Revista Intemperie

Un hombre separado

Por: Oscar Orellana

 

Vodevil maniático e inquietante, Oscar Orellana ve en la obra “El Deseo” un interés de desnudar lo pop para encontrar la mutilación que se oculta tras éste.

 

La obra arranca con una voz femenina que susurra tengo un mal presentimiento y algunos de los espectadores deberían tomarse en serio esta advertencia. El Deseo, es ante todo un estado mental transitorio, sólo así se explica el maremágnum, la mezcolanza de ideas y personajes, con la que perturba y deja suspendido en la indiferencia, por partes iguales. Una puesta escena de quirófano. Un montaje tanatorio, que intenta a través de una sucesión de gags unidos caprichosamente, conseguir una coherencia–imposible- que no era necesario buscar.

«El príncipe es un hombre frío, nada conoce acerca del amor. Siempre que despierto, tengo la cara llena de semen, las sábanas repletas de hongos. Ahora que estoy aquí, sólo sueño con volver donde estaba antes» nos confiesa una decepcionada Cenicienta mientras sus dos únicos amigos: los ratones, le manosean las tetas. La fábula encantada ha dado paso a una pesadilla de intrigas y malos tratos de la cual es urgente escapar, no sin antes bailar un poco, claro. Coreografiar el trágico destino al ritmo de “La igualada”, una canción del grupo Las Horregias (tan regia que es horrenda, como les gusta promocionarse). El musical funciona como un injerto muy acertado. Vodevil maniático de inquietante potencia.

Daniela Contreras y Carla Zúñiga (dirección y dramaturgia) no ocultan su gusto por el esperpento, por una clara convicción de que el horror y el humor son más hermanables que incompatibles. Guiadas por esta premisa, hacen desfilar a una serie de individuos que compiten entre ellos en extravagancia y vocación estrambótica; una prostituta amputada en silla de ruedas, mezcla de Arenita y Lady Gaga pasadas por la licuadora estética del j-pop, una embarazada con una irrefrenable compulsión por contarlo todo, un piloto de avión que vocea su amor por una azafata en pleno vuelo, un vendedor de maní afectado y melancólico con delantal de carnicero. Arquetipos demasiado psicoanalizables, quizá. Demasiado teñidos por una rareza colorinche y enamorada del plástico, que al poco rato, tras el desconcierto inicial, se vuelve uniforme, absurdamente tierna. Así, la tenue trama de Orestes, el hombre que trabaja disfrazado de Barney repartiendo volantes en un supermercado y que sueña con viajar a Estados unidos, para ser verdaderamente él porque todo su pasado en Chile no es más que el fondo falso de su vida, se diluye entre tanta pretensión exótica.

Pero, ¿cuál es esa pulsión transfigurada por capas y capas de máscaras y disfraces que lo deforman todo? Más allá de las referencias al desparpajo de un Almodóvar o un John Waters en sus inicios; más allá incluso de esa caricatura de tragedia desollada en el fracaso existencial de no poder ser otro, que es finalmente el argumento de la obra; del excéntrico ejercicio kitsh, camp, surrealismo pop, o de cualquier taxonomía donde refugiarnos cuando no comprendemos algo. ¿Qué hay detrás de la prótesis mental de estos seres mutilados por su propio deseo?

En el 2008 el cineasta francés Rémi Lange filmó Devoteé (Devoto) una modesta película, en la que un hombre obsesionado sexualmente por las amputaciones, viaja a otro país para encontrarse y enamorarse de Hervé, un hombre a quien le faltan los brazos y las piernas. Durante el único diálogo que se registra casi al final de la cinta, la pareja repite alternadamente la afirmación de Antonin Artaud: «Yo no estoy muerto. Yo sólo soy un hombre separado». Mientras desaparecen poco a poco de la pantalla. En eso pienso cuando recuerdo El Deseo.

 

El Deseo

Dramaturgia: Carla Zúñiga Morales
Dirección: Daniela Contreras Bocic, Carla Zúñiga Morales
Elenco: Daniel Alarcón-Prieto,  Jorge Antezana,  Fernanda Campos, Javier Casanga, Penélope Fortunatti, Manfred Martin, Francisca Venthur, Loreto Araya
Compañía: Teatrografía
Diseño Integral: Los Contadores Auditores
Canciones, banda sonora: “Las Horregias” Karla Schuller
Audiovisual: Penélope Fortunatti
Producción: Tatiana Valencia, Álvaro Fuentealba
Funciones: viernes, sábado y domingo 20 hrs.
Temporada: 27 de julio al 9 de septiembre
Valores: entrada general $5.000 y tercera edad $3.000
Teatro del Puente, Parque Forestal s/n. entre puentes Pío Nono y Purísima

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