Revista Intemperie

Nocturama

Por: Francisco Ovando Silva

Francisco Ovando se deja atrapar por la primera colección de relatos de Vladimir Rivera, y especialmente por el ambiente gothic folk de sus mejores piezas.

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Seré sencillo: vaya y lea este libro. Es una de las buenas sorpresas que ha surgido en la literatura emergente en este último tiempo. Si bien no es perfecto, el conjunto de cuentos presentes en Qué sabe Peter Hölder de amor posee una atmosfera consistente, que surge de una prosa concisa, de la decisión de mostrar por sobre el contar y de la perdición constante en la que viven los personajes. Estos se desenvuelven en un sur de Chile difuso, que a ratos parece Londres victoriano y en otros una dimensión compartida con la pluma de Lovecraft. En esto la lectura te sumerge, avanza rápido, y ofrece constantemente la certeza de estar volviendo siempre al mismo mundo, lo que en este caso es un agrado.

La composición del libro es poco común. Al principio hay cuatro cuentos breves y finalmente uno largo – Nocturama­–, que es prácticamente una nouvelle de setenta páginas. Y si bien la atmosfera sostenida y la consistencia temática hacen que el conjunto funcione como algo más que la suma de sus partes, es imposible pasar por alto la gravidez que adquiere el último relato, tanto por su extensión como por su calidad. Nocturama alcanza cierto tipo de independencia dentro del conjunto, que sin duda pudo verse reflejada en una independencia material.

Qué sabe Peter Hölder de amor, relato que da nombre al libro, es un ejemplo perfecto de una narración velada en la sugerencia y en el silencio. En las mínimas confrontaciones de dos niños atrapados en una comunidad demencial se juegan, quizás, los asuntos más importantes de la vida. Y es precisamente eso lo que nos entrega Vladimir Rivera en estos relatos. En una armonía agenciada en el horror silencioso se equilibran la vida y la muerte, el amor, el abuso y un desconsuelo en abundancia, que alcanza para todos los personajes y también para el lector. En esta misma línea está el relato que destaco con más fuerza (no sé si después de Nocturama, pues la independencia que reclama no me deja medirlo con la misma vara que a los otros): Casa quemada, en el cual una tierra-de-nadie atraerá una pila de cuerpos, como una abertura al infierno mismo.

Los relatos Aviones y hoteles y Juegos de seducción de alguna manera son “los menos buenos” del libro. Sencillamente no están a la altura de los demás, tanto a nivel de elaboración como de personajes o situaciones. El encanto mórbido de Franz Bär o el magnetismo fatalista de la casa de alerce (Qué sabe Peter Hölder de amor y Casa quemada respectivamente), eclipsan al marido abandonado de Aviones y hoteles y a los amantes del cuarto relato. El desequilibrio que esto produce es extraño. Partimos bien, seguimos más o menos, de ahí volvemos a muy bien, de ahí bajamos a bastante normalito y luego llegamos a Nocturama, que es cuento aparte. De todos modos, el desequilibrio está organizado de forma inteligente, sea azar o intención, y bajo ninguna luz le resta valor al libro. Son, en el fondo, buenos relatos, pero que no llegan a la nota que alcanza el resto.

Lo que sí, ojo la próxima vez con los errores de tipeo y algunos problemas sintácticos. Un pequeño tirón de orejas tanto para el editor como para el autor. Son cosas que no le restan importancia a la luz de la calidad narrativa que tiene el conjunto en total, pero hay que tener más cuidado.

Y ahora Nocturama.

Lo que pasa con este relato, como dije antes, es que tanto su extensión como logradísimo contenido lo hacen por lejos el mejor elemento del libro. Cuando en la portada anuncian que este libro es gothic folk, por ponerle algún nombre, uno no espera que en realidad se encuentre con algo por el estilo dentro.

Hasta que llegamos al último relato.

En Nocturama, Vladimir Rivera logra un tejido con fuerza de mundo. De alguna manera pareciera que no hubiese personajes secundarios. Todos son atractivos, todos son memorables. Incluso vuelve el Peter Hölder del primer relato. Y allí están, en medio de la niebla, condenados a una habitación, a una botella de cerveza, a una cachita fugaz y al suicidio. El Diablo parece rondar entre la neblina narrativa y los personajes operan con esa libertad que sólo otorga el saberse condenado, como en una tragedia griega. Así el autor se pasea con calma por la fragilidad de cada uno, lector incluido. La desesperación silenciosa de los personajes es tanta que a veces parecemos vislumbrar algo fantástico, pero de nuevo, en Nocturama los límites del sueño y de la realidad son difusos. Es fácil sentirse perdido. Saber apenas que estás en el sur, y nada más. Eso y el acecho constante del desastre próximo, pero velado, siempre velado, tras las canciones de Kurt Cobain y una neblina que, como la misma prosa, no ofrece descansos.

Repito.
Vaya y lea este libro.

 

Qué sabe Peter Hölder de amor

Vladimir Rivera Órdenes
Santiago, Chancacazo, 2012.

Un comentario

  1. Felicidades vladimir muy buena critica te lo mereces

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