Revista Intemperie

In memoriam Miguel Arteche

Por: Intemperie
miguel

Dos poetas chilenos recuerdan a Miguel Arteche. Roberto Onell y Marcelo Guajardo destacan una poesia perenne preocupada de la trascendencia

 

Notas para saludar a Miguel Arteche, por Roberto Onell H.

La muerte de Miguel Arteche, para algunos de nosotros, es la pena de una certeza: no habrá más poemas escritos por él. Aun pudiendo encontrarnos por ahí con algún inédito, ya sabemos que su boca y su mano cesaron de articular palabras. Pero, ¿qué recibimos en su poesía que quisiéramos no acabase? ¿Qué lugar visitamos conducidos por La invitación al olvido? ¿Qué nos hace mirar Solitario, mira hacia la ausencia? ¿Adónde exactamente nos expulsa Destierros y tinieblas? ¿Quién es, a fin de cuentas, ese Fénix de madrugada que se yergue tras Noches? ¿A qué hora, en verdad, nos damos cita en Jardín de relojes? ¿Qué escuchamos en esta poesía? Por lo menos esto:

La búsqueda de Dios, traducida en preguntas e interpelaciones; la intuición de una armonía universal, fraguada en el rigor métrico; el verso suelto, asimétrico, librado al ritmo de la conversación; la irrenunciable ternura, que tempera coloquios enamorados y los Poemas para nietos; el sentido lúdico de lo humano, que juguetea en ocurrencias y brinca en juegos de palabras; el amor plural, vestido de erotismo y de compañerismo sereno; el dolor del exilio, sufrido en la polis de cada día y en el centro de lo humano contra toda utopía de este mundo; el humor, abierto en la gama del blanco al negro; la cotidianeidad, en su manifestación anti-lírica y en la meditación liberadora que es capaz de descubrir la trascendencia ahí mismo…

Es claro: son preguntas y esbozos de respuestas para recién empezar a saber, pero sobre todo para empezar a conocernos, porque estamos ante la modulación de una palabra que habla de nosotros. La pregunta por aquello que recibimos en la poesía de Arteche se levanta desde nuestra cercanía con sus poemas, ciertamente, pero como pregunta nos conduce, apenas esbozamos esas respuestas, a otra pregunta: ¿cuál podría ser el lugar de esta poesía en la poesía chilena? Interrogante ya acaso más distante que la anterior, pero igualmente cercana, erguida en la distancia de quien quiere saborear, comprender más: ver mejor.

No era necesario conocerlo personalmente para darnos cuenta, por ejemplo, de que Arteche leyó, escuchando, demorándose, desde los versos trovadorescos del romancero anónimo y la canción de cuño medieval, las piezas de viva relojería del Siglo de Oro, en especial el estoicismo palpitante de Quevedo, hasta la modernidad que él distinguía en los poetas del ’98, con Antonio Machado como primera voz, y en los del ’27 y después, entre los cuales atesoraba a García Lorca, Alberti, Cernuda, Miguel Hernández. Ejercicio de máscara teatral, el poema “Quevedo habla de sus llagas” confirma no sólo una preferencia personal de lector y escritor, sino sobre todo un lazo saludable, de palabra vivida, entre el castellano español y americano. Quien escribe ese poema ya habita, a sus anchas, la naturalidad del castellano asumido como propio y, por tanto, labrado con nuestros acentos americanos y chilenos. El trabajo de Martí, Darío, Mistral, Neruda, Vallejo, un solo trabajo, hizo posible ese poema; el oficio de Arteche lo hizo realidad. Otro tanto podríamos decir de “La bicicleta”, “Comedor”, “El café”, “Dama, “Lluvia”, sonetos de maestro.

Por su parte, “El agua”, estudiadísimo y traducidísimo, no nos engaña al hacernos oír ésas y otras voces, al mejor Arteche en una cuidada multiplicidad. El poema es inicialmente un relato, para enseguida revelarse visión y transfiguración de la propia vida ante la muerte. Ahora bien, lo romancesco y castizo que pueda detectarse en él es inseparable de su aliento anglosajón. El eneasílabo, tan naturalmente hablado en “El agua”, trasunta una amplia lección de la literatura en inglés, uno de los menos notificados magisterios recibidos por Arteche, de donde se desprende, también, su trato con el llamado verso libre, de tono conversacional: Robert Graves, G. M. Hopkins, el casi desconocido Edwin Muir, y desde luego T. S. Eliot (Thomas Wolfe y C. S. Lewis no debieran soslayarse a la hora de aquilatar al Arteche prosista). Una tonalidad de conversación que, por estas mismas raíces naturalizadas, no se traduce en manifiesto, no ostenta la militancia de un Nicanor Parra. Simplemente discurre.

La pugna que Arteche explicitó contra Parra y Zurita, y el alejamiento respecto de Lihn, pueden leerse como las simples polémicas de personas y grupos incompatibles entre sí, pero no como modos de incomprensión de estos otros proyectos. En un barrio –el chileno– tan dado al codazo y la adulación, donde la descalificación quiere llamarse crítica, pero asimismo de eclosiones poéticas cuya riqueza y diversidad no son fáciles de digerir en el dinamismo que lo caracteriza desde hace un siglo, las polémicas de Arteche resultan ser, sobre todo, movimientos partidarios a favor de una tierra de labranza permanente, alimentada en rumia lenta, en asimilación meditativa, y en contra de la espectacularidad de nuestras grandes estrellas que deslumbran y despistan a sus propios seguidores y, a veces, también a sí mismas. Porque este mismo suelo es el que hace posibles, en la riqueza del cultivo, esas otras poéticas, tan disímiles, aparentemente distantes. La lúcida irritación de Arteche, pero también su mutismo taimado, son llamadas de atención hacia la perennidad de una palabra que mejor se entiende con nuestro cada día esperanzado, tedioso, cansador, amargo, dulce, más bien ajeno a la pirotecnia y al vivir astuto.

Ya en términos de preocupaciones existenciales, ya en cuanto estrictos modos de escritura, de artesanías ejecutadas, la poesía de Arteche convive de cerca con pasajes fundamentales de Jorge Teillier, cierto Armando Uribe, Efraín Barquero, los Cruchaga –Ángel, Rosa, Juan Guzmán–, Óscar Castro, Óscar Hahn, e incluso Eduardo Anguita y Humberto Díaz-Casanueva. En tales compañías cabe comprender el trabajo de Arteche, que al mismo tiempo vuelve a mostrarnos su raigambre castiza y mistraliana (como en el poema “Salar”), y rigurosamente religiosa a lo Pedro Prado, para ir poco más atrás en nuestra propia tradición. En literal consecuencia, es una poesía que reaparecerá pronto, si son verdad todas estas notas, en otras voces que acepten la fragua demorosa, sin temor ni pereza ante el trabajo justo. Una poesía que seguirá manifestándose no tanto para deslumbrarnos sino para hacernos mirar. Entonces gracias, Miguel Arteche; gracias por aquello que todavía nos espera.

 

Miguel Arteche. Dios en la trastienda de la poesía, por Marcelo Guajardo Thomas

Así como se extrae la poesía desde el légamo del lenguaje, así como el poeta acude a esta corriente y da forma a intensidades personalísimas, de la calle y su lengua, de revoluciones, de desasosiegos. Todo, lo ufano y lo terrible, lo arcaico y lo mítico, lo mudo y lo dicho, todo, proviene de aquel recurso impalpable, de este río atronador, señal de nuestra condición de criaturas.

Así testificó Miguel Arteche. Preguntándose por el origen de este caudal y no sólo por el caudal mismo. Este tipo de poesía no puede ser derrotada. Ni lo será. Porque siempre existirán poetas que se rindan con asombro y humildad al don del lenguaje. Que amen la materia que moldean para representar al amor, la injusticia y la naturaleza. Y donde existan estos poetas estará el misterio del origen de este fuego y con él, en su trastienda, en su reverso, estará Dios.

 

Foto: Emol

Un comentario

  1. Felipe González dice:

    Muy buen texto, claro y esclarecedor.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.