Revista Intemperie

El espacio trastocado de Llegar

Por: Guillermo Rivera
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Guillermo Rivera analiza Llegar, una obra que presenta una imagen despiadada de la sociedad chilena, debatida entre los rotos sueños colectivos de los ’60 y la vacía mercantilización del presente.

 

En la obra Llegar, escrita y dirigida por Ronald Heim, un padre visita a sus tres hijos después de veinte años de ausencia. Intempestivamente, sin aviso, se ponen a conversar, bajo un farol, en la calle. El núcleo de la sociedad (la familia) se encuentra en un lugar público: no hay casa ni intimidad. El espacio está trastocado.

Es precisamente este desconcierto –esta falta de lugar–, la metáfora de la obra, o el tema mismo de la obra, desde el comienzo hasta el final. A través de esta propuesta parece transmitirse la idea de un espacio familiar que ha estallado en mil pedazos, en primer lugar a causa del quiebre de la relación de los padres, pero también debido a la fuerte influencia que introduce en el ámbito doméstico, los eventos de la historia de Chile y el desarrollo de una sociedad del espectáculo. El farol y la calle se configura así como el simulacro de un comedor familiar donde el padre es un intruso y los hijos sus personajes atormentados.

Esta alteración de los espacios es uno de los aspectos más interesantes y desconcertante de la obra. A través de ella se muestra la conexión invisible y exacta entre la realidad de un pequeño mundo (la familia) y la realidad del gran mundo (la sociedad), donde ambas intentan establecer su predominio.

La lucha por el predominio, se hace explícita en dos momentos de la obra. El primer momento se refiere a la época de la juventud del padre, cuando se forjó el sueño colectivo de una sociedad más justa que terminó destruido brutalmente y lanzado a un agujero oscuro y taponado con tierra. El segundo momento es el presente, la sociedad del espectáculo, donde la mercancía es el fin último, cuyas nociones de éxito y fracaso, de estatus y poder, se encuentran regulados por el mercado.

En esta situación vemos a los personajes en el intento de aferrarse a una imagen de sí mismos, aun cuando sin lograrlo. El correlato para ellos continúa siendo el desierto o la intemperie, una casa prometida que no está, con padres bondadosos y preocupados, que tampoco están.

Es por esta razón que tampoco el lenguaje en ellos no funciona. Las palabras se perdieron, pues ya no pueden comunicarse, y sólo logran establecer un principio de comunicación a través de la rabia, el desahogo, o la frustración.

La elocuencia del padre, por ejemplo, se basa no sólo en cierta facilidad de palabra, sino también en la auto indulgencia. Él forma parte de los derrotados de Chile. Sus sueños han sido arrasados y nos da la sensación que, totalmente absorto en sí mismo, sus diagnósticos de la vida y la sociedad son despiadados y torpes.

Los hijos, por otra parte, optan por la huida. Sea ésta a través de la apariencia, o el autoengaño, como es el caso de la hija mayor que trabaja en un call center y está embarazada de su jefe; a través de la desvaloración en un trabajo ridículo, en el caso del hijo actor, que disfrazado de ratón reparte volantes en las calles a años luz de su ejercicio del monologo de Hamlet; o la hija menor que estudia pedagogía y tiene una actitud ambivalente ante su deseo de cambiar las cosas, pues teme estar repitiendo los gestos y, por tanto, la misma derrota del padre.

Con una puesta en escena sobria, con un destacado Alejandro Trejo, y un ágil uso del dialogo, Llegar, parece indicarnos, finalmente, que el espectro de la familia feliz quedó relegado en alguna parte, o que el torbellino de veinte años de olvido, no nos conduce a una puerta de salida ni a un vértigo enriquecedor.

 

Llegar

Dramaturgia y dirección: Ronald Heim
Teatro País Triste
Elenco: Alejandro Trejo, Felipe Fariña, Daniela Fernández, Priscilla Guerra
Diseño integral: Antonia Casanova
Producción: María Ignacia Pizarro
Sala BiblioGAM
Temporada: 24, 31 de mayo. 7, 14, 21, 28 de junio. 5 de julio. 21 hrs.

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