepara no solo la adaptación cinematográfica de Mientras agonizo, sino que también la de Blood Meridian del norteamericano Cormac McCarthy, uno de sus proclamados discípulos.

El segundo proyecto está a cargo del productor John Langley (Pulp Fiction) quien junto al guionista Roger Avaryse encargará de adaptar la novela negra Santuario y Réquiem para una mujer. No es nada nuevo decir que los mejores escritores no los encontramos hoy en día en las librerías sino en las series de las grandes cadenas televisivas, y en este ámbito Faulkner no se queda atrás, ya que HBO llegó a un acuerdo con los administradores de su patrimonio y compró las 19 novelas y los 125 cuentos cortos para realizar series y películas basadas en algunas de las obras. Todo el pack de producciones cinematográficas y televisivas vendrían a doblarle la mano a aquella conocida opinión sobre el autor de Palmeras Salvajes que dice que su trabajo es infilmable, sobre todo por la incapacidad de las imágenes de dar cuenta de su particular prosa, poseedora de párrafos enormes que no respetan la sintaxis común y una técnica literaria que produce vértigos angustiosos en los lectores y más de algún dolor de cabeza.

Es justamente aquella prosa y las temáticas de su obra situadas en su mayor parte en el extremo Sur norteamericano, lo que ha levantado opiniones encontradas sobre el escritor: para algunos, uno de los mayores representantes del modernismo, y para otros, un romántico tardío. Para el mismo Faulkner, “un granjero que contaba historias”. Y es que es casi imposible poder encasillarlo en una sola categoría, tiene algo de todas y más: provinciano y rupturista, fumador de pipa y bebedor de whisky incansable, borracho silencioso, caballero derruido, amble y distante. Su biografía contiene mucho de la comedia patética de sus libros: hijo tímido, aunque rebelde, de una familia aristocrática empobrecida, fue rechazado en el voluntariado del ejerció estadounidense por su contextura pequeña y su voz afeminada; aún así, contaba sin tapujos que había sido herido en guerra y que llevaba una placa de plata en el cráneo. A su fallido matrimonio –el mito dice que su esposa se intentó suicidar en la luna de miel– y la muerte de su primera hija, Alabama, a los nueve días de nacida, se suma una vida de mala suerte encabezada por los constantes problemas económicos provenientes de la contradicción ontológica de ser escritor y mantener una familia. Por ello es que en su paso por Hollywood como guionista de la Fox sacó la mayor ventaja posible, intentando equilibrar sus pérdidas financieras.

Su fortuna cambiaría con el Nobel obtenido en el 49, con el que alcanzó por fin cierta estabilidad y reconocimiento por su trabajo ―además de una amante sueca―. Se cuenta que su voz baja y el marcado acento sureño impidieron que gran parte del público de Estocolmo entendiera su discurso al recibir la medalla: la admiración solo llegaría a los días después con la transcripción de éste: un mensaje que evidenciaba a un humanista de pies a cabezas, y que al igual que Thomas Mann reafirmaba su fe en el hombre …He will prevail. Pero eso fue todo. El estilo de vida monótono y huraño de Faulkner no cambió con la fama. De regreso, viajó directo a Rowan Oak, la mansión derruida que había comprado en los 40´ para terminar sus días recluido en aquel Sur del que nunca quiso salir. Un Sur que retrató en la mayoría de sus relatos y que nada tiene que ver con el brillo de las ciudades arquetípicas de Norteamérica. Un Sur sombrío, violento, grande y sin esperanzas, trágico y sencillo. La tierra de los que fueron vencidos por el Norte. La historia de los derrotados y condenados por los errores de la esclavitud, el engaño a los indios, o a caso por el hecho mismo de existir. Es la historia que construyó Faulkner como un arquitecto a través de su condado ficticio Yoknapatawpha, escenario por el que transitan personajes complejos, inocentes y criminales, marginales o aristócratas arruinados y solitarios. Un condado que se mantiene apartado del mundo para significarlo en su totalidad.

Y aunque 50 años no es mucho, lo cierto es que Faulkner es un escritor de otra época. Un hombre de ideas fijas –el que se atreva a decir “de principios” que lo haga–  que casi molesta a la sociedad contemporánea y su estilo de vida. Molesta con sus frases largas y su estilo errante, imposibles de comprender o leer bajo la presión de la inmediatez, arriba del metro o de la micro. Molesta con su mirada moralista y severa que pregona la verdad, una verdad que deber tocarse y que debe ser simple, por fuerza, para que lo entienda un niño, como afirma McCarthy. Faulkner es ese abuelo hablador a quien no queremos escuchar y que sepultamos tras el metro cuadrado del asilo, una memoria que no importa para la línea recta del progreso. Y quizás por esa incomodidad que provoca se hace necesario releerlo, no porque vayamos a encontrar en sus historias las respuestas a la incertidumbre de nuestra vida, de nuestra época  –el mismo Faulkner entendía que era una ilusión intentar buscar certezas en una novela–, sino porque además de entregarnos algunos de los relatos más cautivadores de la literatura del siglo XX, complejiza desde su voz actual, imperecedera, la realidad, haciendo imperativa la necesidad de cuestionarla: negar el conformismo pasivo de la sociedad y generar nuevas interrogantes . Acaso sea esa la única respuesta que nos pueda entregar la literatura.

 

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2 Comentarios

  1. jorge dice:

    Qué buen texto. Derrocha cariño por el autor.
    Sólo un alcance: Faulkner es, a mi modo de ver, un posmoderno. Pero de los tempranos, de los buenos.

  2. Adrian Valenzuela dice:

    A mi no me molesta ir seguido al diccionario en cada capitulo escrito por el, y sobre su prosa: esos párrafos largos y bien aprovechados que,para que existan, Faulkner tuvo que encontrar lo mas arcano (hasta la ultima palabra posible) para darles forma, me hacen sentir que les leo como en un sueño.

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