Revista Intemperie

Preguntas a partir de un clásico de la ciencia ficción

Por: Andrés Olave

Andrés Olave se sumerge en el clásico del autor polaco Stanisaw Lem y desentierra en éste preguntas sobre la identidad, el sentido de la realidad y el amor.

 

“Solo temía a la noche y no sabía como escapar a los sueños”

Solaris es un viaje doble. Un viaje espacial primero, el de Kris Kelvin a un remoto planeta donde se ha instalado una estación que flota sobre la superficie de un vasto océano. Kelvin espera encontrarse allí a otros igual que él, hombres de ciencia atareados en sus investigaciones, pero en vez de eso descubre que dos de los tripulantes parecen haberse vuelto locos y el tercero se ha suicidado. Mientras Kelvin intenta comprender lo que ha sucedido, hace acto de presencia su mujer, Harley, quien ha muerto hace diez años atrás y es entonces cuando comienza el verdadero viaje.

Solaris escrita por el autor polaco Stanislaw Lem (1921-2006) es una obra inquietante. En el camino de Kelvin hacia la verdad de por qué Harley ha vuelto desde el reino de las sombras, se van abriendo nuevas interrogantes. El protagonista se mantiene apartado de sus colegas que parecen amenazantes o abiertamente enajenados, y al mismo tiempo no puede separarse de aquella que parece ser su mujer. Una encrucijada donde está obligado a enfrentar su pasado, examinar los errores que cometió y que significaron la pérdida de Harley y que, acaso, expliquen su regreso.

Cuando Harley aparece por primera vez Kelvin la estudia detenidamente. Si bien sus rasgos son idénticos a los de la antigua Harley, encuentra en ella cierta desarmonía física, una patente falta de naturalidad en sus movimientos. Dicha impostura le hace pensar que hay una frontera entre lo humano y lo que es artificio, o acaso, entre lo que tiene alma y lo que apenas lo simula. Más tarde su mujer desaparece por unos momentos y es el científico muerto, Gibarian el que aparece en su habitación. Kelvin lo encara:

–Tú no eres Gibarian.
–¿No?  ¿Quién soy entonces?  ¿Un sueño?
–No.  Sólo una marioneta.  Pero no lo sabes.
–¿Y tú cómo sabes quién eres?

En Solaris las dudas sobre la identidad, acerca de quien son los otros, quien es uno, son constantes. Como si Lem quisiera enrostrarnos la noción de lo poco que sabemos acerca de nosotros mismos. En efecto, Harley, la mujer de Kelvin, cree sinceramente que es ella, y no un artefacto creado por un tercero. No puede reconocer su propia identidad. ¿Cómo podría saberlo? Su único contacto con el mundo es Kelvin, juntos viven encerrados en un cuarto, salen muy poco y apenas se comunican con los otros científicos, atareados ellos con sus propios visitantes del pasado. De este modo todo es brumoso, o como dice Kelvin: “todo se confunde en la oscuridad”

Al final, Kelvin se debate entre eliminar a su mujer o quedarse con ella para siempre. En cierta medida Solaris puede ser leída como una metáfora del matrimonio: la condena de dos seres, obligados a estar siempre juntos y donde la crispación invade a uno cuando el otro se encuentra lejos. Donde no sabe si su amor depende de ellos, o de las circunstancias, como diría Borges. Donde no pueden estar seguros de cuanto durara su idilio o si este derrotara la adversidad. Viven en la incertidumbre.

En Solaris se habla continuamente de las oscuras implicancias del amor. Del otro como un enemigo, o un maquina de tortura. Uno de lo científicos le dice a Kelvin: “ella es un instrumento en apariencia inofensivo y que sin embargo es capaz de producir la muerte más espantosa”. La idea intuitivamente resulta chocante. Que de la misma fuente de donde viene el amor, venga también la destrucción.

En momentos como esos, llevado al límite, cuando no sabe que hacer, Kelvin busca a su mujer, intenta perderse en su abrazo, la única formula valida aún para encontrar el olvido, para no tener que pensar más, para poder soportar el seguir en este mundo. El camino de la ternura, como oasis para ese desierto de horror, para la pesadilla a la que ha descendido.

Convertido en un peón al servicio de las potencias, Kelvin teme al final ser apenas la distracción de un dios imperfecto que habita Solaris, un dios enfermo, de una ambición superior a sus propias fuerzas, que juega con ellos, como un niño con sus soldados. Que busca poner a prueba la fuerza de los amantes, del poder del amor acaso, descubrir si este es un misterio inmortal como aseguran los poetas, o más simple que eso, apenas una triste mentira, un tembloroso sueño que se cuentan sin cesar las generaciones de los hombres.

 

Solaris

Stanislaw Lem
Editorial Minotauro

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