Revista Intemperie

Versos como lluvia, notas sobre “La lluvia lenta” de Gabriela Mistral

Por: Juan Cristobal Romero
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La tradición española más o menos reciente –Jorge Guillen, Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma– así como esa rama de la tradición chilena que integra a Julio Vicuña Cifuente, Carlos Pezoa Véliz y Gabriela Mistral, me han permitido validar mis propias preferencias poéticas: 1) rigor formal, 2) lenguaje directo, 3) laconismo, 4) importancia del pensamiento sobre el alarde retórico.

Un poema que puede ilustrar estos principios es “La lluvia lenta” de Gabriela Mistral, una imitación del clásico “Tarde en el hospital” de Pezoa Véliz, que a su vez lo es del poema “Nevicata” de Ada Negri, a quien de seguro Pezoa no conoció de nombre.

La versión de Mistral cuenta con mis preferencias:

Esta agua medrosa y triste,
como un niño que padece,
antes de tocar la tierra
desfallece.
 
Quieto el árbol, quieto el viento,
¡y en el silencio estupendo,
este fino llanto amargo
cayendo!
 
El cielo es como un inmenso
corazón que se abre, amargo.
No llueve: es un sangrar lento
y largo.
 
Dentro del hogar, los hombres
no sienten esta amargura,
este envío de agua triste
de la altura.
 
Este largo y fatigante
descender de aguas vencidas,
hacia la Tierra yacente
y transida.
 
Llueve… y como un chacal trágico
la noche acecha en la sierra.
¿Qué va a surgir, en la sombra,
de la Tierra?
 
¿Dormiréis, mientras afuera
cae, sufriendo, esta agua inerte,
esta agua letal, hermana
de la Muerte?

Es extraño que este poema no haya recibido la debida atención por parte de la crítica. Posiblemente se deba a que se ubica en una rara posición, un punto equidistante entre la imitación y la originalidad, una zona que desconcierta al crítico devoto y no alcanza a alarmar al censor; pero es justamente tal circunstancia, el modo en que dialoga con la tradición y cómo se distancia de ella, lo que a mí parecer reviste a este poema de un interés singular más allá del valor poético en sí mismo.

La estructura del poema de Mistral fue inspirada sin duda en el arreglo estrófico empleado por Pezoa Véliz, quien repite el poema en italiano: una copla cuyos primeros tres versos son octosílabos seguidos de un verso corto bisílabo –que en caso de “La lluvia lenta” es de cuatro sílabas. El gesto de aumentar la medida del cuarto verso es significativo toda vez que con esta sutil variación Mistral transforma la estrofa de Pezoa Véliz en una copla de pie quebrado, nombre que recibe aquella estrofa compuesta por versos octosílabos combinados con tetrasílabos cuya discontinuidad métrica reproduce la interrupción propia de la muerte, de ahí que hayan sido versos convenientes para cantar los dolores y ruegos. De este modo el poema de Mistral ya no sólo dialoga con “Tarde en el hospital” y “Nevigata” sino con toda la tradición de los versos de pie quebrado que se remonta a las coplas del Arcipreste de Hita y Jorge Manrique.

La obra de Carlos Pezoa Véliz es de una disciplina formal intachable; es difícil encontrar un verso cojo o una rima que no responda al patrón que se ha impuesto el poema. Gabriela Mistral, en cambio, se permite ocasionales licencias que rompen la regularidad de las secuencias, pero que de ninguna manera son fruto del descuido sino más bien resultado de una meditada opción estética cuya justificación se puede hallar implícita en el contenido del verso donde opera la licencia o próximos a él. Es el caso de la rima anómala de los versos impares de la quinta estrofa (ante – ente) que, lejos de ser casual, cumple a mi entender con la función de interrumpir la prolongación “larga y fatigante” de la rima consonante en el descenso triste del poema:

Este largo y fatigante
descender de aguas vencidas,
hacia la Tierra yacente
y transida.

Poco importa si esta alteración fue introducida de manera consciente o no –en los poetas fuertes se puede comprobar una aplicada colaboración entre el inconsciente y el consciente– lo que interesa más bien es el efecto estético que genera este tipo de operaciones lingüísticas donde forma y sentido se asisten mutuamente a tal punto que es imposible distinguir en qué momento acaba uno y empieza el otro.

Lo mismo sucede con la licencia métrica que Mistral emplea en la segunda y tercera estrofas donde el verso cortado es trisílabo. Es interesante considerar la posibilidad de que Mistral este ironizando con este hecho al referirse al “largo” de su dolor justo en el momento en que el verso es más corto.

No llueve: es un sangrar lento
y largo.

El esquema gráfico del poema –su verticalidad y su forma estrófica casi triangular— también refuerza la idea de descenso que expresa el poema. En un leguaje llano y claro, el poema habla de una caída lenta del cielo a la tierra y de la tierra a los abismos, que cobra especial intensidad cuando opera el paralelismo sintáctico de los tetrasílabos en las coplas cuarta, sexta y séptima: de la altura, de la tierra, de la Muerte, que replican como tres campanadas fúnebres.

La versión de Pezoa Véliz es sin duda la más trágica de las dos –efecto que es acentuado por el contexto biográfico en que fue escrita. La versión de Mistral en cambio es la más dramática. Pese a que ambos poemas tributan del original de Ada Negri su condensación acética:

Sui campi e su le strade,
silenziosa e lieve
volteggiando, la neve,
cade.

el laconismo del verso de Mistral es menos crudo que el de Pezoa Véliz, es decir, capaz de expresar emociones más complejas, sutiles y únicas. Frente a la simpleza conmovedora de los versos de Pezoa Véliz:

Entonces, muerto de angustia,
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

la dicción de Mistral es de una elegancia casi teatral:

¿Dormiréis, mientras afuera
cae, sufriendo, esta agua inerte,
esta agua letal, hermana
de la Muerte?

Me habría gustado escuchar a Mistral leer en voz alta este poema, apreciar el uso que le daba a las pausas y silencios que los versos van señalando a cada paso, los cambios de velocidades cuando operan los encabalgamientos y las aliteraciones, el énfasis en los paralelismos, y oírle pronunciar, imagino que pausadamente, esa última copla en donde los versos admirablemente encadenados imitan, como en ninguno de sus antecesores, el escurrir lento y elástico de la lluvia.

 

Foto: Las Meninas. After Velazquez, Pablo Picasso, 1957.

Un comentario

  1. Bernardita dice:

    Ese descenso me parece terrible, me descorazona.
    Buen texto.

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