Revista Intemperie

Censo: la familia y la nación como discurso

Por: Federico Zurita Hecht

En Censo, de la Compañía la Calderina, Federico Zurita ve un intento por denunciar una sociedad jerarquizada, con dominadores y dominados.

 

El nuevo montaje de la Compañía Teatro la Calderina, titulado Censo, recurre a estrategias de formulación de ideas ya presentes en el montaje anterior de esta agrupación (la obra Domingo, de 2011) pero con un objetivo discursivo diferente, por lo que este elemento propio de su poética (dado que ambas obras son responsabilidad del mismo dramaturgo y director: Daniel Aguirre) no se articula como una herramienta repetitiva o propia de la falta de creatividad. Este mecanismo poético, que es heredero del pensamiento deconstructivista, no es una fórmula dramática que se aplique como plantilla. Es, ante todo, un ejercicio demostrativo que finalmente se articula como subversivo al intentar formular juicios sobre algunos aspectos de la realidad que habitamos, especialmente los relacionados con el reconocimiento de mundos jerarquizados donde unos despliegan la dominación y otros son dominados.

Ya en Domingo La Calderina nos presentaba a un psicólogo que entrevista a una candidata a un puesto de trabajo y, al desplazar su rol de entrevistador al de entrevistado, permite articular la idea de que el lugar de la sanidad no está ocupado siempre por el que ostenta el poder de definir qué es estar sano. De esta forma se desarticula (como parte de la estrategia discursiva de la obra) la continuidad de la estructura que determina desde dónde se ejerce el poder y la dominación en un mundo que identifica la insania como lo que está fuera de los límites de lo permitido. Podría decirse que la estructura se disuelve para evidenciar que su apariencia de condición natural es más bien una construcción discursiva de dominación.

En Censo, en tanto, que es lo que en estos párrafos nos interesa, La Calderina presenta a una madre soltera de origen popular (con una infancia en el campo y una adultez en el margen de la ciudad) que, coincidentemente, es censada por su hermano que estuvo ausente por diecisiete años. La acción, al igual que en Domingo, introduce la participación de un entrevistador y un entrevistado, con el primero actuando en representación de las instituciones que ostentan el poder (sólo en representación pues el poder se ejerce en ausencia de quien lo ostenta), y el segundo como miembro del grupo dominado. Pero nuevamente el que hace las preguntas debe, también, dar respuestas, sosteniéndose, por tanto, que nadie puede estar siempre en el lugar de la representación del poder (con lo que se desarticula el carácter universalista de esa representación). Esto se intensifica aún más con la llegada, desde la calle, de la hija de la mujer que es censada. Afuera llueve, mientras la adolescente, que está censando, sigue su ruta y contempla cómo su madre le ha dado refugio al pariente que las abandonó casi dos décadas antes. Con la aparición de este tercer personaje, la acción se complejiza pues la circulación de los roles opuestos (entrevistador-entrevistado), que no se presenta sólo como una inversión, sino como una deconstrucción, adquiere un nuevo vértice. Las preguntas y respuestas surgen desde diversas posiciones y el ejercicio de deconstrucción previo es, a su vez, deconstruido, desestabilizándose aún más las certezas.

Todo lo anterior ocurre en un pequeño espacio iluminado por la pantalla del televisor y musicalizado por los parlantes de éste. El televisor está ahí como participante del ejercicio de dominación promoviendo, en cierta medida, los discursos (o el mundo) que el diálogo de los personajes deconstruye. La precariedad de la escenografía nutre la conformación de ideas (se trata de sujetos que viven en un mundo precario, en medio de discusiones en torno al poder) y la insignificancia de los personajes se vuelve portentosa en la constatación del ejercicio representacional que Censo realiza. Pero, a propósito de la discusión con la forma en que se despliega el poder, propio de la poética de La Calderina, ¿en qué se enfoca la representación que este montaje realiza? No es casual que el censo, actividad en que el sujeto hegemónico busca conocer a su objeto de dominación, vincule a parientes desconectados por varios años. La familia es una institución canónica, y el arte ha tendido a usarla como metáfora de la institucionalidad más tradicional: la comunidad nacional (Tembladera de J. A. Ramos, Casa de campo de J. Donoso y hasta la serie Los 80).

Pero en Censo esa institucionalidad canónica es, también, desarticulada. Efectivamente, este ejercicio habitual en la poética de La Calderina apunta a cuestionar la importancia indiscutible del lazo sanguíneo. En este mundo propuesto es posible decirle a un hermano: es mejor que te vayas. Pero esto, en la obra Censo, funciona de más de un modo. Por un lado, se busca cuestionar la condición indiscutible de los lazos sanguíneos. Se propone así que la familia (la familiaridad) debería resultar a partir de un ejercicio de filiación que requiere de una construcción y no a partir de la creencia de que hay una condición natural (sanguínea) que la define a priori, pues esto es también una construcción (disfrazada de esencialismo) que tiende al ejercicio de control al fijar parámetros anticipadamente para establecer qué es familia. Por otro lado, este mecanismo discursivo que discute con la idea tradicional de familia puede ser entendido como una metáfora de la nación. Por tanto, Censo (la gran encuesta a la nación) discutiría con la idea canónica de lo que se comprende como comunidad nacional.

 

Censo

Dramaturgia y dirección: Daniel Aguirre
Asistente de dirección: Isabel Fonseca
Elenco: Claudia Cordero, Marcela Fernández y Gustavo Yáñez
Desde el 28 de julio al 25 de agosto, jueves a sábado 20:30 hrs.
Victoria Subrecaseaux 99, Barrio Lastarria. Metro Universidad Católica

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