Revista Intemperie

Esa esquizofrenia llamada literatura

Por: María José Navia

En Siempre te creíste la Virginia Woolf de Claudia Apablaza, María José Navia alaba una colección de relatos obsesionada con la literatura.

 

Siempre leo con suspicacia los libros que tienen a escritores como protagonistas. Se suele caer en el cliché del escritor maldito, o el súper especial-inspirado que parece caminar varios centímetros por sobre el suelo que pisa el resto de los mortales. Y es que, para bien o para mal, hay tantos escritores pululando las ficciones, con mayor o menor acierto: autores alcohólicos, chantas, superpoderosos, o todas las anteriores.

El libro de cuentos de Claudia Apablaza, a primera vista, parece ser un libro “sobre escritores”. Sin embargo, ya desde el título, que funciona como una cachetada que despierta, que despabila, es posible apreciar una apuesta diferente.

Más que sobre escritores, o “la figura de la escritora” como anuncia la contratapa, ésta es una colección de cuentos que tiene como centro, como obsesión casi, a la literatura. La literatura como un virus, como epidemia viral que va esparciéndose e infiltrándose por cada una de las historias, distorsionando la visión de la realidad que tienen los personajes, acompañando sus viajes y deambuleos como el mejor de los soundtracks, ése que inunda, que nunca te deja tranquilo.

Así, por ejemplo, en el cuento que da título a la colección, un hombre, pareja de una escritora, se obsesiona con la aparente necesidad de ella de creerse la Virginia Woolf, necesidad que él –autor fracasado–, extrapola a todas las mujeres que escriben. En “Yo me Paseo”, una chica habla con su terapeuta y le cuenta de un sueño recurrente en el que se pasea por la Feria Internacional del Libro, para mayor desconcierto del psicólogo. O, en “Consejos para una joven cuentista”, un grupo de escritores jóvenes se prepara para recibir la sabiduría de un autor de renombre mientras éste ensaya un absurdo soliloquio en un bar.

La literatura aquí es tema, con sus múltiples referencias a otros autores e historias (como Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath), con sus estrategias de mercado que caen en el absurdo (como en el cuento “El Mejor” en el cual un grupo de escritores se reúne en una fiesta para darse cuenta de que todos han sido catalogados por diferentes medios como “el mejor escritor sub-35” o “el nuevo gran escritor latinoamericano”). La ironía en éste y otros relatos es corrosiva, punzante, y siempre acaba por darles los finales más increíbles.

La literatura es tema también como moda, como pose, y así tenemos cuentos como “Soy” en el cual la joven escritora hace una larga fila que va desde Campus Oriente hasta el Drugstore, como una peregrinación libresca, sobre la cual comenta: “Quise ser mi madre y su felicidad en el patio. Quise ser la primavera, el amor. Pero sólo soy la fila sudada y maloliente, la fila que espera ver al gran crítico literario latinoamericano dar la tremenda conferencia magistral”. O en “Parece que mi agente literario me odia” donde la protagonista repasa minuciosamente todas las transformaciones físicas y de vestuario que debe soportar para así poder pasar como escritora.

Se trata de relatos esquizofrénicos, que se mueven lento para luego agarrar vertiginosa velocidad, que nos hablan de desdoblamientos y apariencias, de un lenguaje que se arma y desarma, que crea mundos y constelaciones bizarras pero, sobre todo, de personas desesperadas…por escribir, por amar, por vivir y sobre-vivir.

En mi cuento favorito, “Creo que te inventé en mi mente” una joven viaja a Benidorm, lugar en el que la famosa pareja conformada por Sylvia Plath y Ted Hughes pasaran su luna de miel, para olvidarse de un amor venenoso. La historia de la chica va entrelazándose de manera precisa, bella, de una sinceridad descarnada incluso, con sus reflexiones acerca de la relación entre los afamados poetas. Así, por ejemplo, dice en un momento: “Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo”.

Para agregar, más adelante: “T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar”.

Para el libro de Apablaza, en cambio, las letras son otras: H de Honesto, A de Agudo pero, por sobre todo, I de Impresionante.

 

Siempre te creíste la Virginia Woolf

Claudia Apablaza
La Calabaza del Diablo, Santiago, 2011

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