Revista Intemperie

Quería escribir sobre la operación fallida que fue la colonización: una entrevista a Leonardo Sanhueza

Por: Sebastián López
sanhueza

Leonardo Sanhueza, autor del elogiado libro Colonos, habla de su infancia en el sur, su paso por ingeniería en la Chile y los talleres de Nicanor Parra, y su visión de la Araucanía

 

I

En general, la vida en Temuco, y en el sur, es súper encerrada, llueve mucho y el día se acaba temprano; entonces, mi vida era muy de casa, media solitaria. Igual salía harto, al Cerro Ñielol o al río Cautín con mis amigos, pero siempre estaba presente el encierro, tener que irse temprano a la casa. Además, en los ´80, cuando crecí, había una sensación constante de incertidumbre, siempre existía la expectación de que algo malo iba a pasar, fueran los milicos o alguien que pudiera entrar a la casa y acuchillarte, qué sé yo, pero era una amenaza continua que andaba por ahí.

Mientras viví en Temuco, hasta los dieciséis años, siempre sentí que todo estaba apunto de colapsar, así que estuve siempre preparado para que todo se desmoronara, porque eran tiempos de crisis. Por lo mismo, como se estaba encerrado, una de las formas de matar el tiempo era viendo películas en “Tardes de Cine”. Allí vi muchos clásicos de los 40, 50, 60, muchos westerns, cientos de westerns, mucho western diligencia, pero también mucho spaghetti western, además de las películas de Ray Harryhausen, esas con hartos monstruos y dinosaurios, El Valle de Gwangi, Furia de titanes, Jasón y los argonautas, todo eso, por no mencionar las de Tarzán, las de Abbott y Costello, las de Jerry Lewis y Dean Martin, Los Tres Chiflados, etcétera, que ahora veo como una acumulación de memorias. Quizá ya en ese momento empezaba a forjar mi memoria con esas películas, como una “escuela de cine clásico” por medio de la televisión. A esa edad no estaba muy interesado en la literatura, no más allá de lo que leía en el colegio. Me gustaban harto las matemáticas y los números, eso sí. Además me eran fáciles. Un libro que me gustaba,y que ahora recuerdo como una de mis primeras lecturas, era El hombre que calculaba, que era fantástico y muy racional, lleno de acertijos y ejercicios matemáticos.

II

No tengo muy claro cuando empecé a escribir, creo que por el ´92. Ya me había venido a Santiago a estudiar Ingeniería en Beauchef, y mi tiempo lo pasaba leyendo en la biblioteca, carreteando y conociendo la ciudad, armando un mapa de ella. Fue un período de descubrimiento, de poner a prueba los sentidos, pasando de largo tres días para un examen, pero también fue el tiempo de empezar a decepcionarme de las matemáticas. Ya leía un poco más ordenado y variado gracias a la Biblioteca del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile y al curso de literatura que dictaba Nicanor Parra. Lo tomé tres veces. Era un curso que marcaba mucho. Recuerdo que al final del semestre en que lo tomé por primera vez, la mitad del curso se salió de ingeniería y muchos se fueron a estudiar carreras de humanidades o artes. De hecho, hubo uno que empezó a estudiar danza. Calaba hondo. Por el mismo Parra, empecé a leer harto a Nietzsche, creo que lo leí todo, y por mi cuenta también leí a Kierkegaard y a estudiar con detención los clásicos del romanticismo, me gustaba Novalis, Hölderlin, Goethe, Blake, y junto a ellos leía muchos surrealistas y harta literatura chilena. Era un apetito lector, una desesperación por leer, que nunca he vuelto a sentir. Al final, fueron esas lecturas las que me llevaron a escribir poesía, a darme cuenta de que tenía una visión del mundo e ideas que cuajaban en la poesía y no con la ciencia.

En 1994, a los 19 años, gané un premio literario, un concurso nacional que se llamaba Eusebio Lillo, con el que pude armarme mi primera biblioteca de verdad y comprar una radiocasete. Ya tenía mi espacio para escribir: arrendaba una pieza frente a la Facultad, donde tenía una cama, un escritorio, una lamparita, mis libros en un mueble que encontré botado en la calle y la radiocasete. Había decidido seguir Geología y, de repente, me conseguía algún trabajo como ayudante de geólogo, con lo que podía vivir bien por un tiempo. Lo mismo hice al titularme: trabajaba un tiempo, vivía con eso y me dedicaba a escribir. Pero después me di cuenta que no se podía bailar con dos señoras al mismo tiempo. Cada vez era más difícil encontrar trabajo como geólogo, porque tenía que estar siempre disponible y había veces en que yo no lo estaba. Ya por el 2000 no me llamaban para ningún puesto y tampoco busqué más trabajo por ahí, así que dejé esa profesión. Sin embargo, nada es en vano, porque creo que no habría sido escritor si no hubiese pasado por la Escuela de Ingeniería. Todo fue llevándome de a poco a esto.

III

El 2002 empecé a escribir Colonos, aunque en ese tiempo no sabía que llegaría a publicar algo semejante. Es parte de un proyecto más grande, que empieza con la ocupación de la Araucanía, justo después de la Guerra Civil de 1859. Es el primer libro que terminé de ese proyecto, aunque deberían ser cinco. Colonos vendría siendo el tercero, aunque fue el primero en publicarse. El primer “tomo” se refiere a la ocupación militar de la Araucanía y el segundo a la reducción de los mapuches y a su precaria situación territorial luego de la ocupación.Colonos sería el tercer volumen, que hace poco fue publicado por Editorial Cuneta, el 2011.

Quienes hablan en Colonos no son los Luchsinger, ni los Urban, son los colonos derrotados, los que fracasaron. Quería escribir sobre la operación fallida que fue esa colonización, sobre los colonos que llegaron a Chile sin saber a qué venían y que se encontraron con nada, quedando expuestos a su propia vanidad y a la agresividad del progreso, a la inutilidad de algunas empresas humanas. También retratar la realidad de ese tiempo, donde lo banal y lo terrible estaban en un mismo nivel, donde ni la vida ni la muerte tenían un valor en sí, donde lo único válido era la experiencia. Por eso está tan presente la violencia en Colonos: los ataques y las muertes en La Frontera eran inexplicables muchas veces. Era común que un hombre entrara a caballo a la casa de alguien que le debía un dinero y violara y matara a su mujer. No existía una frontera bien definida en ese espacio, donde el Estado aún no se hacía presente, aunque el ejército sí había entrado y dejado las armas. La “civilización”o la ley se movían a otra velocidad. Por eso es importante la presencia de las armas: las Winchester, los fusiles Comblain o los revólveres. No es que trate de hacer un “western chileno” tampoco, porque son procesos históricos distintos, aunque ambos tienen algunas similitudes: había una ausencia de la ley y una abundancia de armas, por ejemplo, lo que era parte del lenguaje de esa época. Pero el fondo del asunto es que la colonización en La Frontera es un proceso fallido que dio espacio para los latifundios y las desigualdades. En la ocupación estadounidense, el pioneer era alguien que sabía cómo cultivar la tierra o que podía arreglárselas, mientras que acá el colono no tenía casi ningún conocimiento agrícola. Por lo mismo, de las más de 5.000 familias que llegaron en el primer contingente, más de la mitad se volvieron a Europa fracasados o se fueron a las ciudades. Los colonos que querían irse, o que estaban quebrados o al borde de la locura, vendían sus tierras a precio de huevo al más poderoso. Así como José Bunster, el “Rey del Trigo”, remató propiedades al Estado, después algunos colonos se hicieron terratenientes comprando las hijuelas de los fracasados. Es por eso que quiero contar la historia de los de abajo, la de los colonos perdedores, la historia de un telegrafista del que nadie supo nada o la del que puso los postes para que llegaran los telegramas desde La Frontera a Santiago, porque nunca me ha interesado, por sí misma, la historia de los generales o de los ganadores, que en el fondo es la historia oficial, o sea, la historia banal del poder y de los ricos.

 

Foto: catedrabolano.cl

2 Comentarios

  1. Excelente texto del nacimiento de un escritor, un joven sureño que descubre a la ciudad, sus inquietudes que no conocía y cómo comienza a caminar un nuevo camino, que nunca imaginó. Descubrió “la vida” y se entregó a ella,

  2. georges aguayo dice:

    Me fascinaria poder leer “Colonos”. Yo naci en Valparaiso , pero tengo raices familiares surenas . Ahora comme se llega à la escritura eso es bastante tortuoso a veces .

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