Revista Intemperie

El picanterío

Por: Emilio Gordillo
picantes

A propósito de la polémica por la Feria del Libro de Guadalajara, Emilio Gordillo se ríe de la pretensión del Ministerio de Cultura de mostrar que en Chile hay “industria editorial”, reniega de la importancia de un evento de este tipo y considera que la actitud más razonable de los editores independientes sería el boicot.

 

Hace dos días se leía en el estado de facebook de Marcelo Mellado una suerte de exclamación desesperada, en los términos que las canciones desesperadas, nerudianas, chilenas, suenan, ruidean, chillan. Con humor casi siempre incomprendido, Mellado decía que sus colegas acabarían por confinarlo a su infecto San Antonio querido. Mellado, que sabe de aplazamientos –su proyecto es de los más interesantes de su generación, y Mellado nació el 55– y de no ir a lugares como Madrid y luego verse en la encrucijada tardía e irónica de abordar un vuelo en dirección a esas tierras, suplicaba la aparición de su contador, cual virgen chilena, para pedir consejo y, probablemente, delimitar su postura territorial en un asunto, imagino, bastante incómodo: los viajecitos a Guadalajara. Un eterno postergado, por fin a punto de viajar al centro editor latinoamericano –y a una o dos fiestocas, por qué no–, entristecía porque una vez más el horroroso –no hablo de Chile sino de los ministerios culturosos–, lo situaban en un espacio incómodo, el de un escritor reconocido en el Ministerio de Cultura que, dicho sea de paso, es un Consejo, como esos Consejos sanantoninos sobre los que el mismo Mellado escribe barbaridades.

Aquí es necesario decir que yo le tengo mucho cariño a Marcelo Mellado, y que sigo su escritura con atención. Es por ello que en su exclamación desesperada de facebook me detuve en una palabra a la que echaba mano para hablar de los “colegas” escritores: el picanterío, según decía él. Para mí, que ya llevo un rato por México, sacar el chile del campo semántico en el que se me está metiendo –albur–, oír esa palabra asociada a la comunidad escritural-editorial chilensis me despertó, digamos, una nostalgia tardía y, felizmente, breve.

Recordé, por ejemplo, cuando junto a otras personas organicé un encuentro de escritores en México allá por el 2010. Fue un proyecto realizado con dineros del Consejo de la Cultura y las Artes. Un dinero que sobró, porque me preguntaron a dos o tres meses después de los resultados definitivos, si quería o no realizar el proyecto que, en un inicio, había sido rechazado, según esas clásicas argumentaciones que extrañaremos –los dictámenes del año pasado fueron hechos por un programa computacional basándose en un puntaje, en una cifra–: “proyecto de débil proyección”.

Más allá de las teorías visuales, ilusiones ópticas y demases, por supuesto que acepté hacer ese evento. Era la oportunidad de invitar escritores cuyos proyectos, en lo personal, yo consideraba valiosos. Este entusiasmo de cuando aparece un dinero para realizar un proyecto tiene algo de pobre. Un don nadie que de la noche a la mañana tiene la capacidad financiera para hacer los proyectos que lo mueven. La sensación es bella. Y esa belleza se acentúa románticamente en la medida de la precariedad fugaz de aquel financiamiento. ¿Cómo se puede juzgar un proyecto mediante la idea de “poca proyección” si los financiamientos son a seis meses? Ah, perdón, me olvidaba de proyectos como Lastarria 90, proyectos serios, claro. Porque la seriedad es muy valorada. Y la rentabilidad es seriedad por estos inicios de milenio en países en vías de desarrollo, como el nuestro. Desde este punto de vista, mi preocupación principal responde a qué quiere ir a mostrar Chile a través de su ministerio de cultura a Guadalajara. ¿Que en Chile hay algo llamado industria editorial? (Risas envasadas, tristes).

Entre las cosas que vi en mi paso voluntariamente fugaz por esta industria chilena de la que se habla, había cosas bastante impresionantes para mí, que por entonces, con la ingenuidad de los escritores jóvenes, deliraba con ver mi nombre en un libro de alguna vitrina, alguna más que sea, del pueblo de Santiago. Ya con dinero en mano, como hombre de acción, pragmático, plata en mano, culo en tierra, me puse a escribir mails y hacer llamadas, cosa que, todos sabemos, es muy común entre los escritores chilenos, entre los colegas. El resultado fue desolador. Ninguna editorial interesada en colaborar, ni siquiera con un pendoncito, o la impresión de uno que otro flyer, po’h guacho. Llevo un autor de su editorial, decía yo, quizá podría darnos algún tipo de apoyo… Nada. Pero lo más impresionante de todo fue encontrarme con editoriales como EMECÉ (que es Planeta, no?) que no querían darme ni siquiera el 40% de descuento en la venta directa de ciento veinte libros de autores de su catálogo. La cosa era más o menos así: yo promocionaba autores de su catálogo en México, el centro editor de América Latina y Planeta me ofrecía apenas el 10% de descuento en la compra de esos libros que yo, con buena voluntad, llevaría para entregar en prensa, universidades y en el encuentro mismo de escritores en el que participó gente como Jorge Volpi o Mario Bellatín.

El picanterío, al parecer, no surgía de la nada y en los escritores, el picanterío tenía su versión editorial. Random, chilenamente, no podía ser menos. Un libro que a mi me parece impresionante resultó guardado en unas cajas al fondo de un hoyo negro, mala cosa para mí, justo en días de inventario. A Random tuve que esperarla con paciencia de monje tibetano –otro deja la compra– y en el caso de Planeta, tuve que recurrir yo mismo a las estrategias del picanterío: mail a un superior, con copia visible ante la negativa de rebajar un 40% sobre el precio en librerías, para autores que yo iba a llevar gratuitamente. Con picantería las cosas andan en Chile, eso sí, no se puede negar. Hasta se puede parar un evento como el stand del país invitado. Con pachotada las cosas andan, las instituciones funcionan. Orgullosamente, y para no ser menos yo también, logré el 40%. Como podrán imaginar, alguien con menos paciencia manda todo a la cresta. Las ventas no se realizan. La gran industria editorial chilena rumbo a Guadalajara se derrite. Eso en el delirio de imaginar que lo que yo hacía tuviera un efecto en los lectores mexicanos, un país con ochenta millones de personas. Claro. Eso, además, en el delirio de que exista una comunidad suficientemente extensa de lectores en Chile.

Yo viví algunos meses junto al GAM. Casi nunca entré, pero desde fuera siempre vi desfilar editores independientes. La apoteosis de ese imaginario se llevó a cabo con una de las últimas realizaciones de La Furia del Libro, feria que antes de entrar a la validación del GAM parecía realmente independiente. También vi un editor independiente arriba del cerro San Cristóbal, frente a un espacio lounge al aire libre, recibiendo feliz un reconocimiento que el gobierno le hacía, junto a la adaptación de una campaña de estímulo lector traída de un país desarrollado de Europa. ¿Por qué las editoriales independientes no boicotearon esta convocatoria que ha dejado un montón de escritores enemistados? El problema no es la selección de los autores que ya están confirmados. Es una selección variada. El problema es que la estrategia que lleva a esos escritores es asquerosa en su uso de los mismos y las editoriales independientes: ese lema es: en Chile existe una industria editorial. ¿Cuánta gente que trabaja en editoriales independientes tiene un sueldo siquiera? Yo mismo edito para Alquimia por gusto y por cariño. Tenemos un gobierno que dice: en Chile hay industria editorial.

Tenemos las editoriales de siempre, mejor no esperar nada de ellas más que sagas, libros de autoayuda, pilaressordos, robertosampueros e isabelesallendes y recibir con extrañeza títulos que alguna mano mágica cuela de cuando en vez. Tenemos un grupo de editoriales independientes que con un poquito más de dignidad y cariño por el increíble trabajo que han hecho durante todos estos años, habrían podido llevar a cabo un buen boicot, una buena instancia de negociación en que un comisariato no definiera lo que son o pueden llegar a ser. ¿Por qué esa editorial constante y valiosísima que es La calabaza del diablo no esperó un poco antes de subirse al tren, por qué no ayudó o ayuda a articular un movimiento como este? El problema, tal vez, es que secretamente y en el fondo, todos quieren ser Alfaguara. La incomodidad generada por el proceso de selección para la FIL de Guadalajara es un poco la incomodidad de Marcelo Mellado al inicio de este texto. ¿Quienes somos? o mejor, ¿qué queremos ser? ¿Tenemos que sentirnos culpables por ello? ¿Quién tiene que validarnos?

Hace unos días un buen amigo italiano me enviaba los incendiarios tweets de Patricia Espinosa. Incendiario es un decir, claro. Para creer que un tweet de Patricia Espinosa es incendiario tendríamos que esperar sus columnas críticas en LUN semanalmente para conocer la rea rea realidad del estado de la literatura chilena. Bah, me olvidaba que casi todos los colegas hacen eso. En fin, que aquellas críticas, y estas de los tweets, están bastante críticas, como los personajes de esa novela de Bisama, Estrellas muertas, que son el eco de aquel proceso de limpieza que encabezó Gladys Marín en el PC, y que junto con darle una patada en el culo a militantes eternos, selló un camino para este tipo de crítica tan crítica, tan sui generis. Mi amigo italiano me preguntó qué opinaba yo de los tweets de Espinosa, rabiosos contra el status quo chilensis ministerial. Le dije que casi todo me parecía bien. El problema es que Patricia Espinosa aún cree o apela a la dignidad de la izquierda. Bisama podría escribir una novela a partir de ahí. Patricia Espinosa en Valpo, gritando, porque no hay más modo de hacerse escuchar en la ínsula terrestre, en un edificio ruinoso del puerto. Una imagen a medio camino entre un emo y un militante del PC. Pero en fin, que Patricia Espinosa tiene una postura valorable. El problema es que no tiene sentido del humor.

Haré lo que ningún editor debería. Ya no me aguanto. Es que yo edito, pero también soy colega. Soy re picante. Editando junto a Mellado la última versión de La hediondez, llegamos a una escena en que una mujer es penetrada por el ano. Sentados en un departamento junto al GAM, le dije a Mellado que esa escena, si bien no le gustaría, al menos llamaría la atención del imaginario femenino y feminista de la que Germán Carrasco llama la mejor crítica de Chile… Así que le dije a Mellado que repitiera el nombre de esa mujer anónima como sustantivo. La mujer penetrada por el ano, la mujer penetrada por el ano, la mujer penetrada por el ano. No falló. Espinosa mordió el anzuelo y en su reseña generosa no pudo evitar deslizar la aparición incidental de la famosa “mujer penetrada por el ano”, su tono era un tanto comisarial. Un tirón de orejas buena onda. Con Mellado, claro, ya nos habíamos reído al escribirlo. Verlo unos meses después escrito ya no era tan gracioso, porque si hay algo que la crítica Patricia Espinosa no tiene es sentido del humor.

Y es que bajo este prisma, tener sentido del humor en Santiago es una verdadera hazaña. Sobre todo cuando tenemos que transar cierta dignidad por un viajecito a la gran fiesta de la literatura latinoamericana.

He visto a las mejores mentes de mi generación…

No, en realidad no vamos a ver a las mejores mentes de mi generación, ni de la que sigue, ni de la que sigue. Lo que veremos será mucha gente queriendo aparecer en “Los jóvenes líderes” de El Mercurio, ese eco del Chacarillas pinochetoide. O sea, lo que veremos será a escritores con ganas de encontrar algún trabajito, subiendo al cerro, con una vela imaginaria, con un deseo imaginario, y los días desfilarían, los meses correrían y los años volarían parodiando, de modo triste, claro, sin querer asumir o enterarse sobre la validación eterna de espacios como El Mercurio. Qué nos diría Lihn, qué de patadas en el culo nos daría Pompier. La magia chilena houdinnesca de lograr lo inimaginable: apretar el cinturón –aun más– y bajarse los pantalones a un tiempo. Esta metáfora, como “la muchacha penetrada por el ano”, llamará la atención de Patricia Espinosa, quizá pensará en esos atardeceres rojizos sanguíneos que solo se ven en Santiago, entre cordilleras, meditará, suspirará y, tal vez, entristezca.

Por mi parte, invito a la forzada resistencia a boicotear. Imagínenselo. Que lleven sus robertossampueros, sus pilaressordos, sus géneros de autoayuda. No habría modo más sincero de representar a la cultura chilena actual. Sería un acto de sinceridad precioso bastante a tono, por cierto, con los colores de la FIL. Al FIL y al cabo, Chile es un país que limita al norte, sur, este y oeste con Jaime Guzmán. El trabajo, la gratuidad, el esfuerzo y la belleza de las ediciones independientes no va a ganar nada en la FIL. Los escritores menos. Si acaso una traducción, alguna venta de derechos. ¿Sabemos negociar esos derechos? En web, el Consejo de la Cultura y las Artes nos invitaba a las sesiones de negociación de derechos. ¿Vamos a dejar que el Consejo, con toda la falta de planificación a largo plazo y sus interminables cajas con material embodegado nos enseñe a negociar esos derechos?

Y en fin, como imagino que nada de eso sucederá, y los editores relegados seguirán llorando para mamar y quizá, por esos azares misteriosos, llegaran a conseguir un boletito pagado por el Consejo, y unos buenos viáticos, avísenme y yo los espero en el DF, que está a unas horas de Guadalajara. No podrán hacer carrera, pero los puedo pasear e invitar a turistear, hasta de tomar unos mezcalitos tendríamos tiempo. O una chela en su defecto, una Victoria más que sea. Eso sí, de contactos, de contactos sí que nada conmigo.

 

Foto: FIL

7 Comentarios

  1. ¡¡La foto que recrea tu artículo -que tiene partes muy buenas- es escalofriante!!!!!

  2. Francisco Ovando dice:

    Así sí, con nombre y apellido.

  3. Apuesto a que si el señor Mellado se convierte al piñerismo, sus amigos van a terminar por justificarlo. Es lamentable que haya tanta orfandad en la cultura de este país como para inventar a estos Führer.

  4. e.g. dice:

    La orfandad es bella, Carlos.
    Los lamentos un sentimentalismo.
    Tu texto, una incoherencia que oculta una carencia sentimental: ¿Amigos o papás? ¿Los dos juntos?: ¿Papi y amigo, así por ser? ¿Cuál de los dos hace más falta?
    La apelación a Führer, una falta de creatividad total. Y de paso, un favor gratuito al sionismo.

    Saludos, Carlos.

  5. Repito lo que alguna vez dije: a este FÜHRER alguien va a tener que callarlo, con argumentos O SIN ELLOS. Lo peor, efectivamente, es la orfandad, creo que Mellado sería un padre muy irresponsable, Gordillo. Busca otro.

  6. El éxito y la fama se logran en consecuencia úcicamente a través de la competencia en concursos y premios.
    Este procedimiento y esta estrategia me parece del Siglo XX.
    Los concursos y premios corresponden a una faceta de la negación del otro y de lo otro.
    Y la negación significa que el otro no existe y que lo otro no es válido ni legítimo.
    Propongo o los invito a instalar nuevas formas,que de hecho existen,de descubrir e identificar belleza poética y cultural sin necesidad sistemática de recurrir constantemente a los concursos y premios,donde ni siquiera,pienso,participan todos y todas los que tendrían que intervenir para discriminar mucho más limpia y honestamente.
    Todo este mecanismo tradicional alude a los conceptos de lo malo y de lo peor,y sin embargo está muy pero bastante instalado en el ámbito cultural.
    En consecuencia,si no se gana un concurso o un premio no hay reconocimiento ni éxito ni fama ni beneficio económico.
    La competencia sana es absurda que exista.
    Todo tipo de competencia es competencia.
    Y la frase ” no le ha ganado a nadie ” es una muestra verbal y recurrente de aquéllo.
    Las nuevas valentías incluyen por supuesto el valorar sin negar ni concursar.
    Por supuesto que se puede.
    Mis poemas no se someten a concurso y el pago de esto es la indiferencia negativa y cruel y el olvido hasta el rescate posible o iluso postrer.

  7. Paulina Riquelme dice:

    Interesante, este mismo ministerio que critica Gordillo es el mismo que le pasó un jugoso cheque por ocho millones de pesos, luego de ganarse un premio literario.

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