Revista Intemperie

Gilead: best seller, Pulitzer y literatura de calidad

Por: Nicolás Poblete

Nicolás Poblete recomienda la última entrega de Marilynne Robinson, escritora norteamericana que considera clave en el panorama actual.

 

Hace un poco más de un año la prestigiosa editorial Galaxia Gutenberg publicó la segunda novela de Marilynne Robinson (su primera novela, Housekeeping, apareció en 1981), saldando una importante deuda con esta escritora norteamericana que, con solo tres novelas, es ya referencia clave en el panorama literario actual.

Gilead es el nombre de un pequeño pueblo americano, en Iowa. Pero Gilead es también, en el Génesis, el monte que atestigua. Que este libro sea un bestseller (en los EE.UU.) no es solo una rareza; es un signo de esperanza estos días en los que la estridencia televisiva y los chillidos consumistas parecen atraparlo todo en sus ávidas y feroces redes. Que este libro haya ganado el premio Pulitzer también es un dato reconfortante, pues a pesar de su contenido religioso y sus recurrentes referencias bíblicas, no es en absoluto necesario ser ni devoto ni místico para sobrecogerse con la profundidad espiritual que consigue esta narración.

Robinson trabaja con la técnica del “globo ocular transparente”, sello característico del norteamericano Ralph Waldo Emerson donde se privilegian el aislamiento y el contacto con la naturaleza como formas puras de acercarse a Dios. Para apreciar la naturaleza uno debe ser capaz de sentirla a través de la soledad y del retorno a la fe, y de ese modo “yo” me transformo en aquel globo que no es nada, que ve todo. Emerson dice que la visión externa y la interna se funden para revelar símbolos en el paisaje natural a partir de hechos espirituales.

Gilead es una obra hermosa, con una densidad luminosa, lúcida, que sobrecoge y sorprende. Hay una sensación de austeridad, de limpieza; y hay en ella una esencia que capta ese espíritu americano que produjo el congregacionalismo y el trascendentalismo del siglo XIX. Robinson narra de frente, apelando e interpelando al lector de modo confesional.

Estamos a mediados de los años cincuenta y la narración está en manos de John Ames, un pastor de 76 años que ve acercarse su muerte y decide escribirle una larga carta a su hijo de 7 años, fruto de un matrimonio tardío con una mujer mucho más joven que él. La novela es esa carta, escrita del modo discontinuo en el que se escribe un diario, mezclando párrafos largos, breves, reminiscencias, consejos, referencias a la Biblia. El pastor describe una serie de episodios inundados por el asombro: la sensación al bautizar a un niño, el paisaje con sus robles que nunca lo dejan de sorprender, los casi dos mil sermones que ha escrito, todos con absoluta convicción y esperanza. Nos presenta también a la figura de su abuelo (lo que permite hacer un trayecto histórico), un predicador que viaja desde Kansas a Maine alrededor de 1830; su participación en la guerra civil. Se trata de un personaje mítico y poético, con enloquecido pelo blanco, con un solo ojo; un hombre que predica siempre con su pistola a mano y que tiene una barba chueca que parece haber sido pintada con un escobillón y secada con trementina.

Pero el narrador es un hombre muy distinto a su abuelo; es un pacifista y no aprueba el actuar de éste. La preocupación de la novela tiene que ver con ese traspaso; el del abuelo al nieto; del padre al hijo. Y tiene que ver con Dios, el padre y el hijo. La parábola del hijo pródigo es lo que se ve aquí; el hijo que regresa donde su padre y es perdonado, a pesar de no merecer el perdón (que es lo que vemos con el hijo putativo de John Ames, y que se transforma en el eje central de la siguiente –y última– novela de Robinson: Home).

Así es como se inicia Gilead:

“Te lo dije anoche, que quizá me marche algún día, y tú preguntaste adónde y yo dije, a la casa del Señor, y tu dijiste, por qué, y yo dije, porque soy viejo, y tú dijiste, a mí no me pareces viejo. Y pusiste tu mano en mi mano y dijiste, no eres muy viejo, como si con eso quedase zanjada la cuestión. Te dije que tu vida podía ser muy diferente de la mía y de la vida que has tenido conmigo y que eso sería una cosa maravillosa, pues hay muchas maneras de vivir una buena vida. Y tú dijiste, eso ya me lo ha dicho mamá, y luego añadiste, ¡no te rías!, porque creías que me estaba riendo de ti. Levantaste la mano y me pusiste los dedos en los labios y me miraste con esa expresión que no he visto nunca en nadie, salvo en tu madre. Es una suerte de orgullo furioso, muy apasionado y severo. Después de haber sufrido una de esas miradas, siempre me sorprende un poco descubrir que no se me han chamuscado las cejas. Las echaré de menos”.

Esta novela tiene una fuerza curiosa, una impronta espiritual muy peculiar y escasa en la narrativa actual. Es posible hacer algunos nexos con Cormac McCarthy (especialmente con La Carretera, donde vemos a ese padre con ese hijo en un escenario apocalíptico), sin embargo Robinson se sumerge en el simbolismo bíblico de manera mucho más profunda; su búsqueda es, en palabras del protagonista, aquella “gracia como una suerte de fuego extático que lleva las cosas a lo esencial”. En Robinson podemos ver esa tradición americana donde confluyen Melville, Emerson y Herny David Thoreau (cuyo Walden es un manifiesto del aislamiento viviendo en los bosques de Massachusetts). Esa identidad está anclada a la tierra, y es así como finaliza la novela, con el pastor en su residencia en Iowa, pensando en el Paraíso, pero aprendiendo a prolongar cada día en una emulación de la eternidad, pues, dice, cada día es en realidad la misma tarde, la misma mañana. Y el final impacta por su sencillez: “Rezaré, y, luego, dormiré”.

 

Gilead

Marilynne Robinson
Galaxia Gutenberg, 2011-02

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