Revista Intemperie

Baldío, amor en Dictadura

Por: Pablo Torche
baldio

Pablo Torche presenta un poema clásico de Tomás Harris como la búsqueda de un amor trascendente en tiempos de pesadilla

 

Tomás Harris publicó por primera vez sus poemas en los años ’80, en condiciones de gran precariedad, en Concepción, en la forma de folletos o facsímiles corcheteados. Después se recopilaron más oficialmente en Cipango (EFE, 1996), y constituyen uno de los textos poéticos fundamentales de ese período, y de la historia poética chilena. En general son poemas de un amor adolorido, de la búsqueda de un erotismo puro, pero que se encuentra a la vez inalienablemente impregnado por el advenimiento del horror y la descomposición.

Baldío es uno de los más impactantes por la forma en que logra fundir la aspiración de un amor ideal o redentor con la agria conciencia de un terror en ciernes. Es obvio que este poema no está situado en una sociedad abierta ni democrática, no podría existir allí. En este sentido es un testimonio escalofriante de la Dictadura, de su terror y su amenaza permanente, aunque nunca lo mencione directamente. Casi no hay alusiones explícitas al contexto histórico en esta colección de Harris, no se menciona la palabra militar, ni la palabra tortura, ni la palabra golpe. En este sentido, rehúye esa falsa visión de que la literatura tiene que adoptar una agenda política concreta para hacer un aporte, muchas veces ese expediente de hecho conduce a la pancarta. El terror del período está de alguna forma impregnado en los versos, en la precariedad de los personajes, y en sus cuerpos desnudos, morados como “lamparones”.

Son siempre cargados de imágenes repetidas
los crepúsculos sobre los baldíos. Sin forma humana,
en tierra pura modelados, en pura lluvia desmoronados,
extendidos en puro barro y en desechos vegetales

El poema avanza en un solo envión, como si el aliento del poeta no se detuviera nunca, y en sentido recuerdan los grandes ‘Pastorales’ de Zurita, e incluso guardan una remembranza distante de Neruda. Se nota que no hay ninguna intención de profilaxis en el verso, no hay preciosismo ni prolijidad. Lo que aflora con más fuerza es el trauma, el trauma ya presente, como un moretón, y también como aciaga e inevitable premonición, una historia que va hacia el descalabro: La Historia termina en los baldíos.

Lo que queda es la esperanza, la búsqueda constante y trágica de un remanso ideal, un lugar en el que lo humano tenga sentido, o al menos una oportunidad. En este propósito, el candor de los cuerpos, la desnudez pura y el amor adquieren un valor postrero, el único camino para sobrevivir o elevarse. La idea dantesca de un amor místico y enaltecedor se mezcla con un erotismo desesperado, donde los cuerpos de los amantes se transforman trágicamente en el lóbrego testimonio de la violencia y el crimen. La cópula se transmuta así también en una forma de escape para los cuerpos condenados, magullados, vulnerados y golpeados que representan el cuerpo histórico de Chile en esa época.

Son siempre cargados de imágenes repetidas
los crepúsculos sobre los baldíos. Nuestros cuerpos
se densificaban con la sombra advenida, se hacían
vegetal con los vegetales podridos, se mineralizaban
en el instante vacío de la noche, adherían a la
dispersión del humo en guedejas blancas hacia el
agujero de la noche; o aguardaban, como si de los
zócalos de la noche se derramaría esa agua final
de la que no hablaban las imágenes, esa agua fina de los
mitos y de los sueños que restañaba con la limpidez
de una nueva forma humana los lamparones morados
de nuestros cuerpos.

Esta forma de amar asfixiada, asediada por el terror y los delirios, donde el amor aparece como una válvula de escape a la opresión histórica, sirve también para dibujar con mayor belleza su valor trascendente y cristalino, contra un trasfondo de pesadilla y horror.

 

Foto: Rodrigo Marín Matamoros

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