Revista Intemperie

Las brutas: aislamiento y condena

Por: Guillermo Rivera

Guillermo Rivera reflexiona a propósito de Las Brutas, el clásico de Juan Radrigán, como la metáfora de uno de los tantos puntos de fuga que el relato de Chile se esfuerza en ocultar.

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Qué es lo que llevó a tres hermanas -de la estirpe coya, al interior de Copiapó y viviendo en medio de la nada- a cometer su suicidio colectivo, después de limpiar la casa y degollar a sus animales.

Las Brutas es un caso real ocurrido en 1974, a la vez que una obra que nos muestra e indaga acerca del drama de estas tres hermanas analfabetas, Justa, Lucía y Luciana Quispe Cardozo, dedicadas al pastoreo en la zona pre-cordillerana, y cuyos cuerpos encontrados estaban unidos entre sí, por un complicado sistema de nudos y amarras.

Tenemos la sensación de entrar en un universo extraño, en una geografía turbulenta, con demonios incoherentes que parecen encerrados en esta especie de representación final, donde la vida alcanza al arte.

Juan Radrigán tiene que haber percibido este nudo, esta relación entre arte y vida, en una situación límite que alcanzaba revelar a su paso el aislamiento que puede destruir las certezas de cualquier vida, o que éstas pueden perfectamente quedar esparcidas como cenizas en un paisaje desolado. La noción de un país claro y ordenado, estalla en pedazos a la luz de este crimen, y como ejemplo de esto, tal vez, el autor se resiste a dejar a las hermanas Quispe Cardozo fuera de todo registro, y en un desesperado esfuerzo por hacerlas vivir desciende por los escalones de esas vidas mínimas, hasta el final.

Lo hace sombría y enloquecidamente. Las hermanas se van apartando del mundo a través de una pobreza estéril y de un cúmulo de supersticiones, que las llevan a sentirse extrañas con sus propias vidas y, sin embargo, a rechazar con dureza cualquier cambio que venga a alterarla. No quieren cambiar, les asusta cambiar, su idea no está en el desplazamiento, sino, más bien, en quedarse ahí, estáticas, en un pozo de miedo instalado en un paraje vacío.

Son mujeres solas, sin hombre, sin hijos, que han comenzado a envejecer. Un día es igual a otro, se les acaban los víveres, pasan los meses y no viene nadie. La soledad las vuelve insistentes, con obsesiones que no las dejan dormir conduciéndolas hacia el país de los animales, o de los muertos. Es como si lograran leerse a sí mismas o se anticiparan a los sucesos de sus propias vidas, a través del sonido del viento, el espesor del aire o la mirada de los chivos: cito:

LUCIANA- A lo mejor jué por eso: porque se murió sola… Se queó con los ojos abiertos: taba llamando, Justa.

JUSTA- Si se hubiera quejao la habríamos sentío, no seai lesa. Ahora qu´estai vieja te vai a poner blanda, soy bien bruta voh.

LUCIANA- Es que no llamaba na con balíos, llamaá con los ojos, por eso no la sentimos. Taba clariando cuando la encontré cerca de la roca grande, ahí aonde pega más juerte el frío… Nació vieja, nació con cara martirizá, ningún chivato se le acercó nunca; y así murió sola… No la quiso ni la madre.

Para ellas la naturaleza está animada, y sólo se comprende si entendemos que se puede vivir así, fuera de la historia o más allá del fin de la historia, en un paraje de creencias que está formado por grandes extensiones de territorio y el ciclo de vida de los animales. Estamos en ninguna parte y eso nos sobrecoge, y de vez en cuando a través de la voz de Justa nos pone al tanto de su desprecio.

Y aunque a veces, cuando la presencia de Don Javier –el vendedor de ropas- que aparece después del invierno, y logra reanimar y hacer más cálido el ambiente; o cuando la hermana menor Luciana, a sus 47 años, sucumbe a la fuerza del deseo con una imaginación ingenua queriendo saber de qué se trata acostarse con un hombre, dándonos la sensación de una virgen envejecida que de pronto quiere ser colmada y así encontrar una respuesta a la soledad, pero ambas situaciones se hacen pedazos frente a la desconfianza de Justa, o al sentido del pecado que propaga y que empuja a su hermana al  remordimiento.

Después, como los personajes de Samuel Beckett, ya no esperan nada ni a nadie. Aceptan la calamidad de haber envejecido y su mundo se llena de lamentos y enfado. Su pobreza es amarga, no pueden vender sus quesos ni sus animales, y han perdido la capacidad para dilucidar por qué están ahí, o por qué se niegan a irse. Todas sus percepciones están ligadas a la metáfora de la fatalidad: cito:

LUCIANA- (…) y no había camino pa escapar, pa onde una mirara había puro cielo negro y tierra sin ná…

LUCIANA- (…) Yo sé que los animales no pueen llorar, pero parece que ella hubiera llorao…

JUSTA- (…) L´invierno nua pasao, l´invierno no pasa nunca aquí…

LUCÍA- (…) No tengai rabia Justa, voh tampoco poís dormir… La soledá lo´sta hablando, y cuando la soledá l´empieza hablar a una, es que se la s´ta tragando. Ya no vamo a ser más gente, los empezó a tragar.

Así paralizadas por sus costumbres e incapaces de irse a ninguna parte, las hermanas Quispe Cardozo comienzan a dar un rodeo delirante, a partir de las palabras del vendedor de telas, tanto sobre la gente que se marchó como del pueblo donde ya no queda nadie. Están solas y comienzan a velar, y lo que descubren en esa vigilia las sumerge en un mundo delirante y clarividente respecto a la autoridad y los carabineros.

Entonces tienen que ir más lejos, escapar más allá de los límites. Es lo ilimitado una constante de la obra, y esta relación excedida se conecta con todos aquellos gestos que nos inspiran horror y compasión. Estamos en la hora de las últimas confidencias, de amarrar las cuerdas con las que intentan trazar su camino de huida; pero además, está la resolución de dejar la casa ordenada, de matar a los animales para que no se los lleven y de colgarse juntas. Es “la verdadera noche del alma”.

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Foto: educarchile.cl

Artículo publicado originalmente el 18/07/2012

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